Llevábamos varios años viendo cómo se trataba de construir un muro en el que nos pudiéramos dividir con satisfacción: nosotros los buenos y, al otro lado, los malos. Naturalmente, los otros afirmarían que ellos eran los buenos y nosotros, los malos.
El maniqueísmo es apto para todas las cabezas, incluso las más débiles; y los que estamos convencidos de que la vida no es ni blanca ni negra, sino vulgarmente gris, nos sentíamos desconcertados, aunque en algunas conversaciones ya nos empezábamos a colocar a un lado del muro.
De repente, una terrible tragedia se produce en un rincón de España y los ciudadanos que viven en las proximidades cogen mantas de sus casas, comida -lo que consideren que se pueda necesitar-, las meten en su coche, abandonan lo que estén haciendo en esos momentos y se dirigen a prestar ayuda al lugar del suceso.
En otras comunidades más lejanas, pero próximas, como Madrid, los hospitales temen que lleguen heridos y falte sangre, por lo que piden donantes. En menos de tres horas, centenares y centenares de personas acuden a los centros, estos se colapsan, se recogen 4.600 bolsas de sangre y la presidenta de la Comunidad da las gracias y solicita a los muchos voluntarios que no pueden culminar su gesto que acudan al día siguiente.
Estos voluntarios que dan lo que tienen, que se emocionan, que lloran cuando están cerca del destrozo que ha producido el choque de los trenes, y a quienes vemos con los ojos humedecidos cuando se les pregunta por lo que han presenciado, son la España que algunos no contemplan porque dedican demasiado tiempo a mirarse el ombligo político.
A estos voluntarios nadie les pregunta a quién votan, ni ellos están interesados en saber cuáles son las inclinaciones de las personas a las que ayudan, ni su estado civil, ni su lugar de origen, ni sus preferencias sexuales, ni qué equipo de fútbol les emociona, o si prefieren la tortilla de patata con cebolla o sin ella.
España es el primer país del mundo en donantes de órganos. Y, por lo que hemos visto, tampoco debe de ser el último en donación de sangre. Difícil terreno para construir un muro. El miércoles, desde luego, sobre el sacrificio de una trágica acumulación de muertos y heridos, el muro fue derribado por los que no preguntan quién es el prójimo, sino si necesita ayuda. Y esa generosidad no surge solo a un lado del muro y al otro no, porque el pretendido muro solo interesa a quienes creen que puede ser provechoso para sus intereses.
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¿Te has planteado alguna vez cómo la tragedia pone en evidencia que los valores compartidos son más fuertes que las divisiones que nos intentan separar?
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