
Adolfo Suárez, con quien tuve la suerte de mantener bastantes conversaciones, me dijo una vez una frase que nunca olvidaré: "¡qué fácil es gobernar a los españoles!; lo aceptan todo, aunque, eso sí, hasta que se les dispara algún muelle y entonces se puede llegar hasta a la guerra civil". Probablemente, desde su punto de vista, el presidente que nos devolvió la democracia tenía razón. Lo que ocurre es que también la tenía el canciller Bismarck cuando decía, irónico y mordaz, que "los españoles son el pueblo más fuerte del mundo: llevan siglos intentando destruirse unos a otros y aún no lo han conseguido".
Bueno, lo cierto es que los españoles volvieron, volvimos, a dar una muestra de civismo este miércoles, pese a las aglomeraciones para ver mejor el eclipse: ni un incidente reseñable. De la misma manera que evidenciaron su disciplina ante concentraciones masivas como las que supuso la venida del Papa o las celebraciones tras la victoria en la final del campeonato mundial de futbol. En los tres casos se observa también, hay que decirlo, una buena organización desde los poderes públicos, lo que sin duda facilita la buena conducta ciudadana. Claro que esto no siempre ha ocurrido en otras cuestiones, como los incendios, la invasión de Ceuta y tantos otros ejemplos de desgobierno con los que últimamente se nos sobrecoge.
Resulta bastante cierta, en cualquier caso, la apreciación de Suárez acerca de la buena disposición de los españoles a la hora de asumir errores, silencios y desmanes de sus gobiernos, y no me refiero, es obvio, solamente al actual. "Hasta rato nos iban a hacer a nosotros lo que os hacen a vosotros, los españoles", me decía una muy cercana familiar que ya es francesa, refiriéndose a las frecuentes acciones de protesta en el país vecino del norte. Sí: hasta rato les iban a hacer sus gobernantes a los galos lo mismo que los nuestros a los ceutíes, por poner el ejemplo más reciente.
El caso es que llegamos a la fecha emblemáticamente vacacional del 15 de agosto, en la que tantas ciudades celebran sus fiestas patronales, y ya parece que han pasado todos los grandes fastos y desgracias: los peores incendios, la peor invasión sobre Ceuta, la euforia por el Mundial de futbol y hasta las posteriores polémicas desatadas por el, ejem, peculiar Infantino, el amigo del no menos, ejem ejem, peculiar Donald Trump. Y pasó el eclipse, donde las buenas gentes volvieron a demostrar que saben disfrutar en multitud sin necesidad de provocar desaguisados.
Es como si ahora comenzase todo de nuevo, aunque, como tantas veces hemos dicho, el dinosaurio de Monterroso siempre sigue ahí, con sus comparecencias parlamentarias y judiciales pendientes, los escándalos aún agazapados y la reanudación de esa Legislatura que tantas flaquezas democráticas está demostrando. Pienso que va siendo hora de, antes que nada, evaluar el comportamiento de todos los miembros del Gobierno de Pedro Sámchez ante todo lo ocurrido: imposible dar un aprobado general, porque hay bastantes suspensos y otros ministros que ni siquiera se han presentado a examen alguno.
Cierto que la ciudadanía parece, a veces, más que disciplinada, algo alienada a la hora de la crítica a sus representantes, tanto en el Gobierno como en la oposición. La falta de una sociedad civil operativa, de asociaciones de consumidores verdaderamente eficaces, de una oposición que no se desgaste solamente en dardos verbales contra el Gobierno, son factores que hacen más cierta aún la frase de Adolfo Suárez sobre la facilidad de gobernarnos. Hasta que, recuerden las almas dormidas, se dispara algún muelle, y entonces se arma la de Dios.
Que no, que no es guerracivilismo (eso aquí y ahora no cabría, afortunadamente), sino solo recuerdo de la advertencia de mi familiar francesa cuando aquellas protestas tremendas para pedir la jubilación en Francia a los 62 años. Repito de nuevo su frase: "hasta rato nos iban a tratar a nosotros, los franceses, como os tratan a vosotros, los españoles".
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