La izquierda celebra la violencia

La izquierda celebra la violencia

Madrid, domingo. La última etapa de la Vuelta Ciclista se cancela tras una protesta propalestina alentada desde la izquierda y el propio Gobierno. El balance: 22 policías heridos, dos detenidos, cargas en el centro de la capital y una competición internacional arruinada. La reacción del poder político no fue la condena, sino el aplauso. Pedro Sánchez declaró su “admiración” por los manifestantes. Ione Belarra habló de “orgullo”. Irene Montero lo llamó “una lección de dignidad”. Pilar Alegría afirmó que la Vuelta “habría sido normal” si no hubiera participado el equipo israelí. Y el delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, describió la jornada como “pacífica, potente y empática”.

Ninguno mencionó a los agentes heridos. Ninguno asumió responsabilidad. Nadie lamentó que se cancelara un evento deportivo de primer nivel. Al contrario: lo celebraron. Y lo hicieron como si lo ocurrido no fuera un acto de coacción sino una manifestación ejemplar.

No es nuevo. La izquierda lleva décadas usando el mismo método: primero señala al adversario con etiquetas –“fascista”, “nazi”, “ultraderechista”–, luego lo deslegitima y finalmente justifica la agresión. Una vez convertido en enemigo público, todo vale. Agredir deja de ser delito y pasa a ser justicia.

Eso ha ocurrido con el equipo Israel‑Premier Tech: un grupo de ciclistas profesionales convertido en blanco político por llevar la bandera equivocada. No por lo que hacen, sino por lo que simbolizan. Se acabó la neutralidad en el deporte. Se acabó la presunción de inocencia. Si no encajas en el relato, pasas a ser culpable.

Reyes Maroto, portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Madrid, acusó a Ayuso y Almeida de “no estar a la altura” por condenar la violencia. Dijo que quienes salieron a la calle lo hicieron para “parar el fascismo”. Y ahí está la trampa: basta con calificar al otro como fascista para convertir cualquier atropello en un acto legítimo. Así es como se convierte el odio en virtud.

Y mientras tanto, la Policía, desprotegida. Marlaska habla de “dispositivo suficiente” mientras 22 agentes acaban en el hospital. Sánchez ni los menciona. El delegado del Gobierno les agradece el servicio mientras minimiza la violencia que sufrieron. Nada sorprende ya: este Gobierno hace tiempo que dejó de defender el orden. Solo protege su discurso.

Aquí no se trata de Palestina. Se trata de cómo una causa es utilizada como coartada para imponer una visión única. La protesta se convierte en herramienta de agitación. La división, en estrategia. El adversario, en enemigo. Y el silencio institucional ante la violencia, en complicidad.

A los manifestantes, y a la izquierda que los alienta desde el poder, les convendría dejar por un momento las redes sociales y abrir un libro de historia, leído con rigor y sin consignas. No para reafirmar prejuicios, sino para entender que cada vez que una sociedad ha justificado la violencia contra el que piensa distinto, ha terminado rota. Que convertir al adversario en enemigo y al que piensa distinto en culpable no trae justicia, trae ruina y sangre. Que el odio político no se puede dosificar, y cuando se desata, arrasa con todo. Si de verdad les importa la paz, empiecen por respetar al otro. Y si no pueden hacerlo, al menos tengan la decencia de no disfrazar de dignidad lo que no es más que puro fanatismo.


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