MADRID 12 Oct.
Siempre he sentido repulsa al fascismo y al comunismo dictatorial. Y, como he vivido en una dictadura treinta años de mi vida, he soportado algún que otro, llamémosle inconveniente. Sin embargo, resulta que, al defender que el derecho al voto de los descendientes de los exiliados españoles se ajuste a las exigencias más comunes de los países democráticos de nuestro entorno, me he debido volver fascista. Y eso no sería lo grave, sino que, al parecer, hay 84 millones de fascistas alemanes que todavía no se han enterado de que lo son. Porque a los -según dictamen de Pedro I, El Mentiroso- fascistas alemanes les exigen, a los 4 millones que residen fuera, bastantes normas para poder votar. Por ejemplo, haber vivido durante tres meses consecutivos en algún municipio alemán, a partir de los 14 años, y en los últimos 25 años. Tras ese plazo se pierde el derecho al voto. Normas semejantes rigen en Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido y otros muchos países democráticos.
Los españoles que se exiliaron por culpa de la Dictadura, hacia el final de la guerra civil, fueron unos 450.000. Hasta mediados de los cincuenta regresaron aproximadamente 300.000, con lo que, "expulsados" por la guerra civil, fueron entre 150.000 y 170.000. Que ahora nos hablen de millones de españoles repentinos que, de pronto, van a votar, sin haber pisado nunca el país del que descienden, provoca ciertas dudas, sin necesidad de ser ni fascista, ni leninista, ni marxista totalitario, sino acudir al más elemental de los sentidos, que es el sentido común.
Desde la Transición, todos los presidentes de Gobierno de España, han visitado uno o varios países de Iberoamérica, y han mantenido contacto con las asociaciones de españoles residente en esos países. Nunca tuvimos noticia, al regreso, de que los españoles que residen en esos países manifestaran deseos de votar en las elecciones que se celebraran en España. Nunca. Que, de repente, millones de esos ciudadanos hayan sufrido el sentimiento de una inenarrable frustración por votar en los procesos electorales de España aparece como una reacción insólita, por la brusquedad y la cuantía sorprendente, uno de esos fenómenos que sólo pueden explicarse por medio de algún estímulo sociológico. Si, de repente, el Real Madrid, o el Barcelona, recibieran decenas de miles de peticiones para hacerse socios de descendientes de españoles con nacionalidad sueca, alemana, argentina, francesa o mexicana, creo que produciría extrañeza. Incluso a los que no son fascistas.
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¿Crees que es comparable exigir requisitos de residencia para votar con las normas que aplican países como Alemania o Australia?
¿Qué te parece que millones de descendientes de españoles en el extranjero reclamen de repente el derecho a votar en España?
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