Las abuelas son ternura, sabiduría, luz, amor… y, también, memoria. En sus palabras sobreviven relatos que, aunque no aparezcan en los libros de texto, también forman parte de lo que somos. Gracias a la tradición oral, han conservado recuerdos que pasan de generación en generación y que nos permiten conocer la historia de un modo muy cercano y humano. Precisamente, el objetivo de “Las Galletas” (Plasson e Bartleboom, 2026) es conservar esta memoria para siempre, transformándola en algo tangible.
Su autor, Óscar Liam (Las Galletas, Tenerife,1995), estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Sin embargo, se dio cuenta de que “no entendía el mundo lejos de casa”, así que decidió regresar al archipiélago. Probablemente, este vínculo con sus raíces fue el germen que dio lugar a esta obra, su primera novela: un homenaje a su abuela y, en cierto modo, a todas las abuelas que alguna vez se han sentado con sus nietos alrededor de la mesa de la cocina para contarles cómo era la vida antes.
“Las Galletas” no es solo el título del libro, es el nombre de su pueblo, situado al sur de la isla de Tenerife. Marcelina Elva, así es como se llama su abuela, es quien narra, en primera persona, esta recopilación de pequeñas historias que permiten a quien las lee encontrarse con un espacio que ya no existe más allá de su memoria, pues todo ha cambiado mucho desde entonces: “[...] tú tampoco vas a conocer este pueblo que están viendo tus ojos cuando seas un viejo como yo, acuérdate de mí”.
Concretamente, sus relatos se sitúan en la época de la posguerra, un periodo histórico marcado por el hambre, la escasez y la represión en todo El País. Aunque sean historias sueltas, sí que siguen, al principio, cierto orden cronológico, ya que se cuenta cómo se muda la familia desde el norte de la isla hasta Las Galletas, buscando unas mejores condiciones de vida. En alguna ocasión se llega a mencionar la guerra civil, pero desde el desconcierto de una niña que no entendía lo que pasaba, pues así fue cómo lo vivió ella.
En la obra —donde se mezcla realidad y ficción— se intercalan anécdotas de tono más ligero o familiar con algunas historias que sirven como escaparate para mostrar la realidad social que atravesaba Canarias en la época. Por ejemplo, destaca la experiencia de Elva trabajando en las tomateras canarias —una situación compartida por muchas jóvenes e, incluso, niñas— para poder contribuir al sustento familiar, en la que alude a la explotación que sufrieron. De hecho, señala que ni siquiera cotizaron durante esos años, a pesar de que les habían prometido que sí lo harían.
También se menciona la emigración de muchos canarios a Latinoamérica, especialmente a Venezuela y a Cuba, forzados por la necesidad. Además, en la novela se equipara esta situación a la de muchas personas que emigran en la actualidad: “Hay que ponerse en los pies de esa gente que sale fuera. No hay que ser bruto con la gente que lo está pasando mal”.
El estilo de Óscar Liam hace de la novela una conversación íntima entre abuela y nieto, en la que el lector está invitado a formar parte. Está escrita de forma muy oral, lo que permite realizar una lectura ágil en la que, más que leer palabras, parece escucharse una voz. Asimismo, el dialecto canario está muy presente tanto en el léxico seleccionado como en la propia expresión: por ejemplo, igual que en la oralidad canaria, no encontramos “para”, sino “pa”. De este modo, se convierte en una narración muy natural y cercana.
A lo largo de las cincuenta y seis estampas que conforman la obra, somos partícipes de un recuerdo que ya nunca se desvanecerá, pues quedará impreso para siempre en las páginas de este libro. Las abuelas deberían ser eternas, y esto es, de alguna forma, lo que consigue Óscar Liam con “Las Galletas”.