En tiempos recios y cargados de confusión, como los que estamos viviendo en una precampaña electoral cargada de insultos y descalificaciones cruzadas, es un regalo contar con Felipe VI. Con remitirse a la Constitución y el respeto al sistema democrático le basta para haberse convertido en una reserva ética disponible en la España de la desvergüenza.
No hay secreto. Se limita a desempeñar su función de entrega a representar lo que es permanente, lo que ha de sobrevivir a las tensiones ocasionales derivadas de la lucha por el poder y los huracanes políticos, económicos o sociales de la época que vivimos.
Es la voz del jefe del Estado, 'símbolo de su unidad y permanencia' (artículo 56 de la CE). Se encarna en la figura del rey y, al margen de responsabilidades políticas que no tiene, está pensada para ejercer funciones 'arbitrales' y 'moderadoras'. De ahí la importancia del reciente clarinazo de Felipe VI al recordarnos que, incluso en tiempo de urnas, los partidos no deben olvidar que la democracia exige el 'cuidado de las formas' y el 'respeto a las instituciones'.
No puede ir más allá, a pesar de los requerimientos que algunas veces recibe por parte de los primeros actores de la pugna partidista. Grandeza y servidumbre, al mismo tiempo. Una sana limitación frente a lo que es coyuntural o pasajero. Pero también un plus de su credibilidad como custodio de lo permanente y faro moral de los contendientes en la lucha por el poder, donde ha crecido la figura de Felipe VI. Y, de paso, la imagen de la Corona, que presentaba serios desperfectos tras la abdicación de Juan Carlos I, anunciada el 2 de junio de 2014 y sustanciada en la proclamación de Felipe VI diecisiete días después en las Cortes Generales.
Sobre las dificultades de sobreponerse a la herencia recibida del padre, baste recordar que su llegada al trono se produce en vísperas de la eclosión secesionista de Cataluña, que tres años después, en octubre de 2017, se materializaría en la intentona golpista que, entre otras cosas, dejó para la historia el contundente discurso de Felipe VI (3 de octubre) que proclamó la vigencia de la Constitución y el valor de lo permanente: la soberanía nacional y la irrompible integridad territorial.
El prestigio de Felipe VI ha desactivado a una parte de los enemigos de la monarquía, a la izquierda del espectro político. Y en este punto procede recordar que, poco después de su llegada al trono, Felipe VI levantó de sus asientos en un aplauso general a los diputados de la muy republicana Asamblea Nacional francesa. Que en 2020 presidió la inauguración de una exposición-homenaje a Manuel Azaña. Y que en mayo de 2025 estuvo en Mauthausen, donde hizo suya la memoria de los republicanos españoles que sufrieron, murieron o sobrevivieron en los campos de concentración nazis.
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