
Un proyecto de la Mancomunidad del Embalse del Atazar recupera las historias de las mujeres que crecieron cuidando rebaños en la Sierra.
La Mancomunidad del Embalse del Atazar ha puesto en marcha El legado de las pastoras, un documental que recoge los testimonios de mujeres de la Sierra Norte de Madrid que pasaron su infancia y juventud al frente de los rebaños. El proyecto, liderado por María Julián Prados, reúne una docena de voces que hablan de trabajo duro, escuela negada y lazos de solidaridad que, pese a todo, dejaron hueco para los juegos, las canciones y los bailes del domingo.
Este jueves se celebra el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una fecha para reconocer el papel esencial de las mujeres en la vida de los pueblos y reclamar igualdad de oportunidades en el medio rural. La recuperación de estas historias encaja de lleno en ese propósito: visibilizar identidades que la comarca había dejado en el olvido.
Entre las protagonistas del documental figuran Alfonsa Valle y Felisa García, de Cervera de Buitrago; Anastasia Sanz, Aquilina Gómez, Dionisia Isabel del Moral y María García, de El Berrueco; Isabel Martín y Cecilia García, de El Atazar; Juana Ramírez, de Cinco Villas; Juana García, de Paredes de Buitrago; Eugenia García, de Serrada de la Fuente, y Teófila Suárez Martín, que comenzó a pastorear en Robledillo de la Jara.
La mayoría de estas mujeres quiso ir a la escuela y apenas pudo. Algunas llegaban al aula a las diez de la mañana porque antes tenían que salir con el ganado. Otras recuerdan que la maestra les proponía pasar por la noche a recoger muestras de escritura y números para practicarlos al día siguiente en el campo.
El reparto de expectativas era claro y desigual: ellos tenían que aprender a escribir para enviar cartas cuando les tocara la mili; a ellas les decían que para coser o remendar no hacía falta estudiar. Algunas empezaron a cuidar ganado con cinco o seis años, enfrentándose solas al miedo de quedarse al frente del rebaño sin saber qué hacer.
Entre los sueños que nunca se cumplieron hay deseos muy concretos: aprender a cortar un vestido o una blusa para ser modista, sacarse el carné de conducir o marcharse a Madrid, como habían hecho compañeras que volvían al pueblo con otra vida.
Mientras vigilaban las ovejas, se enseñaban unas a otras lo que cada una sabía. Lavaban e hilaban la lana para tejer jerseys y medias con los que combatir el frío, trabajo que continuaban por la noche bajo la luz del candil. Aprendían a coser, bordar y hacer punto; si alguna no dominaba el talón de un calcetín, otra se sentaba a explicárselo.
En ciertas zonas de la Sierra usaban el zagalejo para protegerse de la lluvia y el frío, junto con mantas y albarcas. Conocían cada fuente, cada camino y cada planta del entorno, y se fabricaban las propias medias con la lana de sus ovejas. Cuando llovía, buscaban refugio tras paredes de piedra; para beber en algunas fuentes, colocaban un pañuelo que filtraba el agua.
Sin reloj, las pastoras calculaban la hora por la posición del sol o por el paso del coche de línea que bajaba hacia Madrid. Al caer la tarde, la aparición del lucero borreguero les indicaba que era momento de volver. Sabían dónde había agua, qué plantas crecían en cada ladera y por qué piedras podían cruzar un arroyo sin mojarse.
En verano dormían junto a los animales, sobre costales rellenos de paja o encima de tomillos, tapadas con mantas. Había que vigilar sin descanso: si sonaba el cencerro y las ovejas empezaban a moverse, tocaba levantarse. Una de ellas recuerda que en esas noches se llevaba pan mojado en leche de cabra recién ordeñada para comer a la barriga.
Pese a las penurias, los relatos de estas mujeres guardan también tres en raya dibujados en la tierra, canciones improvisadas y bailes entre compañeras. María Julián Prados subraya en el documental el peso que tuvo esa compañía en sus vidas: "Las mujeres han encontrado en la ayuda mutua y en el cuidado común un pilar fundamental para la supervivencia".
Aquellas niñas pastoras que soñaban con ir a la escuela visitan ahora los colegios integradas en el programa Redes de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid, donde comprueban que sus experiencias despiertan la curiosidad de los más jóvenes. Los niños preguntan, se prueban las albarcas y quieren aprender a hilar. "A mí eso me da vida", cuenta emocionada una de las pastoras.
La iniciativa ha atraído también el interés de nuevas ganaderas. Clara Benito, del proyecto Entrelobas, quiere saber cómo organizaban el pastoreo las mayores o cuántas cabezas de ganado podían mantener. "Todo mi afán es copiar lo que ellas hacían", señala. Ana Ruiz, de Granja Prados Montes, destaca la dureza del trabajo que asumieron siendo niñas y el escaso reconocimiento que recibieron a cambio. "Ellas tienen toda la sabiduría. No quiere decir que no estuvieran antes, es que ahora se nos ve".
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que es importante rescatar y dar visibilidad a las historias de mujeres como estas pastoras de la Sierra Norte de Madrid?
¿Qué te parece que estas mujeres, que no pudieron ir a la escuela, ahora enseñen su experiencia en los colegios a las nuevas generaciones?
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