Hay óperas que nunca pasan de moda. No importa cuántas veces regresen al escenario: cuando la música, las voces y el drama encuentran el equilibrio adecuado, vuelven a estremecer como si fuera la primera vez. Eso es precisamente lo que ocurrió ayer, en la función del 5 de julio, correspondiente al primer reparto de "Il trovatore" en el Teatro Real. La célebre partitura de Giuseppe Verdi regresó al coliseo madrileño en la misma producción firmada por Francisco Negrín, estrenada allí en 2019, y lo hizo confirmando que sigue siendo uno de los grandes títulos imprescindibles del repertorio operístico.
Integrante de la conocida trilogía popular verdiana, junto a "Rigoletto" y "La traviata", "Il trovatore" ocupa un lugar privilegiado en la historia de la ópera por la intensidad de su escritura vocal y por un argumento que desafía toda lógica para entregarse por completo a la pasión. Con libreto de Salvadore Cammarano, basado en "El trovador" (1836), de Antonio García Gutiérrez, la obra fue estrenada en el Teatro Apollo de Roma en 1853. Su acción, situada entre Vizcaya y Aragón, mezcla venganzas familiares, amores imposibles y secretos ocultos durante años hasta desembocar en uno de los finales más devastadores escritos por Verdi.
El argumento es tan enrevesado como fascinante. Dos hombres enfrentados sin saber que son hermanos —el trovador Manrico y el conde de Luna— rivalizan tanto en la guerra como por el amor de Leonora. En el centro de todo aparece Azucena, la gitana marcada por el recuerdo de la ejecución de su madre, acusada de brujería y quemada en la hoguera. Obsesionada con vengarse, cometió décadas atrás un error irreversible que condicionará el destino de todos los personajes. Es una historia de violencia, culpa, amor y fatalidad, pero, sobre todo, es una sucesión casi ininterrumpida de páginas musicales extraordinarias. Verdi parece incapaz de conceder un respiro al espectador.
El regreso de "Il trovatore" constituye, además, una auténtica apuesta del Teatro Real: diecisiete representaciones —la última el 20 de julio— y cuatro repartos de primer nivel para afrontar uno de los títulos más exigentes del repertorio. La única nota discordante llegó con la baja de última hora de Anna Netrebko, que renunció a participar alegando fatiga y las condiciones climáticas. En cualquier caso, su sustitución por la prestigiosa Eleonora Buratto asegura que el nivel vocal de la producción se mantenga a la altura de las expectativas.
El director de escena Francisco Negrín apuesta nuevamente por una lectura de estética minimalista con fuertes ecos brutalistas. El escenario se convierte en una gran arquitectura de hormigón gris, de líneas limpias y enormes volúmenes geométricos que recuerdan tanto a una fortaleza como a un mausoleo. Los espacios se abren y se dividen mediante plataformas y grandes estructuras horizontales y verticales que crean diferentes niveles de acción sin necesidad de cambiar el decorado.
La sobriedad visual permite que el drama recaiga sobre los personajes y, sobre todo, sobre la iluminación de Bruno Poet, sencillamente magnífica. Sus contrastes entre la penumbra, los blancos casi quirúrgicos y los estallidos de luz cálida consiguen dotar de profundidad emocional a cada escena. Especialmente impactantes resultan los momentos dominados por el fuego, cuya presencia física se convierte prácticamente en un personaje más de la representación.
Ese fuego permanente remite constantemente al trauma fundacional de Azucena y acompaña al espectador durante toda la función. Es un recurso visual muy eficaz, igual que la presencia casi fantasmal de la supuesta bruja observando desde las alturas. Esa figura suspendida sobre la acción añade una dimensión inquietante, como si el pasado vigilara continuamente a unos personajes incapaces de escapar de su destino.
Las escenas corales adquieren además una fuerza casi escultórica. El coro, distribuido con precisión milimétrica en distintos planos del escenario, forma auténticos frescos humanos de enorme potencia visual —casi recuerda a las "Pinturas Negras" de Goya—, mientras que los espacios vacíos refuerzan la sensación de aislamiento de los protagonistas.
Pero si esta reposición alcanza un nivel excepcional es gracias a un elenco formado por artistas veteranos, de enorme experiencia y absoluto dominio del repertorio verdiano.
La gran triunfadora de la noche fue, probablemente, la soprano Marina Rebeka como Leonora. Desde su primera intervención mostró un instrumento sólido, luminoso y perfectamente controlado. Supo combinar lirismo y dramatismo con una elegancia admirable. Su gran momento llegó con "D'amor sull'ali rosee", seguido del desgarrador "Tu vedrai che amore in terra", cuando decide salvar a Manrico entregándose al conde de Luna después de haberse envenenado. La ovación fue una de las más largas de la noche y plenamente merecida.
Frente a ella apareció un Piotr Beczala que volvió a demostrar por qué continúa siendo uno de los grandes tenores de nuestro tiempo. Es cierto que algunos críticos consideran que su voz ya no posee el brillo y la facilidad de hace unos años. Quizá haya parte de verdad en ello. Sin embargo, sigue conservando algo mucho más difícil de encontrar: la capacidad de emocionar profundamente. Su "Ah! sì, ben mio" estuvo lleno de sensibilidad y su célebre "Di quella pira", lejos de buscar el mero lucimiento, fue un estallido dramático perfectamente integrado en la acción. Además, la química escénica con Marina Rebeka resultó evidente durante toda la representación, especialmente en sus dúos, cargados de verdad y emoción.
El barítono Artur Ruciński, en el papel del conde de Luna, ofreció probablemente una de las interpretaciones más completas de la función. Posee una voz poderosa, homogénea y elegante, además de una presencia escénica imponente. Su interpretación de "Il balen del suo sorriso" fue sencillamente magnífica: noble, intensa y cantada con exquisito control del fraseo. Cada aparición suya transmitía autoridad sin caer nunca en el exceso.
La Azucena de Ksenia Dudnikova fue igualmente uno de los grandes pilares del reparto. El personaje exige graves sólidos, enorme intensidad dramática y una continua tensión emocional, requisitos que la mezzosoprano resolvió con solvencia. Especialmente conmovedora resultó en "Condotta ell'era in ceppi" y en los recuerdos de la ejecución de su madre, donde consiguió transmitir toda la culpa y el dolor acumulados durante años.
Quizá el único que quedó ligeramente por debajo del altísimo nivel general fue el bajo Krzysztof Bączyk como Ferrando. Correcto musicalmente, pero sin el peso vocal ni la autoridad dramática que exige un personaje encargado de poner en marcha toda la historia desde la escena inicial.

Si las voces brillaron, gran parte del mérito corresponde también a la dirección musical de Nicola Luisotti, uno de los grandes especialistas actuales en Verdi. Su lectura encontró el equilibrio ideal entre impulso teatral y refinamiento orquestal. Nunca cubrió a los cantantes, pero tampoco renunció a sacar todo el partido a una partitura llena de contrastes dinámicos y riqueza instrumental. La Orquesta Titular del Teatro Real respondió con enorme calidad, especialmente en las cuerdas y los metales, logrando un sonido compacto y siempre atento a las necesidades del escenario.
Y merece una mención muy especial el Coro Titular del Teatro Real, cuya participación en "Il trovatore" resulta absolutamente esencial. No se limita a acompañar la acción: representa soldados, monjas, gitanos y pueblo, convirtiéndose en un protagonista colectivo que sostiene buena parte de la arquitectura dramática de la obra. Su célebre "Vedi! Le fosche notturne spoglie", el famoso coro de los gitanos, sonó con fuerza, precisión y extraordinaria energía, mientras que las escenas conventuales mostraron un empaste vocal admirable.
No siempre coinciden una producción escénica inteligente, una dirección musical inspirada y un reparto capaz de defender con semejante excelencia una de las óperas más exigentes de Verdi. Cuando sucede, el resultado trasciende la mera representación y se convierte en una experiencia artística difícil de olvidar. Uno abandona el teatro con la sensación de haber asistido a una de esas veladas en las que escena, música, voces y emoción confluyen con una armonía casi plena.
Y cuando ocurre, solo queda rendirse ante la grandeza de Verdi. Porque muy pocas obras poseen la capacidad de atravesar siglo y medio de historia y seguir estremeciendo con la misma fuerza, de hacer que el tiempo se detenga durante tres horas y de recordar que la ópera, cuando alcanza esta altura, deja de ser un espectáculo para convertirse en una emoción compartida. Esa es la huella de los clásicos. Y esa es, precisamente, la huella que deja este "Il trovatore". Solo la música es capaz de dar forma a aquello que las palabras apenas intuyen.
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