MADRID 5 Jul.
Dicen que Sánchez se va a ir de vacaciones todo el mes de agosto. Buena noticia si, además, lo hacen todos sus ministros. No tomar decisiones equivale a equivocarse menos. Claro que aún queda mucho julio para rematar la faena. En todo caso, lo que le debe preocupar a Sánchez no es dónde ir de vacaciones sino si los jueces también se van a ir o van a seguir trabajando en lo suyo. Porque ahí sí que hay mucho "curro".
Con el Parlamento cerrado -de hecho está clausurado desde hace muchos meses- nada que debatir. Y en eso, Sánchez es un maestro y gana por goleada a todos. En el Parlamento se ha instaurado desde hace tiempo lo que define Schopenhauer en su "Arte de tener razón", que, sin duda, es una de las lecturas preferidas de P.S.: "el interés por la verdad... cede ahora por completo ante el interés de la vanidad. Lo verdadero debe parecer falso y lo falso, verdadero". Esa vanidad congénita, dice el filósofo, "no admite que se resuelva que lo expuesto por nosotros primero sea falso y lo del adversario, cierto" y "los medios para ello son los que a cada uno le brinda su propia astucia y su maldad". En eso, también, Sánchez gana por goleada. Especialmente si es consciente de que la verdad no está de su lado, lo importante es aparentar que la razón es suya. Y que los suyos lo repitan sin parar y muchos ciudadanos se lo crean. Es difícil discutir, por no decir imposible, con el que niega los principios, los cambia a su conveniencia o los ignora cuando le conviene.
Schopenhauer enumera un montón de estratagemas para aparentar que se tiene razón: interpretar y exagerar la afirmación del contrario; refutar algo parecido, pero diferente de lo que ha planteado el otro, de forma que se cambie el objeto de la disputa y no se responda a lo que se ha preguntado; esconder el juego hasta que el adversario se haya desgastado en refutar el engaño; probar con falsas premisas; dar como indiscutible y veraz lo que no está probado y es falso; molestar y exasperar al contrario, debilitándole y haciendo que parezca intolerante y extremista; utilizar el lenguaje para nombrar las cosas como nos interesa que se perciban y no como son de verdad; cantar victoria cuando se ha perdido desde un debate hasta unas elecciones; interrumpir el debate con acusaciones ad hominem; no dejar que sea el adversario quien concluya; convencer al público y no al adversario; cambiar radicalmente el asunto a debate si uno prevé que va a ser derrotado. Tal vez a Schopenhauer le faltó citar una estratagema: mentir sin recato, mentir sin pudor, mentir sin vergüenza.
De lo que no cabe duda es de que Pedro Sánchez maneja como nadie el difícil arte de tener razón, aun cuando no la tenga. O, sobre todo, cuando sabe que no la tiene. Es evidente que si sus contrarios quieren convencer al ciudadano, no sólo a sus votantes e impedir fugas al extremo, además de leer a Schopenhauer, tienen que cambiar su estrategia. Contra Sánchez no funciona el cabreo permanente ni los anuncios apocalípticos, aunque sean reales, ni la división en "banditos". Eso sólo engorda su soberbia, su vanidad y su voluntad de resistencia al precio que sea. Y, además, tiene el CIS a sus órdenes.
Schopenhauer creía en "la maldad connatural al género humano". "Si la naturaleza humana no fuera baja", escribió, "si fuéramos radicalmente íntegros, en cada debate perseguiríamos únicamente la revelación de la verdad, sin reparar en absoluto en si ésta se deduce de la opinión que nosotros expusimos primero o de la del otro". "En plan", que diría mi nieta.
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