Ábalos es el verbo hecho carne de este gobierno mostrenco y de su manera mostrenca de actuar. No es su caricatura, es su esencia misma, son sus gestos, sus aires, sus intenciones, sus hechos, sus fondos y sus formas.
La mala gestión de la pandemia ha provocado en España la peor crisis económica que se recuerda. Esto no tiene discusión. Lo dicen las estadísticas publicadas, cojas el organismo que cojas.
La posibilidad de que el Gobierno conceda el indulto a los políticos catalanes en prisión como consecuencia del "procés" está suscitando un duro debate sobre la conveniencia o no de esta decisión.
En España aplaudimos a los médicos, pero el ministerio de Sanidad los maltrata. A los médicos en particular y al personal sanitario en general. (Salvo tortura refinada, porque soy cobarde, jamás escribiré la estupidez de "médicos y médicas" o la de "enfermeros y enfermeras", y menos después de leer el libro del Director de la RAE, Darío Villanueva, "Morderse la lengua").
Tiene razón Pedro Sánchez cuando dice que, para decidir sobre los indultos a los políticos catalanes condenados por sedición va a tener muy presentes "valores constitucionales como la concordia, el entendimiento, la superación de una crisis que desgarró al conjunto de la sociedad española en 2017.
En el fondo, la medida de gracia que estudia el Gobierno para la excarcelación de los políticos catalanes presos, el indulto, es una acción que intenta ser intermedia, contemporizadora, entre los extremos contrarios a dicha medida, esto es, entre la derecha nacional que se opone radicalmente a ella por considerar que no se dan las razones de equidad, de oportunidad o de conveniencia pública que señala la ley para su concesión, o, dicho de otro modo, por considerar poco escarmiento los tres años y medio que los reos llevan de cárcel, y los correligionarios y partidarios de éstos, que rechazan el indulto y reclaman la amnistía para los dichos presos y, por extensión, para cuantos, algunos miles, se hallan incursos en procedimientos judiciales por sus acciones en el malhadado "procés".
La España de 2050 que nos presentó el presidente Sánchez la semana pasada da para mucho. Los comentarios y las informaciones sobre ese plan han llenado ya muchas páginas de periódico y muchos informativos.
El dictador de Bioelorrusia lleva más de un cuarto de siglo dirigiendo la vida de casi 10 millones de personas y, como todos los dictadores, no le gusta que le llamen dictador y organiza, de vez en cuando, una puesta en escena de unas elecciones que parecen democráticas y son sólo un pucherazo para que el dictador siga en el poder.
El presidente del Gobierno está empeñado en que olvidemos que ha sido el peor gestor de la pandemia y de la crisis económica que tenemos encima y que desde el fracaso murciano y las elecciones en la Comunidad de Madrid no da una a derechas.
Han sido muchos los que, ante lo ocurrido con la llegada masiva de inmigrantes ("invasores", en lenguaje tremendista de Vox) marroquíes a la costa de Ceuta han querido comparar lo incomparable, equiparar peras con manzanas: ¿cómo se va a presentar, decían, un plan para 2050 cuando ni siquiera somos capaces de prever lo que iba a ocurrir un domingo de mayo de 2021? Las posiciones que escucho en este sentido, no todas, por cierto, procedentes de la oposición, me parecen desacertadas y tan inconvenientes para el gran acuerdo nacional que necesitamos como el 'debate' registrado este miércoles entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, Pablo Casado, a propósito del último 'affaire marroquí'.
Vaya por delante que la gestión de la ministra de Exteriores, González Laya, ha sido, cuanto menos, desacertada en las maneras de la traída a España del líder del Frente Polisario, Brahim Gali.
Siento mucho, mucho, decirlo, pero España se está convirtiendo en un desastre en lo que a política exterior se refiere. Y conste que salvo las buenas relaciones que el presidente Sánchez está sabiendo -nos dicen_ establecer en el seno de la Unión Europea.
La oficina estadística de la Unión Europea acaba de hacer público que en el primer trimestre del año la eurozona entró de nuevo en recesión tras sufrir una caída de su PIB del 0,6%.
Con Marruecos, nada sale gratis. Sí llevada del amateurismo que la caracteriza la señora González Laya ministra de AA.EE. llegó a pensar que negociar en secreto con Argelia la entrada en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, no iba a traer consecuencias, ya conoce la respuesta de Rabat.
España cuenta hoy con prácticamente cuatro millones de parados, 400.000 más que cuando estalló la pandemia, y todavía hay en ERTE cerca de 750.000 trabajadores, muchos de los cuales van a ser pasto de EREs, es decir de despidos.
El ministro Escrivá, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, ha presentado estos días su propuesta de sablazo a los autónomos. Finalmente, se han cumplido los vaticinios y el Gobierno plantea que los autónomos coticen a la Seguridad Social en función de sus ingresos reales.
En política, en los momentos de crisis aguda, suele dar resultado optar por la vía inaugurada por Winston Churchill cambiando de partido para no cambiar de ideas. Ciudadanos, que fue una brillante apuesta para frenar al separatismo en Cataluña pero que terminó siendo víctima del mal de altura cuando de la mano de Albert Rivera dio el salto a la política nacional, vive días de quebranto en un ambiente de liquidación.
Hace ya más de treinta años que murió el profesor Laurence Johnston Peter, conocido mundialmente, tras la publicación de su ingenioso y deslumbrante libro, "The Peter Principle", a finales del decenio de los sesenta del siglo pasado.
La vicepresidenta Yolanda Díaz tiene buen "cartel", nada que ver con el de su antecesor y amigo Pablo Iglesias. Cae bien dentro y fuera del Gobierno, seguramente porque su manera de estar en política pasa más por "hacer" que por "decir".
Pues resulta que no; que el resultado de las elecciones en Madrid, que muchos pensábamos que haría reflexionar a muy diversos estamentos, dejan incólumes las lamentables estructuras políticas españolas.
De la misma manera que Pedro Sánchez huyó del público, tras el cuatro de mayo, Pablo Casado multiplicó sus apariciones con tanta persistencia y entusiasmo que llegó un momento en que me llevó a la confusión, y hasta llegué a pensar si el que se había presentado a la presidencia de la Comunidad de Madrid era Pablo Casado y no Isabel Díaz Ayuso.
El AGITPROP de la progrecracia nacional vive desde el 4-M en un desasosiego que lleva a algunos al ya totalmente descarnado activismo político y a otros a un retranqueo preventivo.
La aplastante derrota sufrida por el PSOE en Madrid tiene noqueado a Pedro Sánchez. Lleva una semana huyendo de los periodistas. Quien durante el estado de alarma gustaba de largas homilías televisivas en las que se escuchaba y recreaba, ahora está desaparecido.
Quedan pocas horas para que, dependiendo de en qué Comunidad viva usted, pueda hacer de su capa un sayo y moverse, saliendo donde quiera y sin horario. El Gobierno de Sánchez ha decidido hacerse un "Ayuso" y, en vista de los buenos resultados electorales, dejar en manos de la ciudadanía la responsabilidad de evitar el contagio.