
MADRID 16 Ago.
Siempre he pensado que el mejor ingrediente para el periodista es la curiosidad. Tratar de indagar, con los datos disponibles en el presente y con la experiencia acumulada en el pasado, sobre el futuro. Y lo confieso: viendo lo que estoy viendo en nuestros días, y lo que he visto en tiempos remotos y cercanos, me muero de curiosidad por saber lo que nos espera.
Que es lo que me preguntan, creyendo equivocadamente que yo sé más, gentes en la calle, en las cenas veraniegas de amigos, lo que nos interrogamos unos a otros en las tertulias radiofónicas: ¿qué nos va a deparar el otoño más incierto de nuestra vida política? ¿Qué el tremebundo año 2027, que ya se aproxima a grandes zancadas? Creo que ni el máximo hacedor (terrenal, claro) de nuestra felicidad y también de nuestra infelicidad lo sabe. Ni siquiera él, a quien todos miran, miramos, esperando conocer sus inescrutables decisiones.
Así que, con esta curiosidad que nada tiene de malsana y sí mucho de aprensiva, de jubilarme, nada de nada. Me lo sugieren, siempre con mala baba, en algunas redes sociales: jubílate ya, viejo chocho, y deja de dar la vara. Por supuesto, te lo dicen especialmente gentes para las que el edadismo no supone un delito de odio y que, además, se jactan de pensar lo contrario que tú, habitualmente de manera extremada y extremista. España no es buen país para los jubilables.
Pero mientras tenga una tribuna desde la que expresarme, como este periódico o alguna emisora como la de Onda Madrid, en la que refugio mis ansias de imparcialidad, no pienso jubilarme, cosa que podría haber hecho ya hace casi una década. No, no tiro la toalla porque, cuando la tiras en esta profesión mía, es como si te murieses. Y porque pienso que ahora, ante la ignominia permanente, son necesarias todas las voces. Sí, también la de usted. Y la mía. Todas.
Pienso en la de cosas que me hubiese perdido si hace diez años me hubiese retirado de expresar mis indignaciones: hemos vivido la era más oprobiosamente apasionante que pudiéramos haber imaginado, si es que la imaginación nos hubiese dado para tanto como para siquiera entrever lo que venía. Y no es por señalar, pero la verdad es que estos últimos ocho años (y dos meses y nueve días) de mandato de Pedro Sánchez han dado para mucho comentario: a mí, personalmente, calculo, para escribir, no todos los días con la misma fortuna, algo más de dos mil quinientas columnas como esta. Asombrándome en cada ocasión de contar lo que quizá una semana antes hubiese considerado imposible: ¿cómo se iban a traspasar tantas fronteras, a saltar tantas líneas rojas, cómo se nos iba a mentir tanto, a desoírnos hasta el punto en que lo han hecho? ¿Cómo se iban a equivocar de manera tan palmaria?
Y conste que no me refiero solamente a este Gobierno, ni solamente a los anteriores. Ni exclusivamente a estas instituciones, ni a lo que antes teníamos como tales. Ni a estos incumplimientos de leyes (y de la Constitución). Sino que generalizo sobre lo que desde hace mucho tenemos: una política profundamente inmoral, que se va agravando y haciendo más inverosímil, más complicada, cada día.
Así que aquí estamos, viendo pasar el mes de agosto a la espera del GE (Gran Estallido, Gran Espectáculo) esperable para septiembre, octubre, noviembre... Antes se hablaba, ante previsibles conflictos laborales, de 'otoño caliente'; yo diría que, por múltiples razones, que incluyen un panorama internacional dominado por ese personaje absolutamente inconcebible que es Donald Trump (y sus adláteres), este va a ser más bien el otoño de nuestras vidas. Al menos el de los periodistas que cotidianamente tenemos que enfrentarnos al vacío de nuestras pantallas para llenarlas narrando y analizando hechos que nos dejan boquiabiertos.
Hoy, pasado el ecuador agosteño, miro hacia La Mareta, donde contra viento y marea sigue descansando el presidente de mi Gobierno, y lo hago con agradecimiento. Sí, tengo que agradecer a una figura que sobrepasa toda normalidad el que me impulse a seguir con las botas de periodista puestas: porque la normalidad, las Good News, ya se sabe que no son noticia, y gracias a Pedro Sánchez (entre otros, conste) la política española, la vida en España, ha perdido todo atisbo de previsibilidad, incluso de eso que ha dado en llamarse sentido común. ¿Cómo diablos jubilarse, perdiéndonos contemplar desde la primera fila, y luego despiezar, el inenarrable espectáculo?
Sé que algún día habré de callar, me irán arrojando a la basura del silencio como a un trasto inútil, quizá incluso mi voz enronquezca hasta hacerse inaudible. Es, dicen, ley de vida. Pero mientras, aquí seguiré, ya digo que con mejor o peor fortuna, uniendo mis gritos a los de tantos otros. Gracias, Pedro Sánchez, presidente, por estimular nuestra protesta. Ojalá esta protesta no te falte jamás: primero, porque la mereces y segundo porque, dejando de hacerla oír, estaríamos muertos.
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