Algo más de un mes después, que es lo que Pedro Sánchez tardó en comparecer, este jueves, ante el Parlamento tras la crisis de Estado provocada por la entrada de miles de inmigrantes ilegales en Ceuta, el jefe del Gobierno fue incapaz de ofrecer una explicación contundente de las razones por las que esto ocurrió. El presidente, obviamente, se quedó solo: no convenció a los restantes grupos parlamentarios, y alguno de sus ministros, señaladamente la titular de Defensa, se abstuvieron de aplaudir junto con el resto del grupo socialista pasajes de la intervención inicial del presidente, de más de una hora. Sin duda, como dijo el republicano catalán Rufián, Sánchez "tiene ahí (en Margarita Robles) un problema". Veremos.
Sánchez permitió en su parlamento una cierta confusión acerca de las causas que podrían haber llevado al desastre ceutí, aludiendo vagamente a las redes sociales aprovechadas por Rusia o por Israel, pero sin llegar a denunciar culpabilidades tan tajantemente como hizo el pasado lunes en una entrevista radiofónica. Tampoco dejó claro hasta qué punto hubo advertencias previas de los servicios de información, pero reiteradamente dijo que esos avisos nunca llegaron a sugerir siquiera la gravedad y magnitud de lo que venía.
Es decir, lo que en el fondo estaba señalando el presidente es que carecemos de mecanismos, incluso a la hora de combatir campañas en las redes sociales, para hacer frente a una agresión al Estado como la de Ceuta, fuese o no Marruecos -tampoco entró lo suficientemente a fondo en ello, aunque sigue exculpando a Rabat-quien la alentase. Para exculparse, en una intervención exenta, como es usual, de la menor autocrítica, Sánchez dejó entrever, naturalmente sin pretenderlo, un país impotente para afrontar una agresión como la sufrida por España este verano: casi cinco semanas después, seguimos desconociendo por qué ocurrió lo que ocurrió, y hasta parecemos desconocer lo que está ocurriendo.
Ni explicaciones, ni reacciones suficientes. Ni medidas. Porque tampoco ofreció el presidente soluciones radicales para normalizar una situación que él evitó detallar en toda su tragedia. Como evitó cualquier alusión a las manifestaciones en todo el país el día anterior, teóricamente en apoyo a Ceuta, pero en la práctica una descalificación al Gobierno. No solo no hubo, como antes planteaba, autocrítrica: tampoco anunció medidas regeneracionistas ni ceses (ni siquiera el del director de la Policía que no avisó a Interior del famoso informe de alguna manera involucrando a Marruecos), sino parches que incluían ayudas económicas y promesas de mejor control. Eso fue todo.
Fue una sesión a mi entender inútil, que solo ahondó en las divergencias y en la distancia entre los bloques que componen las dos Españas, y que, a la vez, escuchando los discursos de Esquerra Republicana, de Junts e incluso de Izquierda Unida o hasta de Bildu, constató que el pacto de investidura suscrito hace ocho años para que el Gobierno de Sánchez fuese una realidad, está ya más que olvidado y superado: nadie defiende la actuación del Gobierno en estas semanas. Creo que pronto veremos las consecuencias de este debate, que ni mucho menos se ha agotado en la sesión de este jueves. Porque, entre otras cosas, España es un gran país que poco se define y menos se reconoce en el fondo de la intervención de Pedro Sánchez en el Congreso. Ni en las otras: la realidad va por un lado, las sesiones parlamentarais, por otro. Y Ceuta, de la que alguna portavoz (la de Junts) casi ni habló, sigue en el caos.
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