Quizás un diccionario puede parecer una obra aburrida. A diferencia de una novela, entre sus páginas no se esconden las hazañas de un hidalgo caballero acompañado de su fiel escudero. Solamente hay palabras que pretenden ser descifradas. Sin embargo, “Hasta que empieza a brillar” (Alfaguara, 2024) nos propone una hipótesis: hay un diccionario que sí puede contar una historia. Concretamente, la de su autora: María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900 – Madrid, 1981).
Se trata, cómo no, del Diccionario de uso del español –también conocido como El Moliner–. Esta mujer dedicó su vida a las palabras y a sus cincuenta años se puso a escribir por su cuenta un diccionario que duplicaría en entradas al de la Real Academia Española en ese momento. Pero ¿qué fue lo que la impulsó a destinar más de quince años de su vida a esta labor? Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) pretende contárnoslo novelando la vida entera de la autora. El escritor argentino estudió Filología Hispánica en Granada y gracias a sus obras ha ganado numerosos premios. Por ejemplo, por El viajero del siglo (2009) obtuvo el Premio Alfaguara y el Premio de la Crítica. También ha escrito poemarios, como Mística abajo (2008) o El Tobogán (2002), por el que ganó el Premio Hiperión de Poesía; o incluso un diccionario satírico: Barbarismos (2014). Además, sus libros han sido traducidos a más de veinte lenguas.
Como el propio Neuman advierte en su “Breve nota” al final de la novela: “Este libro es una obra de ficción basada en vidas reales: investigamos para ganarnos el derecho a inventar”. Y es que no solo cuenta que Moliner tuvo una infancia difícil marcada por la ausencia de su padre o que durante la Segunda República colaboró con las Misiones Pedagógicas y ayudó a crear una red de bibliotecas para hacer accesible la lectura a todo el mundo. También recrea cómo se tuvo que sentir cuando dejó de estudiar por la falta de dinero, cuando perdió a su primera hija o cuando fue destituida de su cargo durante la dictadura franquista y relegada a la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid hasta su jubilación. Y es precisamente esto lo que nos permite conocerla y entenderla mejor.
El estilo de Neuman hace de la novela una especie de conversación entre él y Moliner. Una conversación que utiliza las palabras para hablar de las palabras, que solo podría ser posible entre dos personas que aman profundamente la lengua. Él conoce a la protagonista perfectamente y transmite al lector sus pensamientos, inquietudes y sueños, cuando parece que ni siquiera ella sabe qué le está pasando. Y todo esto lo expresa mediante una prosa casi poética, en la que cada frase parece estar construida con una delicadeza singular.
En cuanto a la estructura, la novela se construye alrededor de un diálogo dividido en cuatro partes: el que podría haber tenido lugar cuando Dámaso Alonso –por aquel entonces director de la Real Academia Española y amigo de María Moliner– le contó que no había sido elegida para ocupar un sillón en la institución. A partir de esta conversación, se intercalan los episodios de la vida de una mujer que tuvo que compaginar su vida personal con su gran pasión.
Moliner nunca entendió por qué el diccionario que había por aquel entonces no era comprensible ni reflejaba los verdaderos usos de la lengua: los de los hablantes, independientemente de su edad o clase social. Así que decidió coger un lápiz e hizo el suyo con sus propias reglas. Porque sabía que la lengua nos pertenece a todos. Además, no perdió la oportunidad de incluir sus experiencias y su forma de percibir el mundo en los ejemplos de algunas de sus definiciones, como pretende hacer ver Neuman con esta novela.
Si hay algo que llama la atención –tanto en la vida real como en la novela–, es la parte final. María Moliner, la misma mujer que construyó su mundo a partir de las palabras fue, durante sus últimos años, despojada de ellas por culpa de una enfermedad neurodegenerativa. El autor logra transmitir con precisión la impotencia que el desmoronamiento de su vida tuvo que suponer para ella. Lo hace de forma progresiva: al principio mediante frases breves, después con frases que se deshacen antes de llegar al final y, finalmente, con palabras inconexas separadas por puntos. Suele decirse que “una imagen vale más que mil palabras”, pero hay ocasiones en las que mil palabras pueden significar mucho más que una imagen. Sobre todo, si se utilizan para contar la historia de María Moliner.