Que alguien como el juez Juan Carlos Peinado, titular del Juzgado de Instrucción número 41 de Madrid, sea la imagen de ese 'lawfare' que los españoles atribuyen, dicen las encuestas, a la Justicia, me parece algo esperpéntico.
Su Señoría Peinado, con clara manía persecutoria contra la mujer del Presidente del Gobierno, es decir, contra el presidente del Gobierno, es un juez cuando menos inadecuado para definir desde un punto de vista judicial la conducta de la mujer del presidente del Gobierno. A la que, por cierto, a la hora de escribir esta columna, aún mantenía Su Señoría en la incertidumbre acerca de si podría gozar de su pasaporte para acompañar a Pedro Sánchez a la 'cumbre' de la OTAN de este martes.
Siempre repito que la clara persecución de este juez a Begoña Gómez no me hará defender jamás la conducta abusiva de la mujer del presidente en sus tratos con gentes varias, algunas bastante cuestionables, en La Moncloa. Lo impresentable, lo antiético y lo antiestético, lo indecente, incluso, no significa estar incurso en causa penal. El aprovechado, el que abusa con una conducta inelegante, no es necesariamente un delincuente, pero es alguien que no está facultado para ejercer siquiera como cónyuge de un jefe de Gobierno de la UE. Que, por cierto, jamás debería consentir algunas 'pasadas' de su esposa, pienso.
No, no hay ninguna necesidad de que Begoña Gómez acompañe a su marido a la 'cumbre' de la OTAN de Ankara, sea cual sea el papel que en este encuentro (en presencia de Trump) vaya a jugar un Pedro Sánchez que se ha significado por su talante 'antitrumpista'. Pero el debate sobre el pasaporte de la segunda dama del país hace que algunos jefes de Gobierno occidentales, para no hablar ya del protocolo oficial turco, enarquen las cejas. Claro que hay cosas mucho más importantes que tratar en Ankara, pero ninguna, seguramente, tan propia del cotilleo de los pasillos. Otra cosa es, claro, que Sánchez se atreva a pasear por el mundo mundial con la mochila de la polémica que acompaña, cual tatuaje indeleble, a su mujer.
El juez Peinado, en su megalomanía, irrumpe así en el plano de la diplomacia exterior, después de haber actuado como el caballo de Atila sobre los prados judiciales. Ha sido el juez más fotografiado desde el 'magistrado estrella' Baltasar Garzón, que ahora, por cierto, expulsado de la carrera, vuelve al primer plano de la actualidad como abogado defensor de la venezolana Delcy Rodríguez en su demanda contra el 'empresario' (ejem) Aldama.
Y, volviendo a Peinado, su intento de llevar a Begoña Gómez ante un jurado es simplemente un disparate: a ver dónde se encuentran nueve ciudadanos no 'contaminados' por una opinión a favor o en contra de Pedro Sánchez. O a alguien que pueda decir que no tiene opinión preconcebida sobre Begoña Gómez, quien, sin duda, no goza precisamente de las simpatías de la ciudadanía. ¿Puede un jurado juzgarla en estas condiciones?¿Puede siquiera un juez plantearlo?
Pienso que el Consejo del Poder Judicial, ahora muy adecuadamente presidido, se muestra demasiado renuente a la hora de adoptar medidas drásticas contra un juez que no solo no sabe instruir, sino que ni siquiera es capaz de redactar sus autos de manera comprensible. Lamento que decir esto me sitúe, en opinión de algunos, en las filas de los defensores de un Gobierno al que de ninguna manera tengo razones para defender, sino más bien para criticarlo en no pocos aspectos. Pero así está el patio: dispuesto a llenarse de muros reduccionistas que envilecen un debate sano y libre.
Es, simplemente, que Su Señoría Peinado es el ejemplo togado y puñetero de una España surrealista en otros muchos aspectos y sectores, desde el político -por supuesto-al mediático-siento decirlo--, pasando ahora también por el policial, el industrial y hasta el futbolístico, que esa, la de la 'cumbre' ibérica, es otra crónica que merecería mármol. Pero lo inaceptable, y no es que me decante tampoco por una defensa a ultranza de nuestra lenta y a veces incomprensible justicia, es que Peinado sea el ejemplo medio para los españoles (ay, esas encuestas que coinciden demasiado) sobre el estado del poder judicial.
Nuestra Justicia, con mayúscula, es mejor que Peinado, como nuestros ministros, con minúscula, son en conjunto mejores que Oscar Puente, pongamos por caso. O como nuestros periodistas, con todas las críticas que usted quiera hacernos, son, globalmente considerados, mucho mejores que Vito Quiles. Lo malo, seguramente, es que hablamos demasiado de los disparates que protagonizan todos los citados, y otros muchos, y entonces pagan justos por pecadores. O por peinadores.
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