El dilema de Rufián

El dilema de Rufián

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El enviado especial de ERC en Madrid puso en circulación un endiablado dilema: "Si lo que dice el auto de imputación de Zapatero es verdad, es una mierda; y si es mentira, una mierda peor". Lo llamo "El dilema de Rufián". Ha impactado en los estados de "emoción pública". Dicho así porque lo de "opinión pública" queda antiguo, como nos enseña Manolo Cruz en "Resabiados y resentidos" (2025, Galaxia Gutenberg).

El dilema de Rufián es la sinopsis perfecta de una democracia malograda. Un grito contra la inmoralidad en la vida pública que ya busca su nicho ecológico en cualquiera de los tres poderes. Es el fondo de ese latigazo verbal. Con efecto secundario: ha precipitado en el tiempo la desinhibida propuesta de abanderar una sola oferta electoral integradora de los grupos que acampan a la izquierda del PSOE y que afronte la orfandad de los votantes progresistas que no quieren a Sánchez.

Lo dijo públicamente el miércoles pasado, veinticuatro horas después de conocerse la imputación judicial del expresidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero. A saber: "Si yo puedo ayudar a que haya una confluencia para maximizar resultados entre fuerzas soberanistas y españolas, siendo yo cabeza de lista, pues pálante".

No parece casual que Rufián haya dado el paso de ofrecerse a encabezar el españolismo de izquierdas, republicano, plurinacional y antitaurino en pleno estado de aturdimiento político, psicológico y moral de la izquierda instalada en el Poder Ejecutivo. Básicamente PSOE y Sumar, con el apoyo exterior de Bildu y ERC.

Rufián se define a sí mismo como catalán, republicano, independentista y de izquierdas. Pero al tiempo no se corta en reconocer su mayor cercanía a las bases de su partido (ERC) que a la dirección de este (Junqueras y compañía), mientras en el Congreso va de maestro Ciruela, como si hablase para párvulos trazando fronteras entre el bien y el mal, arriba y abajo, listos y tontos, con el látigo siempre a punto contra los "cuñados" situados en el hemisferio derechista, incluidos los catalanistas de Junts.

Estamos ante un independentista dicharachero que comete el inmenso error de creer que su discurso suena igual en Cornellá que en Algeciras. Si acaso, solo en dos de sus componentes. Uno, estructural: que el pesimismo frente al avance de la ultraderecha (en Cataluña y en el resto de España) es una forma de realismo. Y otro, ocasional, aunque también elevado a categoría. Aquí entra su bien construido dilema sobre el culebrón de la semana: si lo de Zapatero es verdad, malo: si es mentira, peor.

Por eso se ha apresurado a capitalizarlo en su campaña de publicista de sí mismo porque "sería negligente no hacerlo". Con remate propio de quien denuncia la miopía hacia lo que está pasando: "Aprecio a Zapatero pero tengo ojos en la cara".


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