Vivimos tiempos en los que hay que recordar hasta lo que es evidente: la Historia no se puede cambiar por decreto. Se puede falsear o tergiversar pero no se puede cancelar. Ni sesgar hurtando el conocimiento del legado de los siglos.
A lo largo de la comparecencia virtual del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, ante las Cortes Generales de España reunidas para la ocasión, planeó el reproche de que Europa estuvo tocando la lira mientras el tirano ruso afilaba las garras.
La publicación de los datos de paro y afiliación a la Seguridad Social siempre provocan controversia. No es algo nuevo de este gobierno intentar vender algo positivo, aunque hayan sido objetivamente peores de lo previsto.
Ni Aznar ni Rajoy ni Fraga. El "padrino" de Alberto Núñez Feijóo es Romay Beccaría, otro gallego ilustre, sabio, sensato y curtido en mil batallas. Con él dio sus primeros pasos en Galicia y en Madrid en el Ministerio de Sanidad y luego en el INSALUD y desde entonces le sigue escuchando.
El Gobierno es especialista en llegar tarde y mal. La gestión de las crisis no es precisamente su fuerte. A pesar de las lamentaciones de Sánchez el martes en el Congreso, de todos los males bíblicos que lleva "soportando", nuevamente han sido incapaces de afrontar, en esta ocasión, los efectos de la invasión rusa de Ucrania.
El Gobierno lleva meses mareando la perdiz. Desde que los precios de la energía se desbocaron y la inflación comenzó a ser altamente preocupante, poco ha hecho para mitigar sus efectos en empresas y hogares.
El mundo se encuentra en una crisis cuyo desenlace nadie sabe. No hay profeta, ni adivino, ni siquiera experto en política internacional, que pueda aventurar, con algún margen de acierto, cómo va a terminar la locura del psicópata de Moscú.
El Gobierno asegura que está dando explicaciones "desde el minuto uno" sobre el cambio copernicano de política en relación con el futuro del Sáhara. Cambio que de facto supone aceptar la soberanía de Marruecos sobre aquél territorio que fue colonia española.
Perdone esta incursión en el terreno de lo personal, pero pronto comprobará que lo exige el guión: me encuentro recluido en casa, afectado por el Covid. No puedo salir a almuerzos y desayunos de trabajo, ni a encuentros informativos, ni hablar directamente con las fuentes (por teléfono siempre es más complicado).
Pedro Sánchez ha estado de gira por Europa. El presidente ha tratado de convencer a sus socios de que la mejor idea para reducir los precios de la energía es desacoplar el precio del gas del de la luz.
No sé pero me parece que Pedro Sánchez aún no ha terminado de asimilar que ser presidente de Gobierno en un país democrático exige ajustarse a unas normas y, por tanto, no puede hacer y deshacer a su antojo.
El cambio de postura de España respecto al conflicto del Sáhara Occidental se ha hecho de repente y sin anestesia. O sea, sin la previa preparación del terreno que, en nombre del realismo político, hubiera dado a la opinión pública española la oportunidad de ir haciéndose a la idea de que no tiene sentido mantener bloqueado el conflicto.
La fórmula monclovita de estimación del número de asistentes a una manifestación, cocina Tezanos, es el resultante, en el caso de las "malas" (campo, caza, derecha etc) de dividir por tres la afluencia real.
Al parecer, se puede apelar a la legalidad internacional en unos casos sí y en otros no.
La posición del Gobierno de España contra la sanguinaria invasión rusa de Ucrania parte de la justa condena de la violación de esa legalidad que otorga seguridad jurídica, establecida por la naciones, a la integridad territorial de los peublos y al derecho a trazar libremente su destino, pero, simultáneamente y con opacidad y alevosía, su posición ante el conflicto del Sáhara, determinada hasta hoy por la mala conciencia de haber traicionado en su día al pueblo saharaui, ha girado de súbito hacia la aceptación de la escandalosa quiebra de la legalidad internacional que supone la ocupación y anexión de su territorio por otro país, Marruecos, ejecutadas precisamente cuando entre España y el Sáhara se había iniciado con todas las bendiciones legales el proceso de descolonización.
El inesperado y secreto cambio de criterio del Gobierno de Pedro Sánchez sobre el Sahara, ahora precisamente, tiene que ver con la imposibilidad de enfrentar una doble crisis migratoria.
Los precios de la energía y de los alimentos siguen subiendo, pero el Gobierno ha decidido que hay que esperar hasta el 29 de marzo para tomar medidas que palien el drama que están viviendo empresas y hogares.
La espectacular subida de los precios de la energía que viene produciéndose desde el pasado mes de abril se está llevando por delante decenas de empresas, arruinando a miles de autónomos y empobreciendo a millones de hogares.
Cuando, hace exactamente dos años, comenzó nuestro confinamiento, ignorábamos que íbamos, en estos veinticuatro meses, a contemplar cosas que jamás en nuestras vidas habíamos visto.
El único desabastecimiento que hay, pese al esfuerzo de una patronal del transporte para que con su huelga inoportuna lo haya de la mayoría de los suministros, es el de dinero en el bolsillo de buena parte de los españoles, esto es, de aquellos que ya llegaban raspados a fin de mes con sus escuálidos salarios, y que hoy, con el brutal aumento de los precios de todo, no llegan ni raspados ni sin raspar.
La política consiste en tomar decisiones a sabiendas de que, al asignar los recursos presupuestarios, la tajada que se llevan algunos dejará en ayunas o descontentos a otros.
La vicepresidenta económica se niega por ahora a revisar sus previsiones para este año con la excusa de que nadie sabe cómo y cuándo va a terminar la guerra emprendida por Putin.
En La Moncloa preocupa que Alberto Núñez Feijóo acabe presidiendo el PP. A Pedro Sánchez le iba mejor con un Pablo Casado como jefe de la oposición disminuido por los líos nternos de su partido y apocado por el avance de Vox.
Bastantes amigos y compañeros han criticado a Borrell por recomendar que bajáramos un poco la calefacción, pero no sólo habrá que hacer eso, sino dentro de tres o cuatro meses bajar las frigorías del aire acondicionado.
Plenos derechos para todas las mujeres cuanto antes. Ninguna discriminación ni en su vida personal ni profesional. Igualdad real. Presencia equilibrada en todos los órdenes de la vida, también en los económicos o en los institucionales.