Todos a una en el Teatro de la Comedia

Todos a una en el Teatro de la Comedia

La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) ha inaugurado la temporada 2025/2026 con la representación de “Fuenteovejuna”, de Lope de Vega, una de las obras cumbre de nuestro Siglo de Oro. Esta producción había sido ya estrenada en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro el pasado julio y tuvo una gran acogida por parte del público y la crítica. Gracias a la versión de María Folguera y la dirección de Rakel Camacho, parece que el texto de Lope haya sido escrito en el mismo Siglo XXI. La producción, por tanto, consiste en un alegato por la interpretación contemporánea de los clásicos, llevando al escenario del Teatro de la Comedia una representación emocionante y vibrante de actualidad.

El texto, publicado en 1619, tiene su base en una historia real. Se remonta a 1476, en un momento de agitación política por la guerra de sucesión castellana, donde se enfrentaban Fernando e Isabel los Católicos (interpretados por Pedro Almagro y Nerea Moreno) con su sobrina Juana, llamada “la beltraneja”. Este conflicto funciona como marco político mientras discurre la acción principal en el pueblo de Fuenteovejuna. Allí, los lugareños disfrutan de una vida bucólica, pura y alejada de las corrupciones de la ciudad, que se ve perturbada por los abusos de Fernán Gómez, el Comendador (Chano Martín). Su trato absolutamente despreciable y tiránico radica en que tiene al pueblo por suyo, actitud que hace que se sienta con la potestad para violar a las mujeres, azotar a quien se oponga a él…, en definitiva, disponer del pueblo y de sus habitantes como le plazca. El descontento por parte de los vecinos de Fuenteovejuna solo va en aumento conforme avanza la acción dramática, hasta culminar con la rebelión del pueblo contra el Comendador. Si bien la obra tiene un protagonista colectivo, el pueblo no está tratado como una masa, sino que existen individualidades, entre las que destacan Esteban, el alcalde (Jorge Kent), Laurencia, la hija de este (Cristina Marín-Miró), Frondoso, el pretendiente de Laurencia (Pascual Laborda), las labradoras Pascuala y Jacinta (Cristina García y Adriana Ubani), y Mengo, el gracioso del pueblo (Alberto Velasco). De esta manera, la obra consiste en una llamada a la unidad popular y a La Resistencia contra los regímenes opresores. 

Por esto mismo, parece más bien algo negativo el hecho de que el texto que escribió Lope hace cuatro siglos siga teniendo vigencia. Sin embargo, en esta versión de la CNTC se le da una interpretación que nos muestra la violencia como algo primitivo, incluso connatural al ser humano, algo que apela a nuestro ser más material, lo que daría lugar a la pregunta: ¿acaso nunca vamos a cambiar? Para lograr esta impresión, se hace uso de una sensorialidad que apela a lo más profundo de nuestro ser y que encoge las entrañas con su crudeza. No hay tabúes en esta producción, se muestra todo tal y como es, y eso es algo que puede resultar muy incómodo al espectador. Sin embargo, es precisamente eso lo que se espera, pues la incomodidad es la semilla que, cayendo en mente fértil, dará lugar a una reflexión. Desde luego, Camacho lo logra; el espectador saldrá del teatro y necesitará un momento para asimilar todo lo que ha visto, sentido, experimentado. 

Estas licencias interpretativas dan lugar a decisiones muy acertadas, como la estética folclórica y tradicional, reflejada en el vestuario (diseñado por Rosa M. García Andújar) y en la inclusión de música y danza de corte casi tribales. En este sentido, cabe destacar la labor de Pablo Peña y Darío del Moral en la composición musical y de Sara Cano como coreógrafa. Estos momentos distendidos aportan a la obra una ligereza que se agradece mucho entre tanto drama, además de deleitar al espectador con la belleza sensitiva de las canciones y los bailes. Todo ello resalta el valor de la identidad y la unidad de una comunidad que parece que está diluyéndose en la sociedad globalizada y altamente individualista de hoy en día.

En cambio, con respecto a las licencias interpretativas, se encuentra el problema de la coherencia con el texto, ya que muchas veces prima la lectura que se ha querido dar a la obra, frente al mantenimiento de la verosimilitud poética. De este modo, no siempre encajan bien en el conjunto los elementos añadidos, y desde el público se puede percibir cierta disonancia. 

251007 textoOtra de las propuestas de la CNTC en esta producción es darle a “Fuenteovejuna” una mayor contemporaneidad. Esto se consigue añadiendo cuatro mujeres más en escena y dándoles una mayor presencia dramática. Además de esto, el enfoque feminista de la obra gira alrededor del momento más esperado de la representación: el monólogo de Laurencia tras su violación por parte del Comendador. Cristina Marín-Miró, la actriz que da vida a este personaje, consigue con creces darle la fuerza que requiere, y trae una Laurencia llena de matices. Este pasaje comienza con un potente foco mirando hacia el público, que señala directamente a los espectadores como cómplices de las barbaridades del Comendador, y que parece interrogarles: ¿cómo habéis permitido esto? Contra la inacción y la diplomacia de los hombres, las mujeres esperan a que se haga justicia, pero a Laurencia se le ha agotado la paciencia y está ardiendo de rabia: “Dejadme entrar, que bien puedo / en consejo de los hombres; / que bien puede una mujer, / si no a dar voto a dar voces.” Tras este clímax dramático, son las mujeres del pueblo las que lideran la rebelión. 

Entre las innovaciones de esta “Fuenteovejuna” se encuentra también la representación de la “otredad”, que viene a reflejar principalmente el personaje de Mengo, cuya interpretación por parte de Alberto Velasco es digna de alabanza. También, al poner de relieve el carácter más corporal del ser humano, en escena se ven representados todo tipo de cuerpos, siendo una reacción contra lo “correcto” o lo normativo.

Por otra parte, si bien la dicotomía de amor y violencia ya está presente en el texto de Lope, en esta producción se hace todavía más patente y es uno de los núcleos sobre los cuales gira la obra: es una lucha constante entre ambos, son fuerzas contrapuestas. En este punto el vestuario es un acierto total que acompaña perfectamente a cada momento de la obra: al inicio la vestimenta es perfectamente decente, pero cada vez va perdiendo más el decoro y los personajes se van despojando de sus ropajes convencionales, hasta que quedan finalmente cuerpos desnudos. Esta transición funciona como símbolo de la verdadera naturaleza humana: el ser humano en su estado puro, despojado de convenciones sociales y normas de comportamiento; puro impulso. En este sentido, la representación expone una tesis anarco primitivista, pues plantea una vuelta a los orígenes: el ser humano está harto de organizaciones y gobiernos que no arreglan los verdaderos problemas. Además, desde el número musical del principio, en el que los habitantes de Fuenteovejuna están construyendo el escenario, se ve cómo el pueblo puede organizarse por sí solo y no necesita de ningún Comendador.

En relación con esto, la escenografía (a cargo de Monica Borromello) merece también un párrafo aparte. En perfecto diálogo con el resto de los elementos, en el escenario se ven objetos que evocan a lo orgánico y a lo prehistórico: una estructura de color rojo cuya forma recuerda a un útero, unas pieles, un cuerno que funciona como emblema del grito del inconformismo y la llamada a la guerra…

En definitiva, si hay una palabra que puede definir a esta producción es “potencia”. Con total seguridad se puede decir que el espectador no saldrá indiferente del teatro. Contra el abuso de poder, “Fuenteovejuna” es una llamada a la resistencia popular. La duda que surge está clara: si la obra seguirá hablándonos a lo largo de los siglos o si en algún punto resultarán inverosímiles y ajenas las violaciones, las matanzas, la tortura. Si llega el momento en que el texto de Lope quede obsoleto, sabremos que vamos por buen camino. Hasta entonces, como dice la directora Rakel Camacho, “Fuenteovejuna” cuenta la historia de la humanidad.

@estaciondecult