Y el siempre imprescindible Bach nos elevó de nuevo el espíritu

Y el siempre imprescindible Bach nos elevó de nuevo el espíritu

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 10-IV-2025. Ciclo de Conciertos de Impacta-arte. Orquesta Barroca de Friburgo. VOX Luminis. Director: Lionel Meunier. Solistas (arias): Erika Tandinono, Viola Blache, sopranos. Alexander Chance, alto. Richard Resch, Voitěch Semerád, tenores. Sebastian Myrus, bajo. Lionel Meunier, bajo (Jesús). Raphael Höhn, tenor (Evangelista). Lóránt Najbauer, bajo (Pilato). Philippe Froeliger, tenor (siervo). Tabea Mitterbauer, soprano (criada). Vincent De Soomer, bajo (Pedro). J. S. Bach: La Pasión según san Juan BWV 245. 

Sentimos de inmediato el estremecimiento, desde el primer compás del imponente coro inicial de “La Pasión según san Juan” de Bach (“Herr, unser Herrscher”), sobre las palabras “¡Señor, Señor! ¡Tu gloria reina en todos los pueblos!” Asoma el escalofrío desde esos amargos choques de disonancia de los dos oboes y las dos flautas, sobre un acompañamiento doliente de la cuerda y un bajo que parece sugerir el trabajoso andar de un Cristo torturado. Difícil no sentir que se encoje el corazón ante una belleza realmente subyugadora. Música que nos sumerge a un tiempo en la emocionada devoción, la profunda reflexión y la esperanza aún impregnada del dolor y la tristeza por el sufrimiento de la pasión. La narrativa, magistralmente dibujada por Bach en el papel del evangelista, pero también en el de Jesús y los otros protagonistas de la historia, incluida la turba, apropiadamente tormentosa en los coros, se alterna con arias de meditativa emoción y corales que son en sí mismos la mejor de las plegarias. 

Hay, después de ese coro inicial sobrecogedor, multitud de momentos simplemente inolvidables. Destaquemos el aria de alto, con la viola da gamba encogiendo el corazón del oyente sobre las palabras “Todo está consumado” o el penúltimo coral “Descansad en paz, restos sagrados”, que dibuja con belleza sobrecogedora esa mezcla tan difícil de tristeza, resignación y esperanza. Es esta música de Bach testimonio de un genio único, sin duda uno de los mayores de la historia, si no el mayor.

En 1723 tomó Bach posesión del cargo de Thomaskantor, que suponía la dirección musical de cuatro iglesias protestantes en Leipzig: Santo Tomás, San Nicolás, y la Neue Kirche y Peterskirche. La tarea incluía la necesidad de componer e interpretar música para una multitud de ocasiones, desde las liturgias hasta las celebraciones de Semana Santa, en la que nacieron sus “Pasiones”. Sabemos de la existencia de cinco de ellas, pero solo nos han llegado íntegras dos, la “Pasión según san Juan”, escuchada en el concierto objeto de este comentario, y la más conocida y colosal “Pasión según san Mateo”, rescatada del inexplicable olvido por Félix Mendelssohn en 1829, momento que marcó un punto de inflexión en el reconocimiento público del genio bachiano. 

Bach recogió el testigo de su predecesor en el cargo, Johann Kuhnau, que había inaugurado en Leipzig la tradición de componer una “Pasión” (en este caso, sobre el evangelio de San Marcos) en 1721, para la liturgia de la víspera del Viernes Santo. La tradición, no obstante, se remontaba más atrás en la Alemania luterana, y compositores renombrados como Schütz ya habían escrito oratorios sobre la pasión de Cristo, bien que con estéticas y dimensiones diferentes. Lo haría también, de forma coetánea con Bach, Georg Philipp Telemann, pero sus obras quedaron comprensiblemente eclipsadas por la inmensa dimensión de las partituras bachianas.

La historia de la “Pasión según san Juan” de Bach es relativamente accidentada, desde su composición inicial y estreno en el servicio de viernes santo de 1724 hasta el año anterior a la muerte del compositor (1749) en que tuvo lugar la última (quinta) revisión. Bach fue poco a poco volviendo a su intención inicial, y la revisión última de 1749 incluyó algún cambio instrumental curioso (la adición de una parte de contrafagot, por ejemplo, y también la presencia de un contingente más nutrido de lo habitual para el bajo continuo). Aunque es esa la que más se frecuenta hoy en día, lo que Vox Luminis y la Orquesta Barroca de Friburgo ofrecieron en el Auditorio Nacional como inauguración de la gira española fue la versión inicial (Leipzig, 1724). 

El último empeño de estas dos formaciones en Madrid, hace un par de años, se centró en “La Pasión según san Mateo”, con un planteamiento muy democrático, partiendo de una suerte de codirección entre Lionel Meunier (que parece, al menos nominalmente, el líder principal, desde su puesto en la cuerda de bajos del coro Vox Luminis) y el concertino de la orquesta. En aquella ocasión, la cosa funcionó muy bien en cuanto a cuadrar el ajuste, tarea harto compleja con una obra escrita para dos coros y dos orquestas. Pero, más allá de ese ajuste, ese “ir juntos”, es difícil conseguir mayores sutilezas cuando el mando se antoja difuminado entre el primer atril de la orquesta y la cuerda de bajos del coro, y aquella “Pasión según san Mateo” pareció tan impecablemente ejecutada y cantada como demasiado presa de la rigidez que impone la ausencia de un mando único.

La cosa, en cuanto al ajuste, dejó un resultado irreprochable en esta ocasión, con Meunier al frente del conjunto, pero con Petra Müllejans, la concertino de la orquesta, como cómplice imprescindible. El contingente, la escritura, es más sencilla que en la “Pasión según san Mateo”: diecisiete voces y veintiún músicos, casi la mitad que hace un par de años. Sin embargo, quien esto firma sigue echando de menos la riqueza de inflexiones dinámicas, matices, respiraciones, el tipo de giros que diferencian un mando único y con personalidad (no puedo evitar recordar la inolvidable interpretación de Leonhardt en Cuenca, hace ya años, con la misma orquesta de Friburgo). Con todo, los mimbres de ambas formaciones son tan estupendos, y la categoría de sus líderes, Meunier y Müllejans, tan evidente, que el resultado es, en todo caso, extraordinario. 

Compareció Vox Luminis con diecisiete voces, 5 en la cuerda de sopranos y 4 por grupo en las restantes (altos, tenores, y bajos). La razón del ligero desequilibrio quedó patente bien pronto. El volumen de las cinco sopranos apenas equilibraba con el de las demás cuerdas. Quien esto firma, de hecho, hubiera entendido incluso la inclusión de una soprano más. Buena la singular dirección de Meunier, parca en el gesto (que se adivina de difícil percepción por los miembros más distantes del conjunto) bien dibujados y respirados los corales e impecablemente construidos los fugados de la turba. Coro de categoría excepcional, del que proceden todos los solistas. ¡Y vaya solistas! Escuchados a solo, se explica uno perfectamente que el coro sea una maravilla. Estupendo el suizo Raphael Höhn como evangelista. La voz, de bonito timbre e impecable proyección, no es grande, pero tiene presencia sobrada incluso cuando se le sitúa, como esta vez, más bien atrás en el escenario. Y con ese instrumento sirvió un Evangelista ejemplar, muy logrado en números comprometidos como las negaciones de Pedro o el nº 18b, tras la decisión de Pilato de liberar a Barrabás. 

Excepcional, y receptor de las más grandes ovaciones, el contratenor Alexander Chance, que si brilló en su aria inicial “Sólo me salvaré”, nos puso el corazón en un puño con esa página sublime que es “Todo está consumado”, con un estupendo acompañamiento de Juan Manuel Quintana en la viola da gamba. Sensacional. 

Voces no grandes, pero de bello timbre, las de las sopranos Blache y Tandiono. La segunda lució en la última aria de la obra “En honor del Altísimo, anégate, corazón mío”, pese a que el “tempo”, llevando al extremo la indicación “molto adagio”, la obligó al máximo control del “fiato” para sostener, al límite, las notas de valores largos. Sobresalientes también Resch, Semerád y Myrus (éste, especialmente destacado en un magnífico “Apresuraos, almas acongojadas”). Se pidieron disculpas anticipadas por “un problema mecánico” que obligaba a sustituir las dos violas d’amore por violines (aunque no se dijo, ejecutando sus partes con sordina) en el arioso “Contempla alma mía” y el aria siguiente “Mira cómo su espalda ensangrentada”. Más allá de lo relativamente extraño de la explicación (lo del problema mecánico suena raro), lo cierto es que la partitura permite tal reemplazo, por lo que incluso la disculpa pudo haberse obviado.

Qué decir de la orquesta, que con pocas dudas es una de las mejores formaciones historicistas del planeta. Impecable en todas sus familias, desde la perfectamente ensamblada cuerda hasta las parejas de oboes, flautas y fagots, pasando por un equipo modélico en el continuo. La conclusión: sí, con estos mimbres maravillosos quizá un mando “único” de alguno de los grandes maestros historicistas (añorados Harnoncourt y Leonhardt, aún entre nosotros Herreweghe, Gardiner, Pichon, Lutz) hubiera llegado aún más lejos en la profundidad, en conseguir incluso más emoción. Pero lo escuchado fue, en todo caso, magnífico. Y cuando se trata de Bach, con ello hablamos de un acto de elevación del espíritu. 

@estaciondecul