
Apunta Phillip Schmidt, en el interesante artículo de presentación del disco objeto de este comentario que, "entre los instrumentos solistas del siglo XVIII, la viola era sin duda el menos favorecido". En efecto, en el XVIII, aparte de un concierto escrito por Georg Philipp Telemann para ese instrumento, y algunas obras concertantes escritas por Vivaldi para un instrumento de la familia, como la viola d'amore, también protagonista en oratorios como "La Pasión según san Juan" de J.S. Bach, es cierto, como señala Schmidt, que el papel de la viola quedaba la mayor parte de las veces relegado a las voces intermedias.
El mismísimo Haendel prescinde de ellas en muchas ocasiones a lo largo de sus óperas, en las que el acompañamiento está escrito para violines al unísono y bajo, eliminando esa voz intermedia que aportaría la viola. Incluso, como recuerda Schmidt, cabe recordar las palabras de Johann Joachim Quantz en su célebre tratado sobre el método para tocar la flauta travesera, en las que, refiriéndose a la viola, dice literalmente que "suele considerarse de poca importancia en el mundo musical. La razón bien podría ser que a menudo la tocan personas principiantes o carecen de un talento especial que les permita destacar en el violín; o también porque este instrumento ofrece muy pocas ventajas a quien lo toca, razón por la cual los músicos con talento no están dispuestos a dedicarse a él".
El menosprecio parece evidente y quienes están introducidos en el mundo musical saben bien que aún hoy circulan ácidos chascarrillos sobre el particular. Mozart la elevó posteriormente a equipararla con el violín, en su célebre y hermosísima "Sinfonía concertante para violín y viola K. 364". Pero habría que esperar a Berlioz para la primera gran obra concertante del romanticismo escrita para este instrumento, la sinfonía programática "Harold en Italia", en la que la viola tiene el papel de solista, y que, curiosamente, obedeció al encargo de un violinista legendario, Paganini, deseoso de lucir la viola construida por Stradivari que había adquirido poco antes. No sería Paganini el único violinista que combinaría ambos instrumentos.
En nuestros días, leyendas del violín como Yehudi Menuhin y David Oistrakh fueron también extraordinarios violistas. Las cosas cambiaron significativamente tras el Romanticismo, y aunque no puede decirse que el repertorio concertante para viola pueda equipararse al del violín, compositores de la talla de Bartók, Walton o Hindemith (violista él mismo) y, en tiempos más actuales, Takemitsu, Widmann o Schnittke han dejado páginas concertantes para viola de gran significación y belleza. A ello, naturalmente ha contribuido también la aparición de violistas de gran categoría, desde Yuri Bashmet a Antoine Tamestit, pasando por Tabea Zimmermann.
En este contexto, es interesante acercarse a este disco, dedicado a Conciertos para viola escritos por varios músicos de la corte de Federico II el Grande, el mismo que recibió a J.S. Bach en 1747 y le pidió que improvisara una fuga sobre un tema del propio monarca, algo que el Cantor realizó con su maestría genial y que, posteriormente, sería el origen de otra de sus obras maestras, la "Ofrenda Musical BWV 1079".

Como recuerda Schmidt en el artículo citado, el archivo musical de la "Singakademie zu Berlin", perdido tras la II Guerra Mundial y redescubierto en 1999 en Kiev contenía, además de manuscritos bachianos que lógicamente han centrado la atención, varios Conciertos para viola hasta entonces desconocidos, de Johann Gottlieb Graun (1702/03–71), Ignaz Mara (1709–83), Markus Heinrich Grauel (1720–99), y Carl Heinrich Hermann Benda (1748–1836).
El siempre inquieto violinista y violista Johannes Pramsohler, líder del Ensemble Diderot, nos ofrece en este disco cinco conciertos de los autores mencionados (dos de ellos de Grauel). Salvo el "Concierto para viola, cuerdas y bajo continuo en Mi bemol Mayor" de Graun, el primero de los ofrecidos en este disco, los demás llegan en primicia discográfica mundial.
Como apunta acertadamente Schmidt, el "Concierto" de Graun puede considerarse un ejemplo del gusto berlinés de la época: música de estilo galante, dibujada con elegancia y sin perder de vista la exigencia de virtuosismo en la parte solista, algo inherente a las piezas concertantes. Buena parte de esto puede aplicarse al resto de los conciertos, que en buena medida siguen este mismo patrón estilístico. Música amable, que no deslumbra como lo hacen las de Haydn o Mozart (contemporáneos de los autores incluidos en este disco) pero que se escucha y disfruta con facilidad, y constituye una estupenda ocasión de apreciar el bello timbre y la cualidad cantable de la viola, lo que a su vez nos habla de lo injusto de su relegado papel durante tantos años.
Pramsohler, al frente de un estupendo Ensemble Diderot (dos violines, viola, violonchelo, contrabajo y clave), con una preciosa viola construida en 1782 por Leopold Widhalm en Nürnberg, se erige, desde parámetros históricamente informados y utilizando una edición de las partituras preparada por el citado Schmidt, en feliz y oportuno abogado de la causa violista, luciendo un precioso sonido, de afinación muy precisa y ágil en la articulación. La interpretación, como la música a la que sirve, tiene toda la elegancia, gracilidad y riqueza de matices y afectos que el estilo demanda. Una excelente reivindicación del instrumento y oportuno recordatorio de que la viola es capaz de mucho más que encargarse de las voces intermedias.
Aquí pueden ver el video del "Adagio" del Concierto en do mayor de Markus Heinrich Grauel, en esta interpretación de Johannes Pramsohler y el Ensemble Diderot.
Viola Concertato – Conciertos berlineses para viola (obras de J.G. Graun, M.H. Grauel, I. Mara y C.H.H. Benda). Ensemble Diderot. Johannes Pramsohler, viola y dirección. Audax Records ADX 11220. 1 CD.
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¿Sabías que la viola fue considerada un instrumento de poca importancia durante el siglo XVIII, incluso por grandes compositores como Händel?
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