España: una política exterior que nadie entiende

Fernando Jáuregui Colaborador de Opinión

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No, no se entiende que España, primer inversor mundial en Marruecos y primer suministrador de energía al vecino del sur, no se emplee con algo más de contundencia en sus relaciones bilaterales. Ni se entiende que el Rey no haya anunciado ya una visita a Rabat para verse con el rey Mohamed VI. Ni se entiende el silencio oficial ante la próxima Asamblea general de las Naciones Unidas -dentro de una semana--, a la que aún no sabemos si acudirá Pedro Sánchez y para decir exactamente qué, entre otras materias ante la grave crisis migratoria en Ceuta.

Y sigo: no se entiende que el Rey, a quien habría que utilizar mucho más en el plano internacional, no acuda a este acto de unas Naciones Unidas cada día más inoperantes y desprestigiadas, sí. Pero aún un altavoz importante para que un país como España, agobiado por la enorme crisis de Estado que suponen los sucesos de Ceuta, pueda plantear sus reivindicaciones y hasta sus quejas ante la escasa ayuda -aún colea el conflicto con Italia-- recibida desde la Unión Europea con motivo de los acontecimientos en la frontera sur.

Boletín horario Edición de las 11:00 Miércoles 16 de septiembre

España no puede renunciar a hacer oír su grito al planeta entero, cuando la guerra en Ucrania camina hacia su cuarto año, cuando Israel ha actuado como lo ha hecho en Gaza, cuando el conflicto abierto por Trump en Irán permanece. ¿No tenemos nada que decir desde una personalidad más representativa que un mero ministro de Exteriores? ¿No buscamos más apoyos que el que ocasionalmente nos pueda prestar un Macron, casi en retirada, en su inminente visita de Estado a España, en un contexto además enrarecido por la no ratificación del bloqueado Tratado bilateral de Amistad y Cooperación? Sigue siendo incomprensible para mí, ahora que hablo de la UE, que, con la que está cayendo, la principal preocupación de la diplomacia española en Europa sea lograr la oficialidad del catalán, del euskera y del gallego en los trabajos comunitarios.

Y, saltando el océano, me parece muy arriesgado que la próxima XXX 'cumbre' iberoamericana, que se celebrará en Madrid los días 4 y 5 de noviembre, vaya a coincidir con el enorme lío que vive la llamada 'ley de nietos', con la moratoria impuesta por el Supremo para que los ahora nacionalizados puedan votar. ¿Podría esta conflictiva cuestión acaparar la agenda de un encuentro, presidido por el Rey, que quiere nada menos que potenciar la decaída influencia de España en América Latina?

Y este es un tema clave también en el marco de las agónicas relaciones entre España y los Estados Unidos, que habrían de aclararse de una vez: no tenemos una presencia influyente, por muy crítica que pretenda ser, en Washington. Y este, en el universo cambiante que se acelera, entre otras razones por la influencia de los llamados 'tecno oligarcas', parece un tema crucial: la ambigüedad, el silencio, son ahora peligrosos.

Es obvio que el desconcierto gubernamental no se extiende solamente a la política interna, con todas sus derivaciones. Me parece que el reseteo de la actividad gubernamental ha de ampliarse también a la actividad diplomática de nuestro país, demasiado errante más allá de algunas declaraciones desordenadas 'a la contra' del presidente Sánchez, empeñado apenas en durar como el mandatario más longevo de Europa. Por muchas razones, nos estamos jugando el prestigio exterior en un mundo que está loco: quizá aún sea tiempo de intentar remediar esta situación.

Y, sobre todo, ya que no lo entendemos, que nos lo expliquen, más allá del rechazo, justo, a lo que hace Israel, a la guerra en Irán, más allá de expresar dudas razonables sobre lo que hace y no hace un Trump al borde de unas elecciones que pueden resultarle bastante fallidas. ¿Nada que decir ante todo esto a los españoles, presidente, señor Albares? ¿Nada que consensuar con la oposición?¿Se puede, se debe, mantener una política exterior tan opaca en un país democrático de la UE? No haré más preguntas, Señoría.


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