“Edward Weston. La materia de las formas”: aprender a mirar a través de la cámara

“Edward Weston. La materia de las formas”: aprender a mirar a través de la cámara

Entrar en la exposición “Edward Weston. La materia de las formas” en la Sala Recoletos de la Fundación MAPFRE es atravesar un umbral hacia un tipo de mirada que cambió la historia de la fotografía. La obra del estadounidense Edward Weston (1886, Illinois – 1958, California) depuró y expandió, al mismo tiempo, los límites de la fotografía: la reivindicó como arte en sí mismo, mostrando que la objetividad de la cámara podía entrelazarse con una profunda intuición formal, casi mística, que revelaba el pulso interno de las cosas. Ese doble movimiento —hacia la claridad técnica y hacia la intensidad poética— es el que estructura esta amplia exposición comisariada por Sérgio Mah, y que puede visitarse hasta el 18 de enero de 2026.

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Con un recorrido de cinco décadas de trabajo, la muestra se despliega en cinco salas que reconstruyen las transformaciones estéticas y temáticas del fotógrafo. El visitante se encuentra primero con los inicios impresionistas del fotógrafo y su decisiva estancia en México; después, los desnudos; ya en la planta subterránea, los bodegones; a continuación, los paisajes —especialmente los mares y dunas californianos—; y finalmente lo que se podría denominar “tejidos naturales”, donde se incluyen las fotografías de quelpos, troncos y otros elementos orgánicos que ocupan el último tramo de su carrera. Cada sala funciona como un capítulo autónomo de una misma novela visual: la historia de la configuración de la fotografía como arte independiente a través de la cámara de Weston.

La primera sala desempeña la misión de un prólogo al resto de la exposición. A pesar de la evolución notable en su obra, hay una constante en su producción: la reflexión sobre el arte fotográfico, sus posibilidades y su lugar con respecto a otros medios. En este marco es importante hablar del pictorialismo, un movimiento que aparece como respuesta crítica a la fotografía popular, vista como una práctica vulgar que proliferó tras la llegada de las cámaras Kodak y de su sistema industrial de revelado, accesible a cualquiera sin necesidad de conocimientos técnicos —no en vano, la campaña publicitaria de 1888 proclamaba: “Usted apriete el botón, nosotros hacemos el resto”—. Al mismo tiempo, se posiciona frente a la fotografía academicista, que buscaba legitimarse imitando los códigos de la pintura. Frente a ambas tendencias, el pictorialismo defiende los valores propios del medio fotográfico, reivindicando que la fotografía posee una técnica y unas posibilidades expresivas propias y que no necesita reproducir los modelos pictóricos para alcanzar una dimensión artística.

Por otra parte, esta sala también funciona como contraste, ya que en ella se encuentra algo muy distinto de lo que se viene a la mente cuando se piensa “Weston”. Antes del rigor extremo que lo caracterizaría, el fotógrafo concibió imágenes de luz suave y contornos difusos, y retratos escenificados donde la influencia de la pintura es evidente. Son fotografías que buscan la atmósfera más que la forma, el estado de ánimo más que la precisión. No hay todavía en ellas ese deseo radical de eliminación de lo accesorio que caracterizaría su obra madura. 

Sin embargo, ya entonces se adivina una inquietud: la necesidad de que el acto fotográfico sea un acto de visión. Weston lo expresaría con claridad años después en sus diarios: “La fotografía no es ver en el sentido en que ven los ojos; es aislar una única condición del momento”. Ese impulso selectivo, esa voluntad de distinguir, empieza a despuntar en la serie de retratos tempranos, sobre todo en aquellos donde las sombras dibujan geometrías accidentales sobre los cuerpos. Pero es México el verdadero punto de inflexión. Entre 1923 y 1926, Weston vive dos periodos en Ciudad de México rodeado de artistas e intelectuales. Allí experimenta una transformación estética que la sala narra con nitidez: el abandono definitivo del impresionismo y la irrupción de un estilo de una claridad cortante, entendido como encuentro directo con las formas.

La célebre fotografía del excusado, que él mismo describió como una “respuesta estética absoluta a la forma”, es la perfecta síntesis de esta revelación. A pesar de lo que nos pueda recordar a Duchamp, Weston, lejos de buscar una provocación o burla, comprende que cualquier objeto, por cotidiano o humilde que sea, puede tener un valor artístico con la mirada correcta. 

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La segunda sala, dedicada a los desnudos, es una de las más armónicas del recorrido. Aquí Weston deja de mirar el cuerpo humano como un sujeto —o como un portador de emociones— para contemplarlo como pura belleza formal. Tal como se explica en los textos de sala, aunque ciertas imágenes poseen un evidente erotismo, reducirlas a lo sensual sería un error: Weston aborda el cuerpo desde la geometría, desde el juego de líneas y volúmenes que se tensan, se curvan o se pliegan.

Los desnudos de Charis Wilson, realizados en los años treinta, marcan un punto culminante: curvas casi escultóricas, una luz que modula con precisión quirúrgica y una sensación de suspensión temporal. Según él mismo comentó, Weston trabajaba con exposiciones largas —entre veinte segundos y dos minutos—, lo que añadía un componente de tensión física y de azar a cada imagen. Esa fragilidad temporal, sin embargo, se traduce en fotografías de una estabilidad monumental.

Bajando a la planta –1, se encuentra la tercera sala, donde destacan los bodegones. En este punto, Weston desvía su mirada de la forma humana y la dirige hacia pimientos, hojas de col, alcachofas partidas por la mitad o conchas. Es aquí, donde Weston se convierte en uno de los grandes renovadores de la fotografía del siglo XX. El visitante se enfrenta a imágenes que convierten objetos comunes en entidades casi metafísicas, lo orgánico en lo eterno. La famosa fotografía “Pimiento nº 30” aparece como la obra nodal de esta sección. Sobre esta, Weston dice: “Alguna vez he utilizado la expresión ‘hacer que un pimiento sea más que un pimiento’. Ahora me doy cuenta de que es una frase engañosa. No quería decir ‘diferente’ de un pimiento, sino algo más que un pimiento, una intensificación de su propia e importante forma y textura, una revelación”. Y realmente esa definición basta para describir todo el proyecto estético del fotógrafo: representar un objeto desde tal grado de intensidad y pureza formal que se vuelva a la vez más concreto y más abstracto. De ahí el carácter filosófico de la obra de Weston y la referencia a Aristóteles que da título a la exposición. Al igual que para el estagirita todo cuerpo es un compuesto de materia y forma, y la una no se puede concebir sin la otra, para Weston ese equilibrio que hay en cada objeto contiene una verdad que solo una mirada atenta —y una técnica rigurosa— puede revelar.

Los bodegones muestran además la obsesión de Weston por el control del fondo, por la ausencia de distracciones, por la relación casi matemática entre el tamaño del objeto y el formato de la imagen. Pero esto no convierte a Weston en un teórico frío, sino que detrás de cada fotografía late un proceso de búsqueda apasionada, un ensayo constante de texturas, superficies y densidades, como él mismo relataba cuando confesaba haber probado hasta un chubasquero como fondo para fotografiar conchas.

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La cuarta sala abre el horizonte. Después del estudio y la concentración íntima de los bodegones, el visitante entra ahora en un espacio donde la amplitud se impone y se da paso a los paisajes. En este campo Weston resulta extraordinario gracias a su comprensión de que la naturaleza podía ser retratada no como escenario sino como forma viva, como organismo cambiante.

Las imágenes de dunas, de costas, de nubes o de extensiones áridas tienen algo de épico, pero también de silencioso. Weston elimina sistemáticamente la presencia humana: no hay huellas, no hay arquitecturas, no hay cuerpos; no parece siquiera que haya estado él allí haciendo la foto. Solo se ve tierra, agua, luz y tiempo. Y en esa ausencia se revela una mirada que responde a la naturaleza como si fuese un vasto cuerpo dinámico, sometido a lentos ritmos geológicos, que destruyen y construyen con cada respiración.

En la quinta y última sala, dedicada a lo que hemos llamado “tejidos naturales”, Weston enfoca su objetivo y se detiene en formas y movimientos más pequeños, concentrándose ahora en las texturas, en los pliegues íntimos de los organismos, en el pulso interno de la materia. Aquí se produce una reflexión tras ver lo que Weston ha mostrado con su obra, con la que se entiende finalmente que todo forma parte de lo mismo, de un solo gran conjunto: quelpos que se retuercen como cintas musculares, troncos erosionados que parecen torsos mitológicos, raíces que se vuelven caligrafías vegetales…

En definitiva, “Edward Weston. La materia de las formas”, aparte de la acertada selección de las piezas más representativas del autor, es la demostración de que la fotografía moderna no era un mero conjunto de especificidades técnicas, sino que también contenía en su joven seno una nueva posibilidad artística basada en una forma de atención radical. Weston enseñó a mirar desde la precisión y desde la intuición, desde el detalle y desde la totalidad. Su obra fue siempre un acto de aislamiento: separar el mundo para comprenderlo mejor. Pero también fue un acto de unión: revelar los ritmos comunes entre un cuerpo humano, una duna o un quelpo. Como él mismo indica: “Nubes, torsos, conchas, pimientos, árboles, rocas, chimeneas, no son sino partes interdependientes e interrelacionadas de un todo, que es la Vida. Los ritmos vitales que se perciben en cualquier parte se convierten en símbolos del todo. La fuerza creativa del ser humano reconoce y registra estos ritmos con el medio más adecuado para él, para el objeto o para el momento, percibiendo la causa, la vida que hay dentro de la forma externa”.

Asimismo, esta exposición ha logrado mostrar cómo Weston perfecciona su dominio técnico al mismo tiempo que va adquiriendo una mirada cada vez más esencial. En sus diarios, Weston decía que la naturaleza ofrece un número infinito de composiciones perfectas. Él supo encontrarlas y captarlas con una pureza que sigue, décadas después, revelando mucho más que el mero aspecto externo: la materia de las formas.

@estaciondecult