A medida que se analiza el auto del procesamiento del ex Presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero la inicial impresión de desconcierto se transforma en indignación. El sentimiento que apareja la sensación de haber sido estafados por quien oficiaba ante la sociedad como guía de decencia y altruismo.
"Los socialistas -dijo en cierta ocasión- somos gente que tenemos poco y damos mucho". Muchos le creyeron hasta el punto de ser elevado a la condición de guía y referente moral de la izquierda pasando por encima de la repugnancia que desprendía sus privilegiadas relaciones con la dictadura chavista de Venezuela y la comunista de China. El crédito venía de atrás. De aquellos tiempos en los que proclamaba desde la tribuna de la ONU que la Tierra no era de nadie porque pertenecía al viento. Era cuando se dejaba llamar Bambi y la alegre muchachada progre de los Goyas cruzaban guiños forzando el gesto de la ceja. Ya era falso en todo pero había conseguido disimularlo mientras se deslizaba por la pendiente de los negocios a través de lo que en el sumario se describe como tráfico de influencias a partir de sus contactos -en España y Venezuela- con la cúspide de los respectivos gobiernos. Una estafa moral.
Blanqueaba la dictadura venezolana ante los ojos de quienes fingían creer que la suya era un tarea mercedaria y altruista volcada en el rescate de los presos hacinados y torturados en el Helicoide de Caracas. Y al tiempo hacía negocios. En Caracas la actual presidenta "encargada" de Venezuela, Delcy Rodríguez, proclamaba su amistad con un Zapatero al que llamaba: "mi príncipe". Para los comisionistas era el "pana". Y en Madrid Pedro Sánchez, aún después de la imputación, seguía defendiéndole con la patética glosa de sus atribuidos servicios a la democracia española. Para que prospere el tráfico de influencias y para que quien lo promueve obtenga beneficios tiene que haber alguien instalado en el poder que facilite las mordidas. La Fiscalía Anticorrupción está siguiendo la pista del dinero. Habrá que esperar a conocer el sumario -el auto es un anticipo- para saber hasta dónde llegaba la trama. Pera ya sabemos que aquél a quien la oposición llamaba "bobo solemne", en realidad era muy listo. Listo para poder disfrazarse de bueno. Ahora sabemos que era un falso bueno en todo.
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