El mítico mercado de Fuencarral, un hito de finales de los años noventa en la capital por su capacidad para reflejar, a través de la moda, las ansias de libertad y vanguardia que acusaba la sociedad, cerrará el próximo julio, aunque los comerciantes estudian mudarse "a otro espacio del centro".
"Muchos ya nos hemos reunido para negociar el traslado a otro local, aunque nos da pena porque, en mi caso, me he enterado del cierre a través de la prensa", explica María Jesús Sánchez, gerente de J. Cánovas, una tienda de ropa "pin up" gótica que forma parte del espacio desde 2000.
El mercado de Fuencarral canalizó con su apertura, en 1998, los nuevos ritmos estéticos que demandaba la juventud madrileña; ropa militar y "underground", prendas de segunda mano o marcas alemanas y británicas hicieron su incursión en este espacio colindante a los barrios de Chueca y Malasaña, hoy cuna del modernismo "fashion" de la capital.
Algunos medios de comunicación han barajado la posibilidad de que grandes cadenas -en concreto citan a H&M y Uniqlo- hayan comprado el mercado de Fuencarral para asentarse en una calle donde la actividad comercial es frenética, y un peaje obligatorio para turistas y amantes de la moda que encuentran en ella a las principales marcas.
El gerente de la instalación, Ramón Matoses, desmiente que estas firmas hayan adquirido el local. "Un fondo de inversión ha comprado el espacio, pero aún no está decidido en qué se reconvertirá", advierte.
Cuando uno atraviesa la puerta del mercado de Fuencarral, comparado hace años con el londinense Camden Town, todavía le envuelve un ambiente mágico y sonoro, con ese repiqueteo tan característico de escaleras de metal que conducen al visitante por caminos insospechados donde relojes, joyas, gafas de sol, camisas o sudaderas tienen un sello especial, un "algo" que los diferencia.
Eso fue precisamente lo que buscó el mercado en sus inicios: la diferenciación, poner al servicio de una sociedad revolucionaria, abierta y receptiva cauces estéticos alternativos, que dieran respuesta a ese ansia de juventud y vanguardia que encontró en la moda y la indumentaria uno de sus más fieles cauces de expresión.
El cartel que anunciaba la apertura del espacio, en 1998, ya era toda una declaración de intenciones: "Odio los centros comerciales", decía el chico del anuncio, un joven con tatuajes y "piercings".
"Ahora, ese chico somos todos", dice Ramón Matoses, quien achaca el cierre del mercado, "simplemente", a "la finalización de un ciclo".
El espacio "estará vivo" hasta julio, matiza Matoses, así que seguirá acogiendo actividades culturales relacionadas con el cine, el arte o la música (quién puede olvidar las famosas "raves" del mercado, cuando se bailaba más allá de lo que el cuerpo aguantaba).
El discurso estético del mercado "se ha expandido" al resto de la calle Fuencarral y a otras zonas de compras de la capital, valora Ramón Matoses, y eso ha provocado, en parte, el decaimiento de un lugar que sigue siendo distinto y mágico, pero menos que antes.
Sin embargo, entre sus rincones aún se descubren objetos inusuales en las tiendas más convencionales, como las máscaras antigas o los collares de esposas. Porque el mercado de Fuencarral ha sido de todo menos convencional, de todo menos "normal".
Su cierre significa el fin de un espacio, pero no de un espíritu, de una moda y de un estilo de vida. "Si no es aquí, será en otra parte, pero seguiremos existiendo", dice otro comerciante.