Recuerdo perfectamente aquél día. Era una mañana de un 11 de diciembre -todavía no había salido el sol- y el programa de radio transcurría con sus habituales secciones. De repente, llamaron desde Zaragoza: un coche bomba había estallado frente a una casa cuartel de la Guardia Civil. Los detalles eran espeluznantes: se hablaba de trozos de cuna, muñecas rotas... y sangre de niños.
Iñaki Gabilondo me miró. No necesitaba hablarme. Me desprendí de los auriculares, salí del estudio y me fui a la redacción para sentarme frente a la máquina de escribir. Al cabo de un rato, volví con un par de folios en la mano. Y, cuando me dieron paso, comencé a leer lo que había escrito. En un momento, cuado leía que ETA había adelantado su macabra felicitación navideña, escrita con la sangre de los niños, a los que trataba con el mismo desprecio que a sus cunas, me tembló la voz. Iñaki, movió su silla rodante hacia donde me encontraba, por si yo rompía a llorar para tomar el texto y seguir él leyendo. No hizo falta, aguanté el sollozo que quería abrirse paso y, no sé cómo, terminé de leer, sin echarme a llorar.
Fue una triste mañana. De los once muertos, seis eran niños a los que Henry Parot adelantó las vacaciones escolares para siempre. El repugnante asesino pasea por las calles. No es que se haya arrepentido de su monstruosidad, sino que tiene buenos padrinos. Uno de ellos, el presidente del Gobierno, que necesita los votos del terrorista -secuestrador en excedencia, Arnaldo Otegi- y el tercero, el PNV, que presta sus votos, a cambio de que los asesinos etarras incumplan su pena en las cárceles del País Vasco, y digo "incumplan", porque hay instalada barra libre en la concesión del tercer grado, en cuanto llegan a las cárceles vascas.
A quien le gusten las emociones fuertes, puede darse una vuelta por San Sebastián y, con un poco de suerte, coincidir en algún bar con un sanguinario asesino, que estaba condenado a cientos de años, pero que el egoísmo del presidente del Gobierno, el egoísmo del PNV -que no quiere molestar a los asesinos convertidos en partido político- y los etarras y admiradores transformados, que matan la dignidad con sus votos al abandonar las bombas, lo hace posible.
Malditos sean los padrinos. Malditos sean, sí. Y si el PNV, o el presidente del Gobierno, cree que es un delito lo que escribo, que me denuncie. Que yo fuera a la cárcel por expresar mi opinión, y docenas de encarnizados asesinos salgan a pasear por las calles, será un claro retrato de esta injusta España de 2026.
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