El Gobierno protege como BIC los Talleres Aeronáuticos de Barajas de Alejandro de la Sota

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El complejo industrial del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas recibe la máxima protección prevista por la Ley de Patrimonio Histórico Español.

El Consejo de Ministros ha aprobado este martes la declaración como Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de Monumento de los Talleres Aeronáuticos de Barajas (TABSA), un complejo industrial proyectado a finales de los años cincuenta por el arquitecto gallego Alejandro de la Sota y ubicado en el Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas.

La decisión, impulsada por el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, representa la aplicación de la máxima protección contemplada por la Ley de Patrimonio Histórico Español. Desde el Ministerio de Cultura se subraya que la conservación de este conjunto es esencial por su valor histórico, técnico y arquitectónico, reconociendo en los TABSA un ejemplo singular del patrimonio industrial español y una de las infraestructuras aeronáuticas más representativas de la modernización de la aviación comercial durante la década de 1950.

El complejo fue diseñado por Alejandro de la Sota en colaboración con el ingeniero aeronáutico Enrique Guzmán, que dirigía TABSA en ese período, y del ingeniero industrial Eusebio Rojas Marcos. Las instalaciones se construyeron entre 1957 y 1958, aunque la empresa tiene orígenes anteriores: se constituyó en 1953 para realizar tareas de mantenimiento de motores de avión empleados por compañías como Iberia y AVIACO.

Desde su creación, la actividad de TABSA experimentó un crecimiento constante. Los talleres realizaban inspecciones, ensayos y reparaciones de motores, además de trabajos relacionados con material auxiliar aeronáutico. El incremento de operaciones hizo necesaria la construcción de nuevas dependencias adaptadas a las exigencias técnicas de este tipo de actividad.

En 1956, bajo la dirección de Enrique Guzmán, se decidió levantar unas instalaciones específicas en el aeropuerto madrileño. El encargo recayó en Alejandro de la Sota, quien trabajó junto a Guzmán y Eusebio Rojas Marcos en la definición de las características técnicas que debía reunir el edificio. El proyecto se desarrolló entre 1957 y 1958, coincidiendo con el proceso de renovación de las infraestructuras aeroportuarias españolas que culminó con el Plan de Aeropuertos de 1958.

Un complejo concebido para el mantenimiento aeronáutico

Las instalaciones están compuestas por una nave principal y un edificio independiente destinado al banco de pruebas de motores. La construcción principal supera los cien metros de longitud y alcanza cerca de 36 metros de anchura, con una superficie aproximada de 3.852 metros cuadrados.

En su interior se distribuye una gran nave central diáfana de más de 2.400 metros cuadrados, acompañada por dos naves laterales que acogían almacenes, dependencias técnicas y servicios auxiliares. La zona principal está cubierta mediante cerchas metálicas con perfil de dientes de sierra, una solución que permitía eliminar apoyos intermedios y facilitar el movimiento de grandes componentes mecánicos. Estas estructuras sostenían además un monocarril destinado al traslado de materiales pesados dentro de las instalaciones.

La concepción arquitectónica responde a una lógica funcional propia de la industria moderna, donde la estructura y los materiales constructivos forman parte de la expresión del edificio. La cubierta incorpora lucernarios orientados al norte que proporcionan iluminación natural constante durante todo el año y evitan deslumbramientos en las áreas de trabajo, una solución que también fue utilizada por el arquitecto gallego Antonio Palacios en algunas de sus obras vinculadas a Madrid.

En el edificio destinado a las pruebas de motores aparecen igualmente lucernarios abovedados realizados con bloques de vidrio. En este espacio los motores eran puestos en funcionamiento mientras los técnicos supervisaban su comportamiento desde una sala de control conectada mediante una ventana de inspección.

Además de la entrada de luz natural, el inmueble presenta unos respiraderos situados en uno de sus laterales cuya configuración evoca la forma de un ala de avión, uno de los rasgos más característicos del conjunto ahora protegido como Bien de Interés Cultural.