Los puestos de flores alrededor del cementerio de la Almudena ultiman preparativos mientras los comerciantes advierten que la tradición de llevar flores a los difuntos pierde fuerza con el paso de los años.

Los floristas de la Almudena ultiman preparativos y advierten de que la tradición pierde fuerza
Los puestos de flores que rodean el cementerio de La Almudena llevan días en plena actividad. Desde hace una semana, los trabajadores cortan tallos y preparan ramos y centros florales para el 1 de noviembre. Algunos clientes se acercan a los establecimientos para elegir en persona, mientras que otros hacen sus encargos por teléfono y pasan a recogerlos antes de dirigirse a las tumbas, panteones o nichos de sus difuntos.
El volumen de trabajo obliga a reforzar las plantillas. Fran Sánchez, que regenta una floristería a pocos minutos de la entrada principal, pasa estos días de tres a cinco trabajadores, todos familiares. La cantidad de mercancía que recibe hace necesario ampliar el espacio: instala dos carpas junto al puesto, cuyo uso supone un pago de 80 euros al Ayuntamiento, además de los 1.400 euros anuales que abona por la concesión del quiosco.
La llegada de las flores también exige vigilancia nocturna. Al caer la noche, las linternas rompen la oscuridad de los puestos de la avenida de las Trece Rosas y dejan ver la presencia de trabajadores o vigilantes que custodian las flores. Este año las flores llegaron el día 23 y, desde entonces, alguien se queda a dormir cada noche para cuidar las carpas.
Sánchez lleva 26 años al frente del negocio. En diciembre le renovaron la concesión del puesto por otros 15 años. Aun así, reclama suministro eléctrico estable: «Gracias a las placas solares tenemos luz eléctrica, pero hay veces que falla. El Ayuntamiento nos podría dar corriente», señala.
Aunque las ventas llegan a triplicarse en estas fechas, Sánchez reconoce que la demanda para Todos los Santos ha bajado «mucho». «La gente que venía al cementerio era la gente mayor y, por desgracia a la gente joven no le gusta mucho. Sin duda, no es como antes porque ahora mucha gente se incinera», explica.
El comerciante recuerda que antes el 1 de noviembre era el día de mayor venta del año. Ahora el negocio ha tenido que abrirse a otros encargos: ramos de cumpleaños, aniversarios, cualquier ocasión. «Hay que reinventarse», resume mientras observa a sus trabajadores elaborar los pedidos.
También ha cambiado la forma de comprar. «Ahora la gente quiere algo que se lo lleve y lo deposite. Antes la tradición era venir al cementerio con las abuelas que se tiraban tres horas cortando flores que ocupaban los jarrones de las tumbas», recuerda.
Unos metros más hacia la puerta principal, las hermanas Gómez atienden uno de los puestos más antiguos de la zona. Las cuatro hermanas son la tercera generación de una familia que abrió el negocio en 1928 y que también refuerza su plantilla durante estos días con la ayuda de otros familiares.
Margarita Gómez, una de las propietarias, coincide en que la tradición de llevar flores al cementerio está perdiendo fuerza. A su juicio, cada vez más personas aprovechan el puente para viajar en lugar de acudir a recordar a sus difuntos. El resultado es directo: menos clientes, menos flores encargadas.
Recuerda también que hace años proliferaban los puestos y quioscos temporales para la festividad. Ahora quedan principalmente los negocios que trabajan todo el año y que para estas fechas instalan alguna carpa junto al puesto. Además del quiosco, las hermanas Gómez cuentan con dos cámaras frigoríficas y una nave para guardar la mercancía.
Entre el sonido de las tijeras, los pedidos de ramos y las manos de las floristas componiendo centros de distintos colores, el puesto se transforma por completo. Las mesas se extienden junto al establecimiento y al menos cinco trabajadoras atienden a más de diez personas que se agolpan en cuestión de minutos para comprar flores.
Gómez reconoce que la preparación de la campaña supone «un sacrificio muy gordo», tanto por el esfuerzo físico como por la inversión económica. «Si hace mal tiempo nos comemos las flores», lamenta, recordando lo que ya les ocurrió durante la pandemia.
Pese a ello, subraya que una de las cosas «más bonitas» de estas fechas es «llegar al cementerio y encontrarlo lleno de personas y de flores que engalanan el camposanto».
Pese al esfuerzo y a la incertidumbre que arrastra cada campaña, los puestos vuelven a llenarse de flores y de personas que mantienen la costumbre de acudir al cementerio a recordar a sus seres queridos. Los hábitos cambian, la tradición pierde fuerza, pero hay gestos que se mantienen. Cada 1 de noviembre, las flores vuelven a ocupar su lugar en las lápidas, nichos y panteones de cementerios como el de la Almudena para recordar, un año más, a los que ya no están.
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que debería impulsarse la tradición de llevar flores al cementerio o consideras que es natural que evolucionen las costumbres con el tiempo?
¿Has notado también en tu entorno que la gente joven participa menos en esta tradición que las generaciones anteriores?
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