Jon Urrutia: “Nuestra misión es seguir transformando vidas a través del trabajo y la educación”

“Luis evangelizaba con el ejemplo: dio oportunidades sin adoctrinar”

El Grupo Lezama, nacido en plena década de los setenta bajo la inspiración y el impulso del sacerdote Luis de Lezama, representa uno de los proyectos más singulares e influyentes de integración social, educativa y empresarial de nuestro país. Lo que comenzó como una respuesta concreta a la exclusión juvenil en el Madrid de la Transición, se ha consolidado con los años como un modelo de formación integral, donde hostelería, educación, espiritualidad y trabajo van de la mano.

Hoy, la Fundación Iruaritz Lezama continúa ese legado desde una perspectiva profundamente humanista y cristiana, acompañando a miles de jóvenes en su incorporación al mundo profesional y promoviendo una cultura del esfuerzo, la responsabilidad y la dignidad del trabajo. Su actual Presidente Ejecutivo, Jon Urrutia Palacio, conoce de primera mano cada etapa del camino recorrido y los retos que aún quedan por afrontar.

Conversamos con él en la Taberna Alabardero de Pozuelo, perteneciente al Grupo Lezama, para conocer más a fondo la historia del grupo, el carisma de su fundador, el funcionamiento de su modelo educativo y la proyección de futuro de una Fundación que sigue creyendo, contra viento y marea, en la fuerza transformadora de la formación y el acompañamiento personal.

P. Luis de Lezama fue sacerdote, periodista y emprendedor social. ¿Qué acontecimientos o inquietudes personales le llevaron a iniciar un proyecto educativo y empresarial como el Grupo Lezama en plena Transición?

R. Luis era una persona profundamente comprometida con el ámbito social. Sus inquietudes nacen cuando comienza su labor sacerdotal en barrios marginales de Madrid, donde descubre la crudeza de las condiciones de vida de muchos jóvenes. En ese contexto comienza ayudándoles a recoger cartón o metales para obtener algo de dinero, pero pronto comprende que aquello no podía ofrecerles una salida duradera. Surge entonces, con el apoyo de amigos de Chinchón, la idea de abrir una taberna en el centro de Madrid. Un restaurante que pudiera ofrecer trabajo digno, formación y, al mismo tiempo, generar recursos para sostener el propio proyecto. Así nace el primer germen del Grupo Lezama.

P. El grupo nació con un restaurante en Madrid que ofrecía formación a jóvenes sin recursos. ¿Cómo se convirtió esa iniciativa en un modelo de integración laboral y educativa a gran escala?

R. Al ver que el modelo funcionaba, Luis se enfrenta a un reto estacional: en verano, Madrid se vaciaba y los jóvenes se quedaban sin empleo. Decide entonces trasladar parte de la actividad al sur, abriendo la Taberna Labardero en Puerto Banús, gracias al apoyo de Mendoza, entonces presidente del Real Madrid. Los beneficios de un restaurante servían para abrir otro, generando una red de oportunidades y continuidad laboral. Con el tiempo, detecta que no basta con aprender trabajando, y decide crear un centro específico de formación. Así nace en los años noventa la Escuela de Hostelería de Sevilla, coincidiendo con la Expo del 92, como respuesta a la necesidad de profesionalizar esa labor educativa y garantizar la empleabilidad a largo plazo.

P. ¿Qué principios o valores han guiado la expansión del Grupo Lezama en el sector de la hostelería y la educación, y cómo se han preservado ante los desafíos del crecimiento?

R. El motor de todo fue siempre la fe y el compromiso cristiano de Luis, pero vivido desde la libertad y el ejemplo. Él no entendía su labor como un adoctrinamiento, sino como una forma de evangelización a través de valores humanistas, del trabajo bien hecho y de la dignidad del otro. Esa visión se sostiene en dos pilares: la calidad del servicio, ofreciendo una experiencia excelente en todos los establecimientos, y un rigor operativo interno que garantice la viabilidad del proyecto a largo plazo. La fidelidad a los orígenes ha sido la clave para no perder el norte en medio del crecimiento.

P. ¿Qué papel juega hoy la Fundación Iruaritz Lezama dentro del conjunto del proyecto y por qué fue necesario crear una estructura fundacional específica?

R. La Fundación recoge y custodia las ideas que impulsaron a Luis desde el principio. Separa así la actividad empresarial de la misión social y educativa. A raíz del fallecimiento de Luis, su papel se ha vuelto aún más crucial, ya que garantiza la continuidad del legado y de los valores que lo inspiraron. Bajo su paraguas se organizan todas las iniciativas promovidas por él, asegurando que el espíritu original se mantenga vivo y eficaz a lo largo del tiempo.

P. ¿Cuáles son los objetivos concretos de la Fundación y qué tipo de programas o actividades desarrolla actualmente, tanto en el ámbito educativo como en el social?

R. Los principales proyectos son la Escuela de Hostelería de Sevilla y el Colegio Santa María la Blanca. Ambos comparten el mismo espíritu: el desarrollo integral de la persona desde una perspectiva humanista. Uno a través de la Formación Profesional y laboral en hostelería, el otro desde la educación infantil y juvenil. La Fundación se encarga de que ambos sean espacios reales de oportunidad, de afecto y de rigor, donde cada joven pueda desplegar al máximo su potencial.

P. El modelo formativo de la Fundación combina enseñanza teórica con experiencia laboral real. ¿Cómo funciona en la práctica y qué resultados ha dado entre los jóvenes que lo siguen?

R. La enseñanza se basa en el principio de aprender haciendo. Es un lema que acompaña a la Escuela de Hostelería desde sus inicios. La formación es muy cercana al mundo real, exigente y profesional. Los resultados están ahí: alumnos que hoy tienen estrellas Michelin, como Ángel León, o profesionales reconocidos en todo el mundo. El sector sabe que un alumno de la Escuela de Sevilla llega preparado, con capacidad técnica y humana para integrarse desde el primer día.

P. En un tiempo marcado por la desafección juvenil hacia la formación reglada, ¿cómo logra la Fundación motivar a chicos y chicas en riesgo de exclusión para que retomen su trayectoria personal y profesional?

R. El secreto está en generar afectos y exigencia al mismo tiempo. Se ofrecen oportunidades reales, pero con rigor, con un entorno estructurado donde se recuerda constantemente que esas oportunidades no son eternas, que deben ser aprovechadas. Esa combinación genera un clima de compromiso, de confianza y de crecimiento.

P. ¿Qué papel tiene la dimensión espiritual y humanista en el modelo educativo de la Fundación y cómo se integra sin imponer una visión concreta a los alumnos?

R. A través del ejemplo. Luis jamás impuso una práctica religiosa, ni obligó a nadie a ir a misa. Su modo de evangelizar era vivir conforme a los valores que predicaba: la entrega, la alegría, el trabajo bien hecho. La espiritualidad está presente como un trasfondo de humanismo cristiano, no como un contenido impuesto, y eso es precisamente lo que más atraía a quienes le conocieron.

P. El Grupo y la Fundación han traspasado fronteras con presencia en otros países. ¿En qué contextos internacionales están trabajando y cómo adaptan su modelo fuera de España?

R. La experiencia más destacada es la Taberna Labardero de Washington, que sigue funcionando hoy en pleno centro político de Estados Unidos. Surgió de una propuesta para llevar la cultura gastronómica española al exterior y Luis la asumió como una nueva forma de dar oportunidades y abrir horizontes. A través de ese proyecto, muchos jóvenes han podido trabajar fuera y conocer otras realidades. Es un símbolo de emprendimiento, de esfuerzo y de vocación internacional al servicio de la dignidad humana.

P. En un mundo empresarial cada vez más marcado por la rentabilidad inmediata, ¿cómo se mantiene la sostenibilidad económica de un proyecto con vocación social y formativa?

R. Siendo muy profesionales y exigentes en la gestión. No se improvisa. Hay un control riguroso de cada iniciativa y solo se avanza si hay garantías de sostenibilidad. Los beneficios se reinvierten, no se reparten. Eso permite cubrir imprevistos como la pandemia y seguir generando empleo y formación. El equilibrio entre misión y viabilidad económica es posible, pero exige seriedad y visión a largo plazo.

P. ¿Cuáles son, a su juicio, los principales desafíos que afronta la Fundación Iruaritz Lezama en los próximos años, tanto en lo educativo como en lo institucional?

R. El principal reto es afrontar la transición tras la pérdida de Luis, que fue fundador, guía y alma del proyecto. Hay que mantener la fidelidad a su visión, colocar a la persona en el centro y proyectar esa misión con claridad hacia el futuro. Es un momento de consolidación, pero también de apertura, de seguir caminando con nuevos liderazgos, sin perder las raíces.

P. Usted ha asumido la Presidencia Ejecutiva tras años de implicación directa. ¿Qué legado quiere consolidar al frente de la Fundación y qué visión tiene para su futuro?

R. Mi compromiso es seguir creando puestos de trabajo, abrir nuevos restaurantes donde haya oportunidades reales para las personas, y mantener el colegio como un proyecto educativo que ponga siempre a la persona en el centro. Desde una perspectiva responsable, exigente y profundamente humanista. Porque lo que Luis demostró es que hay otra forma de educar, de emprender y de transformar la sociedad. Y es una forma que merece la pena continuar.