A este Gobierno se le puede acusar de muchas cosas, pero desde luego no de que no gobierne. Han cambiado muchas cosas, si miramos hacia atrás (y hacia adelante) sin ira. Y la verdad es que muchas de esas muchas cosas han ido a peor: mire usted el descrédito del Parlamento, de la judicatura, de los organismos de control, de instituciones como el Consejo de Estado. O el de las fuerzas de Seguridad (mírese lo que está ocurriendo, increíble, en la Guardia Civil). O el de la televisión pública. O el CIS, el Cesid, o... hasta los trenes han perdido su legendaria puntualidad. ¿Qué hacer?
Desde luego, no seré yo quien diga que todo lo que hace el Gobierno es malo. Sí digo que algunas cosas buenas se hacen, además, mal, no debatiéndolas ni con la sociedad ni con los otros partidos; véase, por ejemplo, lo de la verja de Gibraltar. Eso, la falta de diálogo y de transparencia, la huida de cualquier consenso, junto con la falta de respeto a la legalidad constituida, incluyendo la Constitución, creo que es el mayor pecado de un Ejecutivo al que la oposición no está sabiendo poner coto, y la sociedad civil, aún menos.
La España que se enfrenta a las elecciones de 2027, suponiendo que podamos seguir calculando en estos términos, sale cambiada; una nación decidida, ay, a no inquietarse por la moralidad (inmoralidad) de las políticas que se practican, ni por el cumplimiento de promesas que jamás se llevarán a término, pongamos por caso, por su actualidad, el encarcelamiento de Puigdemont. La veracidad es virtud muy poco practicada desde las instancias oficiales y lo que era intocable, pongamos la amnistía, hoy es posible y hasta probable.
Hago este recuento porque el aroma que se respira es el del fin de una era, de que algo, que ha durado algo más de ocho años, se está desmoronando sin que sea fácil atisbar un relevo lo suficientemente convincente. Son unos últimos coletazos que se prolongan pese a lo increíble, lo surrealista, de algunos episodios. Y se prolongan porque, en el fondo, el país no va mal: los datos de la macroeconomía, del consumo, del empleo, son sustancialmente buenos, por muchos reparos que queramos, y podamos, poner. Desde el ocio veraniego generalizado hasta el Mundial de futbol son factores que contribuyen a ocultar la gravedad de las declaraciones ante los jueces, digámoslo así para simplificar.
Pero esto, medito hoy tras una larga conversación con quien fue un alto mando de la Guardia Civil, se acaba. Hay que volver a los viejos valores, recuperar algunas vergüenzas y esa certeza de que la desfachatez ni puede quedar impune ni tampoco se puede castigar, según los casos y las personas, con desmesura, que de todo hay. Y mírese, si no, la enorme polémica por la sentencia contra el hermano de Pedro Sánchez, que solo anticipa la que se va a dar cuando por fin acabe la disparatada instrucción sobre el 'caso Begoña Gómez'. Aquí, fieles a Heráclito de Efeso, aceleramos el 'todo fluye', todo cambia, nada es del todo verdad ni del todo mentira, nada permanece. Sobre todo, los valores que por encima de todo habrían de mantenerse. Esos sí que han sido cambiados, digo destruídos.
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