En el Teatro Real el bosque de “Sueño de una noche de verano” no es un lugar físico. Es una suspensión. Una especie de territorio mental donde las leyes de la gravedad –dramática y emocional– parecen relajarse. La nueva producción del coliseo madrileño, en coproducción con la Royal Ballet and Opera de Londres y el Teatro del Maggio Musicale Fiorentino, propone una lectura escénica de gran refinamiento visual y poético, firmada por la célebre Deborah Warner, que convierte la ópera de Benjamin Britten en un largo estado de ensoñación.
La ópera que Britten compuso en 1960, con libreto propio junto a Peter Pears, no es una simple traslación de la comedia de William Shakespeare. En realidad, es casi una reescritura.
Britten elimina el primer acto de la obra teatral –el que se desarrolla en Atenas– y sitúa la acción directamente en el bosque nocturno. Ese gesto cambia por completo la perspectiva dramática: el mundo de las hadas deja de ser un elemento fantástico que irrumpe en la historia para convertirse en el verdadero centro de gravedad de la obra.
La estructura musical refuerza esa idea. Cada universo dramático posee su propio lenguaje sonoro. Las hadas viven en una textura orquestal delicadísima, casi transparente, donde la celesta, el arpa y las voces infantiles crean una atmósfera de misterio. Los amantes habitan una escritura más lírica y humana. Y los artesanos aportan el elemento grotesco y terrenal. El resultado no es tanto una comedia como un paisaje sonoro. Un sueño musical.
La escenografía de Christof Hetzer evita cualquier tentación naturalista. No hay árboles frondosos ni espesuras románticas. En su lugar aparece una especie de bosque conceptual: una gran plataforma negra, superficies reflectantes, estructuras suspendidas y un árbol que parece flotar. En algunos momentos el árbol cuelga literalmente en el aire, como si el bosque hubiese perdido su raíz terrestre.
Columpios suspendidos, telas que se transforman en hamacas gigantes y plataformas elevadas crean diferentes niveles escénicos donde los personajes aparecen y desaparecen como figuras que emergen del sueño. Todo está concebido para generar una sensación de suspensión.
La iluminación de Urs Schönebaum termina de construir ese universo. Tonos azulados, plateados y violetas envuelven el escenario en una noche perpetua. A veces el espacio se llena de proyecciones luminosas que caen como una lluvia de luciérnagas, creando una atmósfera casi cósmica. En ese paisaje, los cuerpos parecen flotar más que caminar.
Uno de los elementos visuales más hermosos de la producción es el universo feérico creado por Luis Filipe Carvalho en el vestuario. Las hadas aparecen con faldas translúcidas llenas de pequeños puntos de luz que convierten sus cuerpos en constelaciones móviles. Cuando se mueven por el escenario, la sensación es la de ver pequeñas galaxias girando en la oscuridad.
En torno a Tytania, el escenario se llena de niños, bailarines y figurantes que crean una comunidad mágica de gran dinamismo visual. Las telas suspendidas se transforman en hamacas donde los personajes duermen, mientras pétalos de flores caen sobre el escenario.
Aquí brilla con especial intensidad la participación de los Pequeños Cantores de la ORCAM, que intervienen como solistas y coro, además de cinco niñas actrices que forman parte activa del universo feérico. Sus voces cristalinas aportan un timbre que encaja de manera ideal en la escritura de Britten. Su presencia no es sólo musical. También es teatral: aportan una inocencia escénica que refuerza el carácter mágico del bosque.
Uno de los elementos más discutibles de la propuesta de Deborah Warner aparece en la caracterización del grupo de artesanos. Tradicionalmente concebidos como rústicos actores aficionados dentro de la comedia de Shakespeare, aquí se transforman en una cuadrilla de obreros contemporáneos, equipados con chalecos reflectantes, cascos de obra y herramientas.
La idea, en principio, podría haber funcionado como contrapunto realista frente al universo etéreo de las hadas. Sin embargo, en la práctica el concepto no termina de integrarse con la atmósfera general de la producción. Mientras el mundo feérico está construido con una coherencia visual muy cuidada –luces, tejidos translúcidos, movimientos coreográficos–, la presencia de estos obreros introduce una estética abruptamente cotidiana que rompe, en lugar de contrastar, la lógica onírica del espectáculo.
En escena aparecen reunidos bajo el árbol suspendido, discutiendo su representación de Píramo y Tisbe como si estuvieran en un descanso de la jornada laboral. El efecto resulta más anecdótico que dramático. Su comicidad funciona a ratos –especialmente gracias al talento teatral del reparto–, pero visualmente queda algo descolgada del universo que Warner ha construido para el resto de la obra. Incluso el propio Bottom, cuando aparece desconcertado entre ellos tras su transformación, parece pertenecer a otro espectáculo distinto. La escena cumple su función cómica, pero dentro de una producción tan cuidadosamente atmosférica, este realismo obrero no termina de encontrar su lugar en el sueño.
Otro de los grandes aciertos de la producción es el desdoblamiento del personaje de Puck. El actor Daniel Abelson aporta la voz y la presencia dramática del personaje, con una interpretación vivaz, traviesa y llena de ironía. Pero la dimensión mágica del espíritu del bosque se multiplica gracias al bailarín aéreo Juan Leiba, que atraviesa el escenario suspendido en el aire. Su presencia convierte a Puck en una criatura verdaderamente sobrenatural: un ser capaz de desplazarse por el espacio con absoluta libertad. La palabra pertenece al actor. El movimiento pertenece al aire.
Desde el foso, Ivor Bolton dirige con gran sensibilidad la compleja partitura de Britten. No es una música que busque la emoción inmediata. Su belleza es más atmosférica, más cerebral. Puede fascinar por su inteligencia tímbrica sin llegar necesariamente a tocar el alma de manera directa. Bolton entiende perfectamente ese universo y lo conduce con elegancia. La Orquesta Titular del Teatro Real despliega con precisión el refinado mundo sonoro de Britten: arpas etéreas, celesta cristalina, texturas delicadas que parecen evaporarse en el aire. En muchos momentos música y escena se funden de tal forma que la sensación es la de asistir a un sueño musical continuo.
El reparto vocal ofrece un nivel global sólido, aunque sin interpretaciones verdaderamente memorables. El contratenor Iestyn Davies, como Oberon, canta con una elegancia impecable y un timbre sedoso que se adapta bien al personaje. Su interpretación del aria “I know a bank” muestra refinamiento y control, aunque su canto no termina de emocionar profundamente.
La soprano Liv Redpath afronta con solvencia el temible papel de Tytania, lleno de coloraturas y agudos exigentes. Su aria “Be kind and courteous to this gentleman” brilla especialmente por su agilidad vocal.
Entre los amantes destacan el tenor Sam Furness (Lysander), de línea de canto clara y elegante; el barítono Jacques Imbrailo (Demetrius), de voz firme; la mezzosoprano Simone McIntosh (Hermia), de centro cálido; y la soprano Jacquelyn Wagner (Helena), de timbre luminoso. Aunque algunas voces no siempre alcanzan con facilidad las notas más altas de la partitura, el conjunto funciona con eficacia. También cumplen con solvencia Thomas Oliemans como Theseus y Christine Rice como Hippolyta. Quien sí destaca con mayor personalidad es el Bottom de Clive Bayley, cuya voz amplia y poderosa se combina con un excelente instinto teatral.
Al final de la ópera, cuando Puck se dirige directamente al público y rompe la ilusión teatral, la producción de Deborah Warner revela su esencia.
No pretende reinventar la obra ni imponer una lectura radical. Su apuesta es otra: recordar que el teatro es, ante todo, un espacio donde lo imposible puede existir durante unas horas.
Durante la representación el escenario del Teatro Real se transforma en ese bosque donde los amantes se pierden, donde las hadas gobiernan la noche y donde un grupo de obreros puede convertirse en actores trágicos. Y cuando la última nota se desvanece y la luz vuelve a la sala, queda la sensación de haber atravesado un sueño extraño y delicado.
Un sueño que, como todos los buenos sueños, desaparece justo cuando empezábamos a creer en él.