La diócesis de Madrid ha recibido el pasado jueves 18 de diciembre de 2025 una noticia largamente esperada: el Papa León XIV ha autorizado la beatificación de once mártires, en su mayoría seminaristas, asesinados durante la persecución religiosa de los años 30 en España.
El decreto de martirio fue firmado por el Santo Padre y anunciado por el Dicasterio para las Causas de los Santos, reconociendo así el testimonio de fe de nueve jóvenes seminaristas, un sacerdote y un laico que dieron su vida por Cristo entre 1936 y 1937. La celebración litúrgica tendrá lugar en Madrid, en fecha aún por determinar.
Entre los beatificados se encuentran siete seminaristas de la antigua diócesis de Madrid-Alcalá, actualmente dividida en las diócesis de Madrid, Getafe y Alcalá de Henares. Todos ellos se formaban en el Seminario Conciliar de la Inmaculada y San Dámaso, en Las Vistillas. A ellos se suman un seminarista de Barbastro, otro de Toledo, un sacerdote que era tío de uno de los jóvenes, y un padre de familia que ofreció su vida junto a la de su hijo. Tenían entre 18 y 24 años y estaban entregados a su vocación al sacerdocio cuando fueron apresados y ejecutados sin juicio, únicamente por el hecho de ser cristianos.
Los nombres de los nuevos beatos quedarán grabados en la memoria de la Iglesia madrileña como un ejemplo de entrega en medio de la barbarie: Ignacio Aláez, Ángel Trapero, Antonio Moralejo, Cástor Zarzo, Jesús Sánchez, Miguel Talavera, Pablo Chomón, Mariano Arrizabalaga y Ramón Ruiz. Completan el grupo el sacerdote Julio Pardo Pernía y el laico Liberato Moralejo, familiares directos de dos de los seminaristas.
El 18 de julio de 1936, día del estallido del conflicto, un grupo de seminaristas participaba en un retiro espiritual en el Seminario Conciliar de Madrid. Predicaba la jornada el párroco de San Sebastián de Carabanchel Bajo, Hermógenes Vicente, acompañado por el rector y los directores espirituales del centro. En pleno almuerzo, un grupo armado de milicianos irrumpió en el edificio. Los seminaristas, avisados por el portero, acudieron a la capilla, donde consumieron las formas consagradas para evitar su profanación, y huyeron vestidos de paisano por la puerta trasera del recinto.
A partir de ese momento, comenzó una cruel persecución que acabaría con la vida de muchos de ellos. El seminario fue clausurado, convertido primero en checa y después en cárcel. Gracias a los expedientes guardados en el archivo, los seminaristas fueron localizados y ejecutados por odio a la fe. Solo uno, Cástor Zarzo, moriría más tarde, en 1937, tras ser delatado por un compañero al ser llamado a filas.
La causa fue abierta en 2010 y, tras pasar a la fase romana en 2014, ha culminado ahora con la aprobación del decreto de martirio. No se trata de una conmemoración política, sino de un reconocimiento espiritual de quienes dieron su vida libremente por Cristo y por su vocación. Su historia recuerda que, incluso en las etapas más oscuras, hay quienes eligen la fidelidad por encima de la comodidad o la supervivencia.