Derroche y contaminación

Derroche y contaminación

El alcalde de Madrid me prohíbe que entre en la ciudad con mi automóvil, porque es viejo, y contamina demasiado. Sin embargo, con temperaturas que esta semana han alcanzado, o alcanzarán, los seis grados bajo cero, se permite que decenas de estufas de bares y cafeterías estén encendidas, en terrazas instaladas en la calle, con el objetivo de que los clientes, con el abrigo y la bufanda al cuello, se puedan tomar una cerveza fría.

Pagar el impuesto de circulación, y que no te dejen circular, es tan mostrenco como abanderar la lucha contra la contaminación y poner estufas para intentar lo imposible: calentar determinadas zonas de la calle.


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Pero lo mostrenco se ha instalado en una sociedad, donde los obedientes esclavos de la moda compran los pantalones rotos en pleno invierno que, además, son más caros. Algo así como si los pantalones de verano, de tejido ligero y colores blancos, fueran forrados con abrigadas telas por dentro.

Como soy partidario de la libertad de expresión, y de todas las demás -incluida la libertad de ser esclavo de la moda, por muy estúpidas que sean sus propuestas- jamás propondría la detención y encarcelamiento de los estúpidos, pero de la misma forma que, en algunos países, hay límites para atender a los fumadores empedernidos de las enfermedades derivadas de su adicción, podríamos ensayar algo relativo a los que, con bajas temperaturas, no se desprenden de la adicción de llevar los pantalones rasgados, y las que son incapaces de dejar de descubrirse el ombligo los fines de semana. Por mí, como si se desnudan, pero los hospitales están colapsados, ya sólo nos faltan las voluntarias de la tripa al aire para aumentar, todavía más, la espera hospitalaria.

A ellos, añadamos los habituales de terrazas, que sentados con una estufa que calienta un aire que se eleva al cielo -y deja los pies como un helado de Jijona- también contribuyen a ser candidatos al catarro o a algo peor.

Soy de bares y cafeterías. He crecido con ellos. Aprendí allí ciencias sociales que no se enseñan en la universidad, pero no podemos quejarnos de lo cara que está la luz, y el gas, en medio de unas ciudades, tan ricas y prósperas, que pueden permitirse el lujo de poner en marcha cientos y cientos de estufas de gas y luz para comprobar el intento imposible de calentar una terraza en la calle, sin miedo a la factura.

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