A finales del año que viene, el 20 de Noviembre, se cumplirán cincuenta años de la muerte de Franco.
El INE publicó la semana pasada el comportamiento del PIB en el tercer trimestre del año.
Mala noticia es, sin duda, ese empeño del Gobierno en celebrar la muerte de Francisco Franco hace cincuenta años.
La ministra de Sanidad, Mónica García -médica y madre, como se suele presentar- es fiel a su padre comunista, pero en lugar de inclinarse por un comunismo vintage y nostálgico, ha reciclado su comunismo hacia el modelo Podemos, más evolucionado, donde las dictaduras proletarias tipo Maduro, no suelen exhibir ni a Lenin, ni a Stalin, aunque los resultados sociológicos sean bastante semejantes.
Hace treinta años, asistido por el don de la profecía, Rafael Sánchez Ferlosio, en uno de sus famosos "pecios", dejó escrito que "vendrían más años malos y nos volverían más ciegos".
Llega el fin del año. Nos tomaremos las uvas y brindaremos con esperanza por el que viene.
Confieso, querido lector, que estoy abrumado, aprensivo y quizá hasta angustiado ante las perspectivas que nos presenta el año 2025, que amenaza con ser aún más estruendoso, más estrepitoso, que el 2024 al que le quedan horas.
Un año más el Gobierno se dispone a saquear a trabajadores y empresas. A pesar de que las arcas públicas están llenas, vamos para el quinto año de recaudación récord, no parece suficiente.
Leí un día a un escritor famoso que la talla moral de un país se muestra en sus propósitos para el nuevo año.
No es lo mismo el delito achacable a un individuo que el delito vinculado a una institución, aunque sea achacable a quien la representa.
Califiqué en otro artículo a 2024 como 'el año del forajido'. El prófugo ha protagonizado más titulares que nadie y aún gira la expectación en torno a cuándo será visitado en su refugio por el presidente del Gobierno.
Fernando Grande Marlaska ha sido un juez admirable, que sufrió durante muchos años la persecución de ETA.
Repaso mis notas sobre aproximaciones a 2025, 'el año del Cambio' en tantos sentidos, y debo confesarle que me siento algo abrumado.
Tiene razón el Rey Felipe VI cuando invita a cuidar el bien común por encima de cualquier otro objetivo partidista, a poner de verdad a las personas en el centro de todo objetivo social o nacional, cuando pide serenidad, consensos y un pacto de convivencia.
Al menos una vez al año Felipe VI nos invita a darnos un baño de sentido común. Lejos de la insoportable banda sonora que genera la reyerta política nacional, nada tan entrado en razón como las apelaciones a entenderse en lo esencial y relativizar lo accidental.
Cada vez que se producen los mensajes del jefe del Estado por Nochebuena, los medios de comunicación tienen a contraponer lo que escuchan con la actitud de los políticos, que contradicen con sus acciones las palabras, siempre conciliadoras, del Rey.
Pedro Sánchez eligió, para hacer el tradicional balance del año político, una fecha temprana, inédita: la jornada anterior a la de Nochebuena, que es cuando el Rey lanza su mensaje navideño.
Esta es, debería ser, la Navidad de todas las víctimas de la DANA, y especialmente de los niños, en todos los pueblos asolados en Valencia, aún abandonados y con fango, donde personas como el chef José Andrés siguen repartiendo comida gratis porque las instituciones no son capaces de hacer ni siquiera eso; de los vulnerables y de los vulnerados que viven entre nosotros; de los que pasan hambre; de los sin techo; de los que no tienen empleo ni casa; de los que no tienen ayudas para sobrevivir ni acceso a la educación o a la sanidad; de los mayores que viven en soledad y sin cuidados paliativos, que, en ocasiones, se sienten tentados a dejar el mundo voluntariamente; de los bebés que no nacen porque no les dejamos nacer; de esos millones de españoles que viven en la pobreza o en la exclusión social, mientras la economía va como un tiro.
Rendir cuentas, lo que se dice rendir cuentas, sobre todo lo ocurrido en 2024 es algo que no puede hacerse en una rueda de prensa de una hora.
Bueno, reconozco que el titular de este comentario está un poco forzado: cuando lo escribo, aún no se ha celebrado el sorteo de la lotería navideña, una de las pocas tradiciones que nos van quedando.
Solo nos faltaba descubrir que el fiscal general pudo destruir pruebas en un supuesto delictivo (revelación de secreto).
Es fácil enfadarse, pero enfadarse cuando hay que enfadarse y saber con quién hay que enfadarse, no es fácil.
Y ¿qué podrá decir Pedro Sánchez en su tradicional rueda de prensa de fin de curso político -si es que la hace, claro, lo que ahora no me consta-, al margen de los indudables éxitos en la macroeconomía? El presidente tiene muy complicado, incluso él, elaborar un discurso triunfal como resumen de lo que ha sido este año, algo agónico, 2024.