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“Trabajo”: una historia de cómo empleamos el tiempo

“Trabajo”: una historia de cómo empleamos el tiempo

Dice la mejor de nuestras obras que en un lugar de la Mancha (¡de cuyo nombre no quería su autor acordarse!) no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Dice, también, pocas líneas después, que este sobredicho hidalgo en sus ratos libres estaba tan ocioso y se dio con tanto gusto a los libros de caballerías que olvidó por completo el ejercicio de la caza y la administración de su Hacienda. Mas no todo queda ahí: también señala (¡de esto sí debe uno acordarse!) que la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, pues con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar; es más, dice nuestra más valiosa pluma que por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. ¿La vida? Sí, la vida. Eso que alguno (Calderón) describió como un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción; eso que (García Márquez) se elevó a la categoría de mejor cosa que se había podido inventar; eso que muchos, por desgracia, pierden por culpa del trabajo. Tremebunda conexión, ¿no?: arriesgar la vida por la libertad; arriesgar la vida por el trabajo; tener trabajo y no tener libertad; vivir para el trabajo sin tener vida. 

Escribe James Suzman (1970), autor del libro que hoy nos ocupa, que el trabajo que hacemos define quiénes somos; determina nuestras perspectivas de futuro, dicta dónde y con quién pasamos la mayor parte de nuestro tiempo; e influye por tanto en nuestra autoestima hasta conformar nuestros valores y orientar nuestras lealtades políticas. En definitiva, aventuramos nuestra vida, como aquel caballero manchego, pero no por literatura de caballeros andantes, tampoco por divertimentos y ocio, sino por una supervivencia que depende, en definitiva, de un sueldo. “Trabajo: una historia de cómo empleamos el tiempo” (Debate, 2021), ensayo del autor de cuyo nombre sí nos acordamos, disgrega la dimensión más antropológica del concepto “trabajo”, ahonda en la esencia política, económica y evolutiva de lo laboral. Porque la idea de este libro va más allá de la construcción lineal o dialéctica, según con qué anteojos se mire, de la historia del trabajo: Suzman antepone el análisis a la solución, la crítica a la enmienda, los cañonazos argumentales a los atajos tramposos. Podría haberse optado por un enfoque determinista; sin embargo, la antropología se entremezcla con otras disciplinas para construir un relato apasionado y veraz, denso y ameno. Buen ejemplo de ello es el estudio que se hace de los bosquimanos, tribus y pueblos africanos que tradicionalmente operaron como cazadores-recolectores, para contraponer modelos sociológicos. Estos, según se expone en el libro, apenas trabajaban más de 3 horas al día (15 horas a la semana): el objetivo comunal era el de descansar, redistribuir alimentos, regocijarse en el arte para poseer la cultura y, por tanto, compartirla. La lógica era distinta, muy distinta a la nuestra. Pero esa mentalidad no desdeñaba que trabajar era parte esencial de la naturaleza humana. Simplemente el lenguaje aspiracional era distinto: importaba anudar áreas, conciliar familia y trabajo, arte y descanso. El caballero que nos plantea Suzman era dichoso en ocio y amor, en familia y aventuras. Mas para ello tenía que prescindir de algo que nuestra sociedad nunca pareció poder rehusar. Él lo llama “workaholic”, esto es, adicción al trabajo. Otros, sin embargo, lo podemos calificar como la cultura laboral de la fiereza y barbarie: iniciar la jornada a las 8 y terminar a las 10 (o más, bien conocen muchos los horarios intempestivos de ciertas empresas); articular la vida a través del trabajo; definirte a través de él. Es entonces cuando uno se pregunta dónde queda en este modelo la vida, el cielo o el mar. ¿Existieron, murieron, desaparecieron? Porque ¿acaso la vida no era trabajar? ¿Acaso la vida no era trabajar para consumir? ¿Acaso consumir no era lo que nos daba la vida? ¿Acaso no se puede vivir sin tener vida? Tantas preguntas surgen cuando se lee este libro que uno no puede escapar de la certeza: trabajar, sí, pero también vivir, pues la libertad, bien lo supo nuestro querido Sancho de primera mano, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.