Toda derrota tiene un aroma heroico, y toda agonía suscita admiración y piedad. Sin embargo, cuando un político como Pedro I, El Mentiroso, opta por prolongar la derrota en incómodos plazos, e invita al espectáculo de una agonía negada con triunfalismos tan inexistentes como las conjuras inventadas, convierte la despedida en un espectáculo ridículo que sólo puede nacer de un masoquismo refinado o de una soberbia, tan insuperable, que se aleja de la realidad.
La derrota del boxeador sobre la lona tiene el perfume épico de la valentía individual y responsable y, cuando el vencedor abraza al vencido, los aplausos son más fuertes que cuando el árbitro levantó el brazo del victorioso. Pero nadie recuerda que, una vez que se han contado los diez segundos reglamentarios, el noqueado se Levante, niegue la autoridad del árbitro, y se disponga a seguir la pelea, como si acabara de llegar desde el vestuario, y el combate fuera a comenzar.
El espectáculo de esta prolongada y larga agonía no tiene ningún síntoma de sacrificio, de esfuerzo, de generosidad, de legendario, de grandioso, sino la triste voluntad de convertirse en un personaje ridículo, que dispone de coche y residencia oficial, pero que no puede salir a la calle, no tiene futuro, no puede gobernar, salvo decretos que agraden a sus apoyos secesionistas, y que disgustan a la inmensa mayoría de los españoles. Ni siquiera, fuera del Gobierno, como Secretario General del PSOE, puede anular la militancia de quienes ya le hablan de retirada, pocos todavía, pero que Irán aumentando por dos motivos: el primero, noble, es que no son pocos los militantes socialistas que consideran que el PSOE es más importante que Pedro I, El Mentiroso, y que el PSOE existió, y podría seguir existiendo, sin él; segundo, por el egoísmo humano de que cientos y cientos de concejales, diputados y cargos autonómicos, advierten que los sillones donde se sientan, pueden ser ocupados por otros, y que más vale ser de los primeros en La Resistencia que intentar añadirse, cuando los regeneradores le tilden ya de sanchistas.
No impone respeto a nadie; ni a empresarios, ni a la banca, ni a los votantes tradicionales. En EE.UU. llaman pato cojo al presidente del último año, que ya no puede ser reelegido. Aquí, vamos a tener un pato que, cuando abrá la boca y avise de la conspiración, al personal le va a entrar la risa. Pero nadie ha impuesto, a la fuerza, una ridícula agonía.
Madrid Actual no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.