Se llama 'enchufismo'

Se llama 'enchufismo'

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Fútbol aparte, no se habla de otra cosa. La sentencia de la Audiencia Provincial de Badajoz contra el hermano del presidente del Gobierno da para meterse en camisa de once varas. Pero no por culpa de lo que en realidad es un jarro de agua fría para el estado de priapismo político reinante en la polarizada política nacional, un disolvente de enrevesados procesos de intención que alcanzan el fuero judicial y la libertad expresiva en los medios de comunicación al servicio de esta supuesta conjura de los malos contra "el Gobierno más limpio de la historia democrática" (Sánchez dixit).

Ni el propio columnista menciona el nombre del condenado a 9 años de inhabilitación para cargo público por "cooperación necesaria en un delito de prevaricación administrativa" que está en el centro del tornado. Da igual cómo se llame. Está donde está por ser hermano del presidente del Gobierno, aunque los hechos se produjeron cuando Sánchchez solo era un secretario general del PSOE recién caído en desgracia. Pero la denuncia de la ultraderecha si se cursó cuando ya estaba en la Moncloa. Si no, no hubiera habido tal. Eso es lo relevante, no el hecho -cierto, por otra parte-de crear un puesto de trabajo para el hermano de un amigo del entonces presidente de la Diputación de Badajoz, Miguel Ángel Gallardo. Nada de tráfico de influencias, sino favor de amigo.

Es como en el anuncio de Resines. Si le quitas los caireles de las togas, el léxico jurídico, las puñetas, la solemnidad de la sala de vistas, se queda en lo que toda la vida hemos calificado de "enchufismo". Pero, ay amigo, en la España rabiosa de los Puente y los Tellado, las Santolallas y los Vitoquiles, hay que apurar el culebrón hasta que crujan las cuadernas de la nave. Ahí estábamos y ahí estamos, a la espera de que los condenados (nada de cárcel, solo inhabilitación para cargo público) presenten los consabidos recursos ante el tribunal sentenciador y ante el tribunal de mejor criterio que haga falta.

Eso es lo que toca. Creer en el Estado de Derecho es aferrarse al mantra cosido a las sentencias que no se comparten. Se recurren, pero no se vilipendian como si fueran el resultado de inconfesables propósitos por parte de los jueces que las dictan. Lo peor es darse por aludido sin tener nada que ver.

Pedro Sánchez no aparece para nada en la sentencia. Pero su reacción, o la de su gente en su nombre, da a entender todo lo contrario, con reacciones en clave política sin haber leído una sentencia que no vio "tráfico de influencias" y que no relaciona al presidente del Gobierno como "influyente" en la creación de un cargo para su hermano. Sin embargo, nada de eso ha frenado el absurdo proceso de intenciones que desde el propio Gobierno llegan a denunciar "una operación para derribar a Sánchez ante la incapacidad de lograrlo con votos".


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