La posible desaparición, a manos del Volkswagen, de la españolísima marca Seat nos tiene conmocionados, sobre todo a los 'boomers'. De pronto, ocurre algo que te muestra que aquella España del 600, en el que viajábamos apretujados de niños con nuestros padres, ha dejado de existir hace tiempo, y que también muchos de aquellos valores han volado en pedazos.
Escribo esto aún con la resaca de la sesión plenaria del Congreso sobre Ceuta, que solventó muchas querellas pendientes, salvo lo de Ceuta, que sigue sumida en el caos mientras los periodistas mirábamos los signos de que la ministra de Defensa está enfadada con el mundo pero, sobre todo, con su casi vecino de escaño el ministro del Interior. No diré yo que estas cosas no pasaban antes, porque las actitudes y el asiento en medio de los dos ministros me recuerda mucho a aquella enorme fractura en la cúpula del Gobierno de Rajoy, que hacía que María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría hasta evitasen sentarse juntas. Aquello tenía que acabar y acabó pronto y mal.
Esto de si los ministros se miran o no parece lo anecdótico de una sesión en la que lo importante fue una confesión tácita de que somos incapaces de resolver una crisis de Estado como la de Ceuta, o casi como cualquier otra. En el fondo, es mirar al dedo que señala a la luna y no a la luna, pero, al fin y al cabo, una de las causas profundas de la endeblez de nuestra política reside en el hecho de que el Gobierno y la oposición son incapaces de llegar a acuerdos de cierto calado, entre otras razones porque los señores Sánchez y Feijóo se aborrecen tanto que ni se dan los buenos días cuando se topan en el Parlamento, que es casi el único sitio donde ya se topan.
Hace tiempo que sostengo que nuestro país, un magnífico país, necesita reformas de calado, que afectan también a esa Constitución que hace años que dejó de cumplirse tan religiosamente como deberían cumplirse las constituciones. Y que la España del 600, que es más o menos la que alumbró la Constitución y los primeros pasos a la democracia, ha de dar el salto hacia la modernidad definitiva de la IA, de la era postrumpista que se adivina y, claro, pasar del coche eléctrico al inminente vehículo autónomo, sin conductor. Adiós a las gasolineras y a las autoescuelas.
O sea, que lo urgente es, a la hora de cambiar el mundo, que empecemos por cambiar nosotros. Y lo que vimos y escuchamos en el Parlamento este jueves, incluyendo las proclamas sobre Ceuta -que esa es otra-, no sugiere precisamente un cambio en la dirección apetecida. Mal va un país cuando la oposición al Gobierno ha decidido llevar a ese Gobierno a los tribunales, ahora también por una presunta traición a la patria y qué sé yo qué otras proclamas más. Eso sí que no lo habíamos visto nunca, ni los del 600 ni los de los coches chinos.
Me siento nostálgico, porque sé que es inevitable, al constatar formalmente que estamos a punto de decir adiós a la España del 600. Era, como ciertos grandes almacenes o la organización de los ciegos, un referente que superaba las barreras tradicionales y que se implantaba en las carreteras de toda España. Y que estaba muy presente en todas aquellas películas de paletos y de ligones horteras. Puigdemont era impensable porque teníamos a Tarradellas.
Era otro mundo, a ver si nos convencemos de una vez. Sobre todo, a ver si se convencen los próceres que debatían este jueves en el Congreso. Cierto: Pedro Sánchez nos ha introducido en una época en la que estamos viendo cosas que los de la España del 600, y del 127, y del 2 Caballos, nunca imaginamos que pudieran ocurrir cuando aspirábamos a recuperar las plenas libertades. Pero esta España del Falcon, del coche blindado y de la cara dura tampoco la quiero. Seguro que hay otra.
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