Fermín Bocos
Colaborador de Opinión · 33 columnas en 3 mesesTodas sus columnas →

El miedo a Marruecos

En el último pleno del Congreso Pedro Sánchez no encontró las palabras para condenar a Rabat por la aviesa invasión sufrida por Ceuta el 30 de julio pese a la abrumadora evidencia de que la planificación y conducción de la operación corrió por cuenta de Marruecos.

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 Pedro Sánchez se encoge ante los hechos y esa circunstancia abre la puerta a especulaciones relacionadas con el presunto chantaje que se derivaría del hackeo sufrido por su teléfono -el conocido como "caso Pegasus"- al que señalaron en sus intervenciones tanto Alberto Núñez Feijóo como Santiago Abascal.

La esperada comparecencia del presidente del Gobierno tras sus comentadas y criticadas vacaciones dada la situación de anormalidad que afrontaban los ceutíes no contribuyó a despejar las dudas que proyecta un episodio que pasará a la Historia de España por tratarse de una violación flagrante de nuestra frontera. Y, también, por lo que sugiere de operación estratégica diseñada a manera de test para comprobar la reacción de nuestro país como termómetro para futuras operaciones.

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Lo ocurrido trajo a la memoria la famosa "Marcha Verde", aquel movimiento de miles de marroquíes impulsado por Hassan II, padre del actual rey de Marruecos, que forzó el abandono del territorio del Sáhara Occidental que a la sazón era una provincia española. Fue una retirada sin resistencia frente a los invasores. Como ahora ante el asalto de una avalancha cifrada en no menos de ochenta mil personas.

En el transcurso de su fugaz estancia en Ceuta Pedro Sánchez calificó el acto como una "violación de la integridad territorial de España", después ha pasado a definirlo como "una crisis migratoria". El primer diagnóstico habría obligado a una respuesta contundente: llamada a consulta a nuestro embajador en Rabat y refuerzo militar de la frontera. El segundo despoja a la avalancha organizada de su objetivo de invasión y lo traslada al plano de lo inevitable que empuja a la solidaridad. El primero compromete. El segundo diluye la responsabilidad de un Ejecutivo que actuó tarde y con tibieza para no señalar a Marruecos como promotor y organizador de la invasión.

Ninguno de los socios parlamentarios le compró a Sánchez el relato que exculpaba a Marruecos de una operación que a vista de los resultados no habría que descartar que pudiera repetirse así que Rabat necesite crear un escenario de cortina de humo para desviar el descontento de buena parte de su población ante la falta de libertad y de oportunidades que empuja a la desesperación a los jóvenes. El 37% están en el paro.

Al hilo del pleno quedará sin respuesta una pregunta lanzada por el jefe de la oposición que remite a otra incógnita: ¿por qué tiene miedo Sánchez de Marruecos? Se acabará sabiendo.


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