A la desesperada, tras el triunfo aplastante del PP en las elecciones autonómicas y municipales, Pedro Sánchez ha decidido convocar elecciones legislativas para el próximo 23 de julio. Es un órdago muy del estilo del personaje.
Decía algún digital, este sábado de reflexión, que Pedro Sánchez, a la vista de tanto escándalo y escandalito, con la presidenta madrileña hasta insinuando un pucherazo electoral, estalló con un grito de "¡campaña de mierda!" ante algunos colaboradores.
Estoy algo desanimado, porque la propuesta de trabajar cuatro días a la semana, sin que disminuya la nómina, parece sepultada. Más aún: coincidí el martes pasado con el ejecutivo de una multinacional, que estaba en España sondeando el mercado, y me dijo que sus jefes le habían preguntado si lo de los cuatro días a la semana iba en serio.
España no es racista, pero hay racismo en muchas capas sociales y en muchos españoles, no sólo entre los hinchas de los estadios. España no es una sociedad violenta, pero hay violencia y no solo en los campos de fútbol.
Contra el brote racista de Mestalla se han puesto las pilas todas las partes interpeladas. Policía, fiscales, clubes de fútbol, los organismos federativos, Gobierno, partidos políticos, medios de comunicación y opinión pública en general.
España no es un país racista pero en nuestro país hay muchos ciudadanos que son racistas. Se retratan a través de los gritos xenófobos que jalonan el transcurso de partidos de fútbol entre equipos en cuyas plantillas figura algún jugador de raza negra.
Una cosa es, y absolutamente necesaria por cierto, sustituir cuanto antes los combustibles fósiles por energías renovables, y otra, muy distinta, que el caos y los perjuicios que se están produciendo por la implantación masiva, especulativa y desordenada de éstas se normalicen por considerarlos el necesario peaje de dicha sustitución.
Siempre me han alarmado esos mapas en los que se pinta a España de rojo o de azul, según los territorios que la izquierda o la derecha hayan conquistado en las elecciones. Dos Españas, al menos dos, consolidadas hasta en los grafismos.
Los tontos contemporáneos ya mandan en Hollywood, y la inclusión va a ser la norma. "Los Ángeles Times" publicó, hace tiempo, los requisitos para conceder los Óscar a partir de 2024 y, tras leerlos, me creí que la pareja de Pablo Iglesias y toda la pandilla de la tarta se habían trasladado a Estados Unidos.
En pleno debate sobre decencia y legalidad en el caso de los cuarenta y cuatro ex etarras incluidos en las listas electorales de Bildu, la Fiscalía ha venido a recordarnos la doctrina del Tribunal Supremo sobre la legitimidad de la izquierda abertzale en base al principio universal de que a nadie se le puede estigmatizar por lo que piensa sino por lo que hace.
La verdad es que introducir a ETA en el vértice de una campaña electoral que debería tener el carácter de municipal y autonómica, es decir, local, resulta del todo incomprensible. Entre otras cosas, porque la banda del terror lleva disuelta desde los tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, más de una década ha.
La renuncia de algunos candidatos de Bildu, antiguos miembros de la ETA que fueron condenados por asesinato, cambia de pantalla el escenario, pero no anula el escarnio político que supone su presencia en las listas junto a una treintena más que también fueron miembros de la banda terrorista.
Una tradicional y antigua jota aragonesa, dice "Ni contigo, ni sin ti/ tienen mis males remedios:/ contigo, porque me matas/ y sin ti, porque me muero". Se la deberíamos cantar los casi tres millones de ciudadanos españoles que hemos votado al PSOE, al PP y a Ciudadanos y que --en las situaciones reñidas electoralmente-- hemos sido determinantes para designar al presidente del Gobierno.
El trágala de Arnaldo Otegi a Pedro Sánchez colocando a antiguos miembros de la banda terrorista ETA en las listas de candidatos de Bildu ha trastocado el carácter de los comicios locales del 28M.
No me importa que EH Bildu lleve en sus listas municipales y autonómicas a decenas de asesinos, cómplices o apoyos activos de ETA en los peores años del terrorismo. Me importa que haya cientos de miles de ciudadanos que les voten y que sigan defendiendo a los que mataron y torturaron a inocentes.
Prometer construir miles de viviendas o favorecer mediante avales del ICO la contratación de hipotecas destinadas a la compra de una vivienda, más que dar una solución, lo que hace es señalar una insuficiencia.
Qué inmoralidad política, qué vergüenza que asesinos convictos y confesos conformen listas electorales en el País Vasco. Podrán decir algunos que ya han cumplido su condena, que ya han saldado su deuda con la sociedad, pero nadie podrá convencer a los millones de ciudadanos decentes que la decisión voluntaria y deliberada de Bildu de conformar semejantes listas ha sido un despiste y que si lo han hecho es porque no tenían personas de las que tirar.
Es curioso que el Gobierno alardee, con cierta razón, de que los datos macroeconómicos sean buenos mientras las sensaciones de la mayoría de las personas son malas. La cesta de la compra es cada vez más cara, siguen activas las colas del hambre, la vivienda no es accesible, la precariedad en el empleo -y en los sueldos- es muy elevada y el desempleo, que dobla la media europea, sigue afectando sobre todo a jóvenes, a mujeres y a mayores de 50 años.
Pedro Sánchez ha convertido el Consejo de Ministros en una suerte de prolongación del comité electoral del PSOE. Con el mismo desahogo que en vísperas electorales utiliza el "Falcon" para desplazarse a lugares en los que acaba dando un mitin y anuncia medidas que posteriormente aprueba el Gabinete Ministerial.
Llama la atención la coincidencia en el argumento antisanchista de todos los candidatos del PP a ganar o perder algo el 28-M, sin importar el mayor o menor tamaño del territorio en juego. Es una consigna de Génova.
Algo va mal en la política española. Tan mal como para que los principales dirigentes del país se hayan apuntado a la moda de tratarnos a los ciudadanos como si fuéramos menores de edad.
Hay noticias cuyo significado y efectos están llamadas a promover algo más que una reflexión de alcance político. Sería el caso de una fechada en Bruselas que anuncia que la Comisión Europea obliga a endurecer las penas por malversación.
No sé si el ministro de la Presidencia, señor Bolaños, tenía o no tenía que estar allí, si había sido invitado o no al guateque de Ayuso, o si debía subir o no a la tribuna de autoridades, pero sí sé que la mala educación de la Presidenta del Gobierno regional es insuperable.
Cuesta entender qué es lo que tiene la política para trastornar las cabezas más solidas hasta el punto de hacerles perder el sentido del ridículo. El chusco episodio protagonizado por el ministro de la Presidencia en el transcurso de los actos del 2 de Mayo en Madrid al empecinarse en ser protagonista de un evento al que no había sido invitado es un caso que pasará a la antología del dislate.