
La cosa se prestaría a la demagogia periodística si no fuese, en sí, una comparación tan evidente. Las vacaciones del presidente, tan justamente criticadas -tiene derecho a ellas, no así ni ahora--, y la situación de los policías enviados como refuerzo a la ciudad, que han de mantener un orden casi imposible en Ceuta, por ejemplo. Leo con asombro que algunos de los agentes están hacinados en literas y que tienen derecho a un inodoro para setenta personas. No he podido certificar el dato en mis llamadas a esa ciudad, desde donde me cuentan pasajes de auténtica angustia, para los ciudadanos y para los migrantes que aún tratan de esconderse del retorno. Y para los policías, claro.
Ya lo siento si es demagogia, pero el único lugar donde la angustia parece no existir es precisamente en La Mareta, donde nada sabemos de su principal inquilino excepto sus charlas telemáticas con algunos ministros, que tanta inspiración producen a nuestros magníficos dibujantes de humor. El regresará moreno de sales y soles, nada que ver con quienes no pueden ducharse todos los días, ni siquiera imaginarlo. Y sigo lamentándolo mucho si usted considera que esto que digo es demagogo. Simplemente, es.
Muy en serio: nos hablan de violaciones diarias a mujeres jóvenes llegadas desde Marruecos, y ya ha habido una alerta judicial en este sentido. Nos hablan de una posible crisis sanitaria, y de algunos militares y al menos un policía contagiados de sarna. Nos hablan de la angustia de una población que está muy lejos de haber normalizado, casi tres semanas después, sus vidas. En Ceuta, y me cuentan que, por extensión, también en Melilla, se ha extendido la inquietud de la provisionalidad sobre el estatus jurídico de ambas ciudades.
¿Cuánto tiempo más se puede seguir aguantando? Porque los ilegales siguen entrando y porque desde los gobiernos (y me refiero a los autonómicos, no solo al central) son incapaces de ofrecer soluciones para garantizar el retorno de todos y/o una distribución de los menores. También la UE está alarmada y nos lanza multitud de señales de aviso. Tras haber mirado durante mucho tiempo hacia otro lado, dicho sea también de paso.
No sé cuánto deterioro más aguanta esta coyuntura, ni cuánto tiempo más soportarán los sufridos policías, guardias civiles y militares un trato que me temo que en alguna ocasión podríamos calificar de denigratorio. Sé que se han escuchado, en algunos 'acuartelamientos', vamos a llamarlos así, cosas muy fuertes dirigidas contra el ministro del Interior, que, inexplicablemente, sigue siéndolo, quizá porque ningún otro quiere, en estos momentos de precariedad gubernamental, casi de provisionalidad, serlo. Y eso, la sensación, insisto, de que ahora todo es provisional, es lo verdaderamente grave del caso.
Supongo que nuestro hombre en La Mareta estará diseñando un plan para el regreso, para cuando cuatro ministros , pero no él, comparezcan en el Congreso para explicar, un mes después, lo que ha ocurrido, lo que en esos momentos siga ocurriendo, en Ceuta, lo que pueda suceder en Melilla y lo que se derive de las endemoniadas relaciones de España con Marruecos (y con los Estados Unidos, que esa es otra cosa, no tan distante de lo que estamos hablando). ¿Está este Gobierno capacitado para garantizar que el estatus de Ceuta y Melilla va a seguir inalterado como ciudades españolas? Personalmente, confío en que sí; pero algunos de mis interlocutores ceutíes, sin ir más lejos, lo dudan.
No quiero, no es mi estilo, ser coprofílico o escatológico, y menos aún incitar a la rebelión de nadie. Pero a uno, cuando le dicen que setenta personas tienen que compartir un inodoro, se le ocurren muchas cosas que los afectados podrían decir a sus superiores jerárquicos. Quizá el día menos pensado se las digan, y entonces qué.
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