
Las vacaciones presidenciales en La Mareta imprimen carácter y resultan muy significativas. Disfrutar del poder hasta los límites posibles y más allá de lo conveniente. Que no digo yo que el jefe del Gobierno, que sin duda trabaja lo suyo (nunca mejor dicho), para bien y para mal, no tenga derecho a esas vacaciones, como todo el mundo. Pero es obvio que jamás debería haber prolongado maratonianamente -maretonianamente- su descanso aquí, en Canarias, donde todo ocurre a hora diferente, y ahora, en plena invasión de Ceuta y en el apogeo de los incendios, entre otros sucesos lamentables dignos de relieve ocurridos este verano de pesadilla.
Supongo que los españoles habríamos agradecido el gesto, aunque sonase a demagógico, del presidente suspendiendo sus vacaciones y poniéndose físicamente al frente de un equipo interministerial de crisis, visitando algo más Ceuta y dándose una vuelta por el Parlamento, sin olvidar la convocatoria de una rueda de prensa que compense la última que dio, tan autosatisfecha, tan falsa, en el balance de fin de curso y cuando ya el desastre era previsible.
Pero nada de esto ha ocurrido y el 'espíritu maretoniano', que tanto tiene que ver con la ya artificial longitud de la carrera presidencial, se ha impuesto al sentido común. Sánchez ha aparecido distante, telemático, incluso aparentemente sin piernas en alguna fotografía retocada por los servicios monclovitas, lejos de la gente que sufría. Que te abucheen en las calles va en el sueldo de un político, de cualquier figura pública y esto es algo que un mandatario jamás debería olvidar: el contacto con los ciudadanos es consustancial a una democracia, aislarse en tu propia isla, valga la redundancia, es un mal síntoma.
Que tu carrera sea maratoniana y maretoniana, sugiriendo un afán de permanencia en la poltrona, no es, a mi entender, precisamente una virtud , sino una muestra de la peor cara de la política: mantener el poder a toda costa. 'Carrera maretoniana' es un término que debería quedar para definir a quienes, con ese acentuado 'síndrome de Hubris' que les hace sentirse superiores, inmunes e impunes, piensan que esto es Maretolandia, un paraíso para goce propio (bueno, y de los allegados). Lo malo es que la carrera concluye en algún momento y la llegada a la meta, tras la maretón, empieza a ser, más que incierta, casi un mal presagio.
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