Si hubiesen matado a Trump, casi nada hubiese cambiado

Si hubiesen matado a Trump, casi nada hubiese cambiado

Madrid 26 Abr

¿Qué hubiera ocurrido si el plan para matar a Trump en la cena de los corresponsales hubiera podido salir adelante (cosa altamente improbable, claro)? Estados Unidos tiene una historia pródiga en magnicidios o en intentos de, y Donald Trump es la tercera vez que sufre un amago de atentado: si alguno de ellos hubiera triunfado, quizá la trayectoria del mundo hubiera sido algo diferente. No mucho. Especialmente ahora, pese a que el planeta entero se halla sumido en el desconcierto total ante la falta de seguridad jurídica aparentemente impuesta, en solitario y por su cuenta y riesgo, por el habitante de la Casa Blanca. Y creo que no es eso, no es eso.

Por supuesto que estoy muy lejos de pensar que la muerte de Trump, por mucho que él haya definido una trayectoria demencial y muy personal a su mandato como el hombre más poderoso de la Tierra, hubiese variado el sesgo del péndulo del desastre en el que estamos inmersos: no creo que el vicepresidente Vance, aunque parezca menos enloquecido que su jefe, pretenda, suponiendo que pudiese hacerlo, girar de manera copernicana el rumbo iniciado por Trump. Prepotencia, arbitrariedad, falta de solidaridad y de compasión han sido las tónicas hasta ahora de un mandato que se ha caracterizado también por algo que puede que Vance sí cambiase cosmética, lampedusianamente: la mala educación, las formas zafias, groseras, horteras. Que en política son tan importantes como el fondo.

Pero quienes mandan sobre el hombre que manda tienen sus propios planes. Aunque no seamos capaces de distinguirlos con nitidez.

Tampoco pienso que haya un plan articulado tras los al menos tres aparentes intentos de atentar contra Trump, incluyendo el disparo que le hirió, muy levemente, en una oreja. Parecen lobos solitarios, inadaptados y desequilibrados los siempre desafortunados autores. Pero no por ello podemos dejar de pensar en la fragilidad de los vértices sobre los que se asienta el (des) equilibrio mundial. Y qué duda cabe de que es el propio Trump, repartiendo la baraja con gentes como Netanyahu y Putin, y contra un Xi listo para aprovecharse del barullo Planetario, el principal artífice de este (des)equilibrio, que ha puesto al mundo patas arriba y que está variando, de forma irreversible, viejos hábitos, pensamientos, la moral y las formas de comportarse y de actuar. Al menos, insisto, aparentemente.

Digo aparentemente porque resulta inconcebible que alguien tan burdo como Donald Trump pudiera haber conseguido incluso un segundo mandato presidencial si no hubiese fuerzas no tan ocultas respaldándole como su guiñol. No, no creo que el atentado contra Trump, de haber triunfado, hubiese cambiado demasiado el mundo, porque el mundo lleva ya bastante tiempo cambiando de manera alarmante, como nos muestra el ya famoso 'manifiesto de Palantir', donde las ideas trumpistas, o la falta de ellas, se muestran en toda su desnudez bajo la apariencia de profundidad de pensamiento.

Quienes, como Steve Bannon, Peter Thiel o (todavía) Elon Musk, o los tentáculos de la Heritage Foundation, más otros revolucionarios tecnológicos, apoyan al Amo del Imperio son, en el fondo, la garantía de la continuidad de un sistema aberrante que consagra la desigualdad entre los más ricos y el resto de los terrícolas, el abuso de unos pocos sobre los muchos, el progrese tecnológico para algunos y la sumisión para los demás.

Mientras, las naciones, incluyendo las más desarrolladas de la UE, seguimos inmersas en nuestros problemas domésticos, como si no hubiese nada más que las encuestas andaluzas, la toma de posesión del aragonés Azcón apoyado, cómo no, por VOX, o los juicios contra la corrupción, en el caso español. Vivimos ajeno al hecho de que el Occidente que conocíamos hasta hace un lustro ya nada tiene que ver con lo que se está configurando, sea lo que fuere. Y Trump no es un profeta: es un ejecutor burdo de los planes locos de otros. Beneficiado, eso sí, por el ombliguismo que muestran unos países que hasta ahora creían, puede que sigan creyendo, que son los que marcan el rumbo. Y no, ya digo.


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