"Cuando el monte se quema, algo suyo se quema". Fue un popular eslogan institucional de los últimos sesenta y primeros setenta del siglo pasado, cuando los primeros incendios forestales -nada que ver con lo de ahora- saltaron a los telediarios con todo lujo de detalles sobre movilizaciones populares, pueblo a pueblo, a golpe de campana, calderos de agua que iban y venían de mano en mano, con la Guardia Civil del puesto más cercano dirigiendo el operativo, campesinos apaleando con ramas verdes las llamas que se iban aproximando al pueblo. Y en ese plan.
Entonces la creatividad de un excelente viñetista, Jaume Perich, tuneó el eslogan oficial con un ocurrente añadido que se acabó comiendo la alerta del Gobierno. A saber: "Cuando el monte se quema algo suyo se quema, señor conde". O sea, que Perich reorientó la alerta al supuesto propietario de las tierras chamuscadas. Un resabio decimonónico sobre los latifundistas de aquella aristocracia lampedusiana que retrato Visconti en "EL Gatopardo" (1963). La cuestión de fondo seguía intacta. Cuando el monte se quema algo nuestro se quema. Esa es la verdad.
Sin embargo, me temo que nuestros gobernantes, sobre todo a escala nacional y autonómica, también sucumben ante esa tendencia tan española de pensar que lo que es de todos no es de nadie. Dicho sea, también en relación con la escalada de la desvergüenza en las altas esferas de la vida pública.
Ya lo dejó escrito Lucas Mallada hace siglo y medio en "Los males de la patria".
Tal que así:
"¿Qué nación hay en el mundo donde con tanto descaro y tan a mansalva se saqueen los fondos del Estado y se derroche la fortuna pública? Nuestros antepasados decían que quien hace bien al común no lo hace a ningún; pero nosotros, al paso que vamos, tendremos que admitir como buena la doctrina de que robar al Estado no es robar".
Llamo la atención sobre la devastación de lo público, que avanza ante la indolencia culpable de los llamados a preservar lo que es de todos. De un lado, la corrupción. Del otro, la imparable explanación de la España rural. Quién sabe si detrás de los devastadores incendios forestales no se estarán abriendo ventanas de oportunidad a negocios más rápidos y lucrativos que la ganadería, la agricultura, la apicultura, por ejemplo, como barreras seculares frente a la amenaza del maldito fuego.
De momento me quedo en advertir sobre esa cortina de humo (nunca mejor dicho) que el reclamado "pacto de Estado por el cambio climático" (como si el cambio climático fuera el que quema el monte) sirve a la izquierda "woke" para no reconocerse en sus dañinas tesis de salón sobre las causas de los incendios.
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