Hay mañanas que empiezan como cualquier otra. El cuerpo responde con una lentitud asumible, la cabeza duele “raro”, el cansancio se confunde con pereza y la idea de dormir un poco más parece incluso razonable. Nada anuncia el peligro. Nada obliga a pensar que un gesto cotidiano —cerrar los ojos, ir al baño, aplazar la comida— pueda ser el último. “Oxígeno” (Alfaguara, 2026), la última novela de Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990), se construye desde ese engaño de la normalidad, desde la trampa silenciosa de lo doméstico, y convierte un instante mínimo en el centro de una reflexión amplia sobre la vida, el miedo y la conciencia de estar aquí por pura casualidad.
Fue en noviembre de 2020, pocos meses después de declararse una pandemia mundial y justo antes de publicar su primera novela, cuando la autora supo, de una forma completamente inconsciente, “qué es estar muriéndose”. Una caldera -que debía haberse cambiado- y una pareja -Marta, junto a Juan Gómez Bárcena, también escritor- fueron protagonistas de la conocida como “muerte dulce”, la intoxicación por monóxido de carbono que hace que los músculos se debiliten, que la sangre pierda el oxígeno, que los órganos se opriman hasta dejar de funcionar.
Han tenido que pasar cinco años para que esa experiencia pudiera transformarse en un relato. Cinco años para que Marta encontrara la distancia, el lenguaje y la respiración necesarias para narrar esta historia que avanza como lo hace la memoria cuando se enfrenta a algo que la desborda: de forma fragmentaria, con vacíos, repeticiones y dudas. La narradora no pretende reconstruir lo sucedido con exactitud; asume desde el inicio que hay partes que de las que no se acuerda y otras que solo existen a través de lo que le cuentan. “A partir de aquí lo recuerdo todo mal, o no lo recuerdo en absoluto”, se dice. La experiencia cercana a la muerte es allí donde el cuerpo desaparece y la voluntad se apaga.
Uno de los aspectos más inquietantes del libro es la manera que tiene Jiménez de abordar la muerte sin dramatismo. En esta obra no hay grandes epifanías ni revelaciones, sino un adormecimiento progresivo, una pérdida de interés por lo que ocurre. La muerte se parece demasiado al sueño, y ahí reside el miedo. De hecho, el texto lo formula con una claridad perturbadora: “El susto no es morirse: el susto es que te dé igual”.
A partir de ese núcleo, la narración se abre hacia atrás y hacia los lados. Aparecen los años previos, el enamoramiento, la construcción de una vida compartida y, sobre todo, la búsqueda de una casa. Los pisos visitados, el moho en las paredes, las exigencias absurdas de propietarios e inmobiliarias dibujan un paisaje reconocible de la vida cotidiana de una pareja joven en una gran ciudad. La precariedad no es el tema central del libro, pero sí el contexto que lo sostiene: si esa caldera hubiese estado en perfectas condiciones o, mejor dicho, si nunca hubiese existido.
El texto reflexiona también sobre la necesidad de contar historias para ordenar la experiencia. Desde la infancia aprendemos a seleccionar, jerarquizar y dar sentido a lo que vivimos, a construir relatos con principio y final. Y aunque “todas las muertes funcionan en las historias y todas las dotan de sentido”, dice Marta, ¿qué pasa si el que muere es el narrador?. “Oxígeno” se escribe, precisamente, desde ese lugar imposible, desde la conciencia de haber estado a punto de no poder contarlo.
Especialmente significativa es la atención que el libro presta al después. Cuando el peligro ha pasado, el cuerpo no vuelve a la normalidad. Dormir se convierte en un problema, cerrar los ojos en una amenaza. Los delfines duermen con medio cerebro despierto, cuenta la autora, y esa imagen sirve para explicar ese estado de vigilancia permanente, esa imposibilidad de abandonarse del todo. Vivir implica entonces reaprender gestos básicos, aceptar ayudas, asumir que el miedo no desaparece de un día para otro.
Aquí es donde el resto de protagonistas de la historia ocupan un lugar fundamental. La pareja, los sanitarios, el psicólogo aparecen sin idealización, como presencias concretas que sostienen cuando el cuerpo y la mente no pueden hacerlo solos. Frases recordadas por otros, gestos mínimos, promesas un tanto inciertas —“te prometo que no te vas a morir”— construyen una red frágil pero necesaria frente a lo imprevisible.
En lo literario, Jiménez se mueve con soltura entre la narración y la reflexión, sin caer en el exceso teórico ni en el sentimentalismo. El estilo es claro, contenido, atento a los detalles que realmente importan. La escritura no busca embellecer la experiencia, sino hacerla pensable, habitable, real, así como, a fin de cuentas, lo vivieron Marta y Juan aquel día de 2020.
“Oxígeno” es, en última instancia, un libro sobre seguir viviendo con la conciencia de haber estado a punto de no hacerlo. Un texto que no ofrece respuestas, pero sí una mirada honesta sobre el miedo, la memoria y el azar. Un relato que entiende la escritura como una forma de contar(se) un cuento para poder volver a dormir, para volver a abrir los ojos y comprobar, una vez más, que el oxígeno sigue ahí.