Desafección institucional

Desafección institucional

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Recuperamos el hilo de lo que acontece, que no es poco, al principio de la semana. Bolsa en alza y Sánchez en baja. Buenas noticias. A la espera de que, por fin, se abra el estrecho de Ormuz y de que el todavía Presidente del Gobierno asuma que lo suyo no da más de sí.

Hagan sus apuestas. Pero, volviendo a los temas de casa, no echen en saco roto lo que cuelga del caso Zapatero, ya convertido en fuente inagotable de motivos para hacer cola en los aeropuertos. No tanto por lo último de su inesperado salto de los valores sin lucro al lucro sin valores, sino por la acumulación de escándalos que, tacita a tacita, han colmado el umbral de aguante del gobernado frente al gobernante.

Lo último es la cobertura de la Oficina Económica de la Moncloa, regida por un secretario de Estado, Manuel de la Rocha, de unos seminarios on line para la captación de clientes de Análisis Relevante (empresa de Julio Martínez, el "pagador" de Zapatero). Es una enésima entrega sobre la inmoralidad en la vida pública, aunque se inspire doctrinalmente en el llamado "tercer sector" (puentes de colaboración "sin ánimo de lucro" entre los sectores público y privado), que también se trabajaba la esposa del presidente del Gobierno, Begoña Gómez.

Al fondo queda el hartazgo de la ciudadanía. Eso es lo que me parece peor, porque nos remite al fenómeno de la desafección con las clases dirigentes y, en definitiva, al tono agonizante de las instituciones. Aparece como la derivada mayor del caso Zapatero, que viene a ser el "no va más" de la desvergüenza en la España de Sánchez.

Item más: nadie está en condiciones de garantizar que el mal se cura con un simple cambio de marca política al frente del Gobierno. Hasta ese punto ha llegado la desmoralización de la ciudadanía, que venimos arrastrando desde la caída de Felipe González en 1996 por las mismas razones. Justo en ese año se publicó "El malestar de la vida pública" (editorial Grijalbo) de Victoria Camps. Ya entonces la prestigiosa pensadora (de linaje socialista, por cierto) levantó acta sobre el crecimiento de la desafección institucional. Y no hemos ido a mejor.

Treinta años después del libro de Camps, y siete después del salto a la fama de Sánchez, se han multiplicado los síntomas de una democracia malograda por un pecado del "puto amo" (ministro Puente dixit). Le importa más seguir en la Moncloa que afrontar los verdaderos problemas de los ciudadanos: vivienda cara, transportes que no funcionan, listas de espera en los hospitales*etc.

De ahí que el todavía presidente desoiga el manual de usos y costumbres de una democracia: cuando el gobernante se divorcia de la realidad lo único que puede hacer es convocar elecciones para que las urnas vuelvan a repartir cartas ¿O no?


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