El otoño en un país vapuleado

Fernando Jáuregui Colaborador de Opinión

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El país sale vapuleado del debate parlamentario sobre Ceuta, más aún, si cabe, que por el caos migratorio, diplomático, territorial, táctico y estratégico en Ceuta. Los españoles comprobaron atónitos que, más de un mes después de la llegada de miles de migrantes ilegales a la ciudad autónoma española, el presidente del Gobierno sigue achacando la enorme crisis de Estado a una especia de conspiración putiniano-judeo-trumpista, con alusiones también a una internacional ultraderechista y, claro, a la oposición. Bueno, y un poco también a los medios.

Todos somos culpables menos el Gobierno, que la pasada semana vino a admitir tácitamente que aún quedan muchas incógnitas por conocer sobre las causas y hasta sobre los efectos de algo que ya no sabemos cómo llamar: ¿invasión?¿entrada masiva? Cuidado con las definiciones, que en esta península cainita le pueden encuadrar a usted entre los ultras solamente por eso. Y ya es preocupante que ni siquiera sepamos bien cómo definir lo ocurrido entre finales de julio y finales de agosto en Ceuta. Que es también lo ocurrido en el espíritu de la nación en conjunto.

Porque de esta hemos salido, si es que hemos salido, tocados en múltiples aspectos: desde el Rey, de quien un representante parlamentario dijo en el Congreso que "lo estará haciendo mejor o peor", hasta los jueces, con el famoso informe policial encargado por la juez Tardón, pasando por cuantas instituciones usted quiera, y el Gobierno al frente; todos han quedado salpicados, y son boquetes que habrá que reparar urgentemente, si es que somos capaces de hacerlo. Y encima, el sonoro desacuerdo sobre financiación autonómica, que agrava la guerra territorial que socava el alma de España.

El Gobierno ha logrado dar una imagen de pelea con los jueces y de guerra interna entre dos ministros que, por cierto, también son jueces. Y toda la reacción que vemos es la de un ministro bocazas empleándose a fondo en las redes -que, según confesión del titular de Exteriores, parecen habernos ganado esta guerra-contra una periodista crítica de moda.

Además del Ejecutivo y el judicial, tampoco el Parlamento, la televisión pública, los servicios secretos, las Fuerzas Armadas, todos los organismos de control, la Guardia Civil, la Policía, la diplomacia, no han logrado salir indemnes de los sucesos de este verano oprobioso. Y menos todavía hemos salido airosos del enorme barullo en el que se halla nuestra clase dirigente. Y aún está por llegar la 'versión otoño' de tantas causas judiciales que inciden sobre la marcha moral del Ejecutivo y del partido que lo sostiene, causas hoy opacadas por Ceuta. Por cierto que los propios partidos políticos participan, en distinto grado claro está, del descrédito en el que ha caído lo público en una nación que da la impresión de que cada vez funciona menos y peor.

Sí, han venido muchos turistas (no sé si los cien millones a los que esperábamos, pero casi), los datos macroeconómicos siguen yendo, en general y sin aspavientos, bien. Pero la moral política y el orgullo que una nación debe tener como tal han caído en picado. Yo, al menos, salgo con la sensación de que hay que resetear nuestra vida pública. Lo que no tiene necesariamente que significar que haya que convocar elecciones, pero sí que la figura de Pedro Sánchez y su círculo más cercano están a punto de convertirse, si siguen por este rumbo, en un peligro para España. Y de polarizar, en beneficio de los verdaderamente 'ultras', la convivencia nacional. Saque cada cual sus conclusiones y comencemos, ale hop, un curso que va a ser de aúpa. Menudo ejemplo estamos dando a nuestros estudiantes.


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Preguntas para el debate:

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