MADRID 6 Sep.
El mayor error que pueden cometer ahora la oposición y la sociedad española es pensar que Sánchez está derrotado, que Ceuta será su tumba política. Ni su aislamiento en el Congreso ni su desaparición en la crisis de Ceuta ni las causas judiciales pendientes han acabado con él. Ni siquiera su vacío de liderazgo y el distanciamiento aparente de sus socios de conveniencia. La historia de estos años hace que el optimismo de la derecha sea, otra vez, preocupante. Es posible que en cualquier otro país democrático, al presidente no le hubiera quedado otra opción que dimitir. Aquí, cada vez que ha habido una crisis y el Gobierno ha actuado tarde y mal y sin dar explicaciones ni modificar rumbos ni buscar pactos -la pandemia, la Dana, el apagón, ahora Ceuta- su debilitamiento ha sido mínimo y temporal. El presidente, no su Gobierno, siempre tiene recursos. Es, sin duda, el mejor agitador, el gran polarizador, el constructor, siguiendo la estela que marcó José Luis Rodríguez Zapatero, de dos bandos irreconciliables. El que levantó un muro contra media España desde un Gobierno "de progreso". El muñidor, que pese a perder las elecciones, ha sido capaz de juntar en torno suyo a quienes sólo buscan el beneficio inmediato a costa de hacer más débil a una nación entera. El que se ha enfrentado a los aliados tradicionales de España -Europa, Estados Unidos, la OTAN- para abrazar a dictadores y sátrapas. El que ha colonizado la práctica totalidad de las instituciones para convertirlas en instrumentos a su servicio personal y del partido.
Nadie como él ha gestionado mejor los riesgos personales, aunque sea a costa de los de la nación. En el caso ceutí ha convertido una invasión y una amenaza a la soberanía y la integridad nacional en una "crisis humanitaria" o "migratoria". Ha convertido en causantes a las mafias, al Supremo, a Rusia e Israel y a la ultraderecha cuando la única causa creíble está en Rabat. Está dispuesto a publicar los informes de seguridad aunque descubra las debilidades del país, cuando puede hacerlo en la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso. Ha hecho dejación total de sus obligaciones y ahora un medio de comunicación afín titula en portada a cuatro columnas: "El Gobierno toma el control de Ceuta ante el bloqueo de Vivas" (¡!) y añade que "Oscar Puente se hace con el puerto por ley para alojar a mil migrantes". Denigrar al único político que avisó del problema y fue ignorado, que ha estado sólo y sin ayuda enfrentando una invasión del territorio nacional y llamando a la calma, es cuando menos indignante y miserable. Y es, además, un insulto a los ciudadanos de Ceuta, los grandes damnificados y olvidados de esta crisis.
Hasta ahora, la inacción, las mentiras y culpabilizar a otros le han permitido sobrevivir en el poder con el apoyo doloso de sus socios. No es solo Sánchez ni los miles de militantes sumisos que le deben su cargo y que saben que lo pueden perder. La mínima rebelión de Margarita Robles o de algunos alcaldes no esconde la cerrada defensa de todos los demás. El PSOE, no Sánchez, tiene un suelo de cinco, seis o siete millones de ciudadanos que le votaran haga lo que haga. Y ese suelo puede crecer por el hundimiento de la extrema izquierda, que también se traga todos los sapos con tal de seguir chupando el poder que le deja Sánchez. Tiene medios de comunicación absolutamente afines -y ahora van a crecer con otra televisión, además de la pública, a su servicio- que en lugar de ejercer el control y la crítica del poder lo hacen con la oposición.
Ha llegado la hora de que cada uno asuma su responsabilidad. Quien aspira a liderar el país y cambiar la deriva, debe hacer visible un liderazgo fuerte y unido que no elude los problemas puntuales y que mira a corto y largo plazo para solucionarlos, que presenta con claridad y valentía las opciones a los ciudadanos, sin miedo a plantear decisiones difíciles, que alinea los intereses nacionales con Europa y los socios democráticos y no con dictaduras ni con gobiernos que hacen del chantaje su arma de combate. Pero sin la implicación de cada ciudadano, sin la responsabilidad de cada ciudadano para impulsar el cambio, el liderazgo sirve para poco.
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