Nacido el mismo año que Handel y Bach, 1685, Domenico Scarlatti nos resulta, o nos debería resultar, especialmente cercano, porque no solo nació en el Reino de Nápoles cuando estaba bajo la dominación española, sino que, como maestro de clavecín de María Bárbara de Braganza, que después casaría con el futuro Fernando VI, se instaló en nuestro país, primero en Sevilla y, desde 1733, hasta su muerte en 1757, en Madrid.
En nuestra capital tiene una calle dedicada, donde por cierto tiene su sede el Tribunal Constitucional. A su periodo español pertenece la colosal colección de 555 sonatas para teclado, en la que encontramos muchísimos rasgos relacionados con la música española.
El gran clavecinista estadounidense Ralph Kirkpatrick, posiblemente el mayor estudioso de la obra del napolitano, autor de un extraordinario volumen sobre Scarlatti en 1953 (revisado y reeditado posteriormente), describe a Scarlatti con palabras certeras: “A la luz de su música posterior [al establecimiento en España] , no resulta difícil imaginarse a Domenico Scarlatti paseando bajo los arcos moros del alcázar o escuchando por la noche, por las calles sevillanas, el embriagador ritmo de las castañuelas y las melodías medio orientales de los cantes andaluces. A ellos respondió, sin duda, la parte sarracena de sus ancestros sicilianos y de su niñez napolitana… Ya no era el seguidor de Palestrina en San Pedro; ahora escuchaba la música popular española e imitaba la melodía de las tonadas que cantaban los carreteros, los muleros y la gente corriente. Empezaba a abrirse ante él su verdadero destino. A partir de este momento, Scarlatti se convertiría en un músico español”. En efecto, en la música de Scarlatti, que viviría y fallecería en la madrileña calle Leganitos (donde una placa recuerda que allí vivió y murió, difícilmente puede imaginarse un entorno más castizo), se respira el aroma español por todos lados. Uno que luego se transmitiría, bien que con personalidad diferente, a uno de nuestros más ilustres compositores: el Padre Antonio Soler.
En las Sonatas de Scarlatti la presencia de la guitarra, los ramalazos que derivan del flamenco, los rasgueos imitados por arpegios, es constante. De ahí también su contagiosa vibración, la sutil y apasionante convivencia de contrastes, de disonancias que nos ganan desde la sorpresa inicial que provocan, del arrebatado virtuosismo de muchas sonatas que se funde con la emotiva melancolía de otras. Las páginas del napolitano, condensadas, alejadas de las más ambiciosas dimensiones de las Sonatas que producirían Haydn o Mozart, son de una belleza y de una riqueza en su fantasía aparentemente inagotables.
Scarlatti compuso sus sonatas para el clavecín, instrumento cuyos recursos y extensión exprimió al máximo. Pero esa fantasía y riqueza de matices invitó después a los pianistas, como cabía esperar, y como ocurrió con otros compositores del barroco, a llevarlas al piano moderno. Algunos lo han hecho con especial fortuna. Entre los más grandes intérpretes de Scarlatti hay que empezar por el gran Vladimir Horowitz, con un concepto muy singular de esta música, pero de una belleza en la sonoridad pianística difícil de igualar y a la que es complicado resistirse. Tiempo después, es inevitable recordar al alemán Christian Zacharias, conocedor profundo de este repertorio, que ha traducido desde hace décadas con maestría extraordinaria. De esa maestría y ese conocimiento pudimos disfrutar, hace años, en un documental extraordinario coproducido por La Sept, INA France y la WDR alemana, titulado “Scarlatti en Sevilla”.
Y como lo andaluz está tan presente en esta música, quizá no podía ser sino otro andaluz, el onubense Javier Perianes, quien nos ofreciera otra lección magistral en la primera (y esperemos que no la última) incursión discográfica sobre Scarlatti de uno de los mejores pianistas del panorama actual, que justamente llega en este verano que se está cerrando. Perianes aprovechó ya esa ligazón sevillana antes apuntada de Scarlatti para otro documental, en el que, muy atinadamente, unía a Scarlatti y otro de nuestros más ilustres compositores, Isaac Albéniz, cuya “Suite Iberia” tiene, en buena medida, inspiración sevillana. El documental-concierto, titulado “Javier Perianes en el Alcázar de Sevilla”, disponible en este enlace es de una belleza extraordinaria y constituye un aperitivo impagable para el disco que se comenta, en el que Perianes recorre quince de las “Sonatas” de este compositor napolitano que al fin resulta tan español. El de Nerva lo hace con el mimo, rigor y la sensibilidad exquisita que caracteriza su arte excepcional: cuidadísima sonoridad, llena de sutiles matices y colores, medido y sabio uso del pedal, ese toque “leggiero” que tan bien casa con esta música, articulación cristalina, elegante, siempre expresiva, transmisora de todo el caleidoscopio de afectos que Scarlatti nos transmite y sobre los que se apuntó antes en esta reseña. Interpretaciones que captan en su plenitud lo mejor de esa contagiosa vibración que hacen de la música de Scarlatti un tesoro único.
Los acercamientos a la música de Scarlatti en el piano moderno no deben, qué duda cabe, hacernos olvidar lo que grandes clavecinistas (con Scott Ross, autor de un formidable registro de la colección íntegra de 555 sonatas, a la cabeza) nos han aportado. Pero cuando alguien con la maestría de Perianes, como antes lo hicieran Horowitz o Zacharias, se aproxima con tanto acierto a este repertorio maravilloso, solo cabe sentarse y disfrutar desde la primera a la última nota. Ya lo habrán deducido al llegar hasta aquí: no se lo pierdan (y el documental, tampoco).
Scarlatti: 15 sonatas. Javier Perianes, piano. Harmonia Mundi HMM 902768. 1 CD.