El comienzo del fin del Primer Imperio búlgaro, dicen los historiadores, aconteció en la batalla de Clidio (1014) cuando las tropas bizantinas del emperador Basilio II –conocido después, con cruel exactitud, como el “matabúlgaros”– derrotaron al ejército del zar Samuel. La batalla dejó uno de los más dantescos episodios de todo el medievo: 15.000 soldados búlgaros fueron hechos prisioneros y más tarde cegados por orden de Basilio II. El contingente de invidentes regresó dramáticamente a sus casas (por cada 100 ciegos los captores dejaron un tuerto que sirviera de lazarillo). La visión de esa masa humana dando tumbos impactó tanto al zar Samuel que, según recogen las crónicas, murió de la impresión.
Ese suceso es el que sirve a David Toscana (Monterrey, 1961) como planteamiento en “El ejército ciego” (Alfaguara, 2026), su última obra, galardonada con el premio Alfaguara de novela. El escritor imagina los mil y un problemas que debieron afrontar aquellos soldados y, por medio de capítulos breves, conforma un mosaico de escenas casi impresionistas, desordenadamente organizadas, sobre la aventura de esos ciegos, sobre los problemas más básicos: desde la organización propiamente dicha de la extracción de los ojos (porque para él fue una operación de extirpación ocular) hasta el aprendizaje a caminar de nuevo. El lector conoce a varios de esos soldados, asiste a la llegada a sus casas y es testigo de cómo fueron recibidos y de cómo fue el retorno a sus oficios y, en fin, a su antigua vida.
A diferencia de episodios como el de santa Úrsula y las 11.000 vírgenes (11 mártires vírgenes, por errores en la traducción, pasaron a ser 11.000), el ejército de invidentes, en sus abrumadoras dimensiones, parece que se ajusta a la realidad histórica. La obra de Toscana incluye historias inverosímiles, comportamientos poco probables y hasta inventa batallas que no solo nunca sucedieron, sino que, en la forma en que se cuentan, no pudieron darse. Sin embargo, el detonante de la novela, que se sabe real, es tan impactante –15000 ciegos caminando– que el lector no se atreve a quitar su estatus de posibilidad al resto de episodios de la novela. En ese sentido nunca ha sido tan realista el realismo mágico.
Durante la presentación del libro en la embajada búlgara en Madrid, Toscana recordó cómo alguien había dicho que ese suceso solo podía contarse con la forma de una tragedia, de una tragedia griega. Lo notable es que el escritor mexicano ofrece un enfoque radicalmente distinto: él consigue dotar a la obra de un equilibrio que es muestra de su maestría como narrador. Por un lado, los personajes apenas muestran sentimientos, tienen, más bien, un sentido práctico de la vida que les lleva a acomodarse y a seguir adelante. Por otro, la novela no rehúye los problemas que, de facto, provoca la falta de visión y los expone sin disimulo. Y tampoco deja de lado el inmenso poder simbólico de un ejército ciego que es, de alguna manera, imagen de toda la humanidad, que en su ceguera se muestra más lúcido que cuando tenía sus ojos alumbrando. Finalmente, el texto no se podría leer con tanto gusto sin las dosis de humor: un humor que a veces es macabro, pero que otras veces se destila en ironía, en pura comicidad. Este cóctel con las proporciones justas de sentimentalismo reprimido, de humor contenido, de retrato de problemas reales, consigue una obra que no solo hace soportable la tragedia de los búlgaros, sino que la termina convirtiendo en un retrato casi piadoso de nuestra condición humana.
Porque he ahí una de las claves: la piedad. La comicidad, la inventiva de las páginas, los sucesos que se narran, están escritos desde una mirada de misericordia hacia cada uno de sus personajes. Toscana los comprende, los ama en su singularidad, con sus locuras, con sus salidas de pata de banco, los quiere a pesar de sus defectos, a pesar de no tener ojos. En esta novela nadie se toma a sí mismo demasiado en serio porque, precisamente, la tragedia ya se ha encargado de poner todas las cosas en su sitio. Quizá por eso “El ejército ciego” termina siendo mucho más que una recreación de un episodio medieval: es una meditación sobre la capacidad humana para seguir adelante cuando todo parece perdido. Y ahí reside la grandeza de Toscana: en haber encontrado, en medio de la barbarie, un inesperado lugar para la compasión, el humor y la esperanza.
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