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El papiro de Miray, un estupendo debut literario

El papiro de Miray, un estupendo debut literario

La feliz aparición de “El papiro de Miray” (JDB books, 2022) –primera novela de Guadalupe Arbona (Madrid, 1965)– viene a demostrarnos que no todas las sorpresas de este año van a ser trágicas. Arbona, profesora de literatura en la Universidad Complutense, lleva unos años alternando textos académicos con otros de pura creación: a esta novela la han precedido dos tomos de diarios “Puerta principal” y “Enredada en azul” (Ed. Encuentro, 2017 y 2020) y a cada entrega esta autora se va desvelando como una escritora de reflexión, como una creadora de interioridades (en sus diarios Arbona ha creado un personaje que, de alguna manera, es ella misma).

“El papiro de Miray” cuenta en paralelo dos historias, la del hallazgo accidental de un nuevo texto entre los manuscritos del Qumrán y la de la profesora británica que los descubre y cuya vida es transformada por el contenido mismo de esos papiros. En ellos se cuenta en primera persona la historia de Miray, un fascinante personaje ficticio: una noble venida a menos que acaba como criada de Herodías en un principio y de su hija Salomé más principalmente. Miray asiste a Salomé hasta que ésta en su tardía adolescencia baila ante Herodes y, como es sabido por los evangelios, pide a instancias de su madre la cabeza de Juan el Bautista en bandeja de plata. A resultas de ese traumático episodio la protagonista abandona el palacio y comienza un catártico camino de conversión al cristianismo. La obra acaba con el encuentro, ya crepuscular, entre ella y su vieja amiga Salomé. 

La novela de Arbona se construye en un complejo juego de planos; desde el punto de vista narratológico estamos ante una historia de doble “manuscrito hallado”: el papiro dictado por Miray a un escriba y el diario de la profesora británica escrito en paralelo con su traducción del texto de Miray. Los cruces y guiños entre los diferentes planos son frecuentes. Pero también hay un juego entre el pasado y el presente y un sugestivo diálogo entre Arbona y otros autores, especialmente Oscar Wilde, que han escrito sobre esos mismos asuntos. Además, la novela se convierte en un enorme homenaje a la literatura: si Miray y Juana se transforman por la cercanía con Jesús, la profesora lo hace por la lectura del manuscrito del Qumrán y nosotros, podríamos añadir, por la lectura de este libro. Los libros nos abren amistades que son parangonables a las reales. Nos intercambian las intimidades.

Pero ese, con ser interesante, es el plano que menos nos interesa. Lo que resulta cautivador son las personas que en ella habitan. No se trata de una obra histórica sino de una ficción construida en torno a hechos históricos y, por eso, el recuerdo de un texto tristemente olvidado como las “Figuras de la pasión del Señor” de Gabriel Miró debe estar presente: singularmente en las descripciones que, más que levantinas (como lo eran las del autor alicantino), parecen reflejar el patio fresco de un carmelo; son el resultado de la rica sensibilidad de su autora –de su espacio interior– y, por ello, no importa si el desierto es de una u otra forma o el anacronismo , por ejemplo, de que aparezcan unos pomelos en el frutero. 

A la vez, no es posible leer un texto de Arbona y no pensar en el querido Jiménez Lozano. Y desde luego se deben recordar las novelas de trasfondo bíblico que éste escribió –“El viaje de Jonás”, por ejemplo– pero sería un error equiparla a ellas. Sería un error porque las del autor abulense son novelas que –pegadas a la visión que éste tenía del mundo y a su “forma mentis” hebrea– narran historias muy ajenas a la reflexión o a la abstracción. Frente a estas, la novela que ahora se comenta es, en el mejor sentido de la palabra, ideológica. Es una novela de ideas. Y ahí la riqueza es abundante.

Antes se ha dicho, de intento, que Miray se convierte al cristianismo. Pero habría que matizarlo. Ninguno de los personajes de esta novela se convierte a unas ideas o una doctrina. No hay doctrina en esas páginas, hay una persona. Miray, Salomé, Juana y otras son cautivadas por una mirada, por la honestidad de un corazón, por una humanidad que se presenta solo de soslayo pero que es tremendamente poderosa. Por los “hermosos pies” del primo de Juan. Habría que hablar también del atractivo omnicomprensivo de esa persona: todos los habitantes desgraciados de este libro –una viuda, una profesora sin interés por vivir, Salomé y la propia Miray– quedan atrapados por una belleza que, de forma muy inteligente, Arbona no describe en el relato. Lo conocemos por sus frutos. Téngase en cuenta, además, que cada uno de esos personajes se muestran perdidos pero cada uno de ellos lo está por una razón distinta: un error singular, una muerte inesperada, etc. Las causas de su insatisfacción –“¿no existiría una vida mejor?” se pregunta una de ellas”– son diferentes, las épocas en que tienen dolor –desde el siglo I hasta el año 2015– son variadas, pero la solución es la misma, más allá del caso, del sexo, del espacio o del tiempo.

La primera novela de Arbona es, por tanto, el resultado de una maduración creativa; a buen seguro que ya hay un grupo de lectores que espera más frutos. En efecto, no todas las sorpresas de 2022 habían de ser trágicas.