Cuando Sánchez pisa la calle

Fermín Bocos Colaborador de Opinión

El drama político de nuestros días se resume en que lo que hemos dado en llamar sanchismo se resiste a pasar el testigo aceptando la alternancia y siembra el recorrido de celadas parlamentarias.

Boletín horario Edición de las 11:00 Martes 13 de octubre

La última, intentar que la Diputación Permanente apruebe los decretos sobre la vivienda que tumbó el Pleno del Congreso. Al hilo de ese revolcón parlamentario, Sánchez está llevando a los primeros mítines de campaña un discurso inquietante: el Parlamento no representa el sentir de la calle.

Una deriva chavista que niega legitimidad a un Congreso de los Diputados que fue el mismo que le nombró a él presidente del Gobierno merced al apoyo del conglomerado de los grupos minoritarios de la Cámara y pese a que el PSOE no había sido la lista más votada en las elecciones de 2023. Lo fue el Partido Popular.

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En el contexto de la aguda polarización política a la que abocamos al 23 de julio, se da la paradoja de que Sánchez apela en sus mítines a la "gente", a la "calle", pero resulta que no se atreve a pisarla porque, vaya a donde vaya, encuentra grupos de ciudadanos que le insultan y abuchean, como ocurrió el lunes en Madrid a su llegada al lugar en el que se celebraba el desfile conmemorativo de la Fiesta Nacional.

Esa situación, que se repite allá por donde va -sucedió también con ocasión de su fugaz visita a Ceuta al día siguiente de la invasión-, hace que sus desplazamientos estén blindados por un gran dispositivo policial. Que un líder que se proclama defensor de los "débiles" frente a los "poderosos" no pueda pasear sin problemas por las calles de las ciudades y pueblos de su país es, sin duda, una anomalía que debería hacerle reflexionar acerca de la razón por la que despierta tanta animadversión. Incluso odio. En nuestra historia reciente no hay precedentes tan acusados. Ni siquiera en las postrimerías del mandato de José María Aznar, cuando desató las iras de buena parte de la población que salía a las calles a gritar "No a la guerra", protestando por el apoyo de España a los EE. UU. en la invasión de Irak.


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